Se había ido. De un día para el otro, había dejado de existir. Tanto tiempo a su lado, y ahora simplemente quedaba su sombra perdida en el viento y entremezclada en recuerdos borrosos en algún rincón de su mente.
No compartían la misma sangre, el mismo apellido ni la misma casa. No compartían gustos musicales ni personales. Apenas si vivían en la misma ciudad. Lo único que los conectaba era el colegio. Aquel edificio angosto y alto, que de pequeños parecía un palacio pero de grandes ya no les quedaba rincón por conocer. El colegio seguía allí, pero no quienes lo habían habitado y corrido en su patio durante tanto tiempo.
La edad les llegó, como a todo el mundo les llega. El edificio del colegio dejó de ser aquella pequeña torrecita en un barrio residencial para pasar a ser un gran edificio que ocupaba gran parte de la manzana. Y también recorrieron ese nuevo edificio y tampoco les quedó un lugar por conocer. Aquella institución también seguía allí, y seguiría estando por muchos años más, pero algo sucedió allí dentro que dejó trunca la vida de uno de sus miles de alumnos.
“Vos sabés lo que hiciste, no te hagas como que no tenés idea porque no te creo nada. No me hables más,” le había dicho en su momento. Tanto uno como el otro se miraron fijamente durante algunos segundos sin saber más que decir: quien había hablado rogaba para que quien escuchaba se fuera lo más pronto posible; quien acababa de recibir el mensaje se quedó con todo el cuerpo paralizado, sin saber qué decir ni hacia dónde correr. Finalmente se separaron para no volver a unirse más. “Hasta que la muerte los separe” dice el dicho, y efectivamente fue la muerte quien los separó. Porque uno de ellos murió en aquel instante, y el otro se recibió de asesino.
Claro que los muertos vivos existen, no en forma de cadáveres andantes que inundan las calles de las grandes ciudades, sino que están entre las multitudes todos los días a toda hora. Aquel muerto y aquel vivo no volvieron a cruzarse más que en sus mentes, donde uno no podía responder a las preguntas del otro y viceversa. Los muertos vivos caminaban por las avenidas, preguntándose si se cruzarían a otra persona en su situación que pudiera entenderlos, o si por un milagro de la existencia, llegaran a cruzarse con sus asesinos. Porque a los asesinos responsables de los muertos vivos no les corresponde ir a la cárcel, les corresponden todos los años de felicidad que le arrebataron a sus víctimas.
La vida decidió que el asesinado y el asesino pudieran cruzarse un día, obligándolos a ir al mismo lugar en el mismo momento. El asesinado sabría lo que le haría a su asesino si llegaba a verlo: lo mataría para poder recuperar parte de sus años de felicidad robada. Porque eso es la justicia. Pero, aquel día, el destino no quiso que el asesino y su víctima se encontraran; el destino no lo quiso y un vivo que todavía no había muerto tampoco lo quiso. Ese ser vivo, luminoso entre tanta podredumbre, sostuvo al muerto para que no matara a su asesino: “déjalo que viva en su propia mierda,” le había dicho, mientras lo sostenía firmemente del brazo para que no escapase. Y así fue como el muerto no logró matar a su asesino.
Años después, el muerto comenzó a recuperar algo de vida: el color volvió a su piel y su mente comenzó a iluminarse tenuemente con los reflejos de los vivos que lo rodeaban. Del asesino nunca se supo más nada: es sabido que siempre logran salirse con la suya y aprovechar la felicidad robada para nunca más encontrarse con sus víctimas.
Años después, el muerto vuelve a morir cada vez que recuerda a su asesino y vuelve a matarlo mentalmente, como ha hecho una y mil veces. Soñar no cuesta nada.
Esto está basado en una historia real, desfigurada para la escritura y sin dar nombres ni especificar personas, pero con una base cierta; no proviene de un sueño ni de una canción. Quizás lo único que me llevó a escribirlo fue este tema, simplemente por toda la historia que lleva impresa y no necesariamente es explícita.
Un mínimo homenaje a los muertos vivos.