lunes, 12 de noviembre de 2012

Ava

Era tan bella, tan perfecta en su enfermedad, nunca había pintado nada que se pareciera a ella, la hija del Conde Urmann. Su cabello, rubio y largo, caía sobre sus hombros cuando estaba levantada, y si no, le rodeaba la cabeza como un halo de luz celestial cuando estaba recostada sobre su cama; en su corta altura se encontraba la armonía de los miembros, como si su cuerpo hubiera sido diseñado por el mismísimo Leonardo; su cara parecía pintada por artistas dignos de la Iglesia, y sus ropas le daban el toque final para resaltar su belleza de aristocracia y, a la vez, mostrarla humilde como las campesinas que vivían en los alrededores de su castillo. Claro que en su oficio de pintor, todas estas cualidades debía observarlas, medirlas, y entenderlas para luego poder reproducirlas, pero esa muchacha pasaba de lo que él normalmente acostumbraba a retratar.

Ava Urmann, de cuna aristocrática, siempre había sido una niña curiosa, con ganas de conocer el mundo más allá de las murallas que rodeaban los terrenos de su castillo. Sus padres habían elegido ese nombre, que significaba literalmente “ave”, sin saber que libre cómo los pájaros sería el alma de su hija. Pero fue, justamente, sus ansias de aventuras lo que la llevó a pasar la última parte de su vida en el interior de su residencia. A la edad de quince años, mientras sus padres pensaban en un candidato adecuado para formarle un matrimonio estable y socialmente conveniente, la joven decidió hacer su cuento de hadas realidad, pasarlo de los libros de su biblioteca a su vida real. Con la ayuda de su dama de compañía y mejor amiga Beth, lograron convencer al vigía de una de las torres de dejarlas salir unas horas para visitar el pueblo más cercano. Con ropas robadas de la lavandería de sus criadas, Ava y Beth se escaparon a medio día para conocer el mundo real, ya que la hija del conde debía estar de vuelta al atardecer para cumplir con sus tareas protocolares. Pasearon por el mercado, y las calles atestadas de gente que no tenía idea de quién estaba pasando a su lado, ya que la pequeña condesa decidió tapar su cabeza para no ser reconocida ni en la ciudad ni en sus propios terrenos al irse o volver de su pequeña aventura.
Unas semanas después de la escapada de Ava, el retratista familiar comenzó a notar que la piel de la muchacha había palidecido mucho en el último tiempo, pero aún así decidió continuar con el trabajo para el que había sido contratado. El boceto estaba listo, el retrato familiar llevaría algunas semanas más de trabajo y estaría listo. A medida que la joven palidecía, el pintor la veía cada vez menos: ocasionalmente aparecía para mostrarle algún detalle de su vestido o nimiedades como esa, pero se mostraba en público cada vez menos; el artista manejaba la hipótesis de un embarazo del muchacho que la frecuentaba, aquel que se decía que sería el afortunado de casarse con ella, pero no pudo confirmar su hipótesis hasta aproximadamente un mes después.
El conde Urmann, preocupado por su hija y su creciente palidez y debilidad, llamó a los mejores médicos del momento, quienes, para alguien de semejante status social, acudieron de inmediato a su encuentro. Entre ellos, se encontraba el doctor Leopold Auenbrugger, reconocido médico austríaco de su época. Aunque todavía estaba en pañales, la teoría de Auenbrugger era que Ava se había contagiado de tuberculosis, comúnmente llamada la Peste Blanca por el color que tomaban quienes la padecían. Urmann no podía aceptar aquella teoría, dado que su hija jamás había tenido contacto con “la plebe”, de quienes pudiera haberse contagiado; además, Alexander (su prometido) era de una familia rica y sin antecedentes de enfermedades similares, por lo que tampoco él se la podía haber causado. Auenbrugger fue despedido por intentar manchar el buen nombre de la familia Urmann con su suposición de que Ava podía tener la enfermedad de los pobres, y en su lugar contrataron a Matthew Baillie. Para dolor de la familia Urmann, Baillie confirmó el diagnóstico de tuberculosis para la joven, y esta vez el conde no tuvo más remedio que enfrentar la realidad.

Franz, el retratista, logró terminar el retrato familiar en apenas cinco semanas. A excepción de la figura de Ava. La familia posaba para él religiosamente dos veces a la semana durante cuatro horas para que la pintura saliera perfecta, pero la menor de las hijas del conde Urmann raramente se presentaba con el resto de la familia. Finalmente, cuando Franz no pudo esperar más, le rogó al conde poder ver a Ava aunque sea una vez más, para poder finalizar su obra. Así fue que Franz fue conducido a las dependencias que pertenecían a la joven, para verla en su habitación, dado que, según pudo ver luego  con sus propios ojos, la muchacha no podía levantarse de su cama más que para realizar sus necesidades biológicas. Sin saberlo, Franz estaba presenciando las últimas horas de Ava en este mundo. Al llegar a la habitación, el panorama era desolador: la niña con alma de ave recostada en su lecho, con Alexander a su lado sosteniendo su mano a la derecha de su cama, Beth en una esquina presenciando la escena y conteniendo sus emociones, cumpliendo su papel de dama de compañía; Elizabeth (esposa del Conde) parada en la cabecera de la cama, mirándola desde arriba como queriendo protegerla con su mirada, y en conde situado al lado de su esposa luego de acompañar al pintor hacia allí. Finalmente, el doctor Baillie se acercó a Franz para susurrarle “Ava no está en su mejor estado hoy, le pido por favor que sea breve en su labor y luego se retire de la habitación”,  lo que Franz aceptó con total respeto.
Luego de una hora en la que el retratista observara lo que necesitaba de Ava, Franz se disponía a retirarse del recinto, cuando escuchó la débil pero clara voz de la joven. Al sentir su voz, el pintor se dio vuelta y se dispuso a escuchar lo que ella tenía para decir: si bien no sentía ningún tipo de atracción hacia ella, de alguna manera lograba hechizarlo para que detuviera lo que estuviese haciendo y disponerse a escuchar lo que tenía que decir. Ava apenas levantó su cuerpo, acercó su boca al oído de su prometido, y le susurró, “Siempre estaré contigo, seré el ancla para tu pena. No hay final para lo que haría por ti, porque te amo hasta la muerte.” Alexander la miró, con sus ojos inundados de lágrimas que se negaban a correr, y le contestó, “¿Qué es el mañana sin ti? ¿Es éste nuestro último adiós?” Ava levantó los ojos hacia sus padres, luego miró con ternura a Beth, y finalmente clavando su mirada de ángel en Alexander, dijo sus últimas palabras, “Te amo hasta la muerte.” Allí, en ese momento, se convirtió en el ángel que Franz siempre había visto en ella, y comenzó a volar haciéndole honor a su nombre.


Gracias a Kamelot, por su tema Love You To Death, me vino la inspiración para escribir esto. Hermoso tema, esta historia es simplemente la versión escrita de lo que ellos cantan, feel free to listen to it :)