viernes, 5 de junio de 2015

Esperanza Color Naranja

No tenía más esperanza que el cielo. Esperaba que, algún día, pudiese volver a ver aquel cielo color naranja que llenaba su alma de vida para poder continuar viviendo un tiempo más. La capucha le tapaba la cara y las emociones, encerrada en un sótano; lo único que podía hacer era mirar por las rejas de la pequeña ventana del baño, deseando que aquellas barras de hierro desaparecieran para poder ver los colores que tanto ansiaba.
No tenía idea de dónde estaba ni cuánto tiempo había permanecido en aquel lugar: siendo arrastrada, inconsciente, había sido llevada a los confines del mundo que conocía. Lo único que podía ver era la oscuridad de la tela que tapaba su visión, excepto cuando iba a liberar su sistema digestivo y podía vislumbrar los rayos del sol por la pequeña abertura que aquella habitación tenía en lo alto de una de sus paredes. Tampoco sabía quién había sido responsable de que terminara así, en un lugar tan alejado de todo y de todos. Simplemente, un día había despertado sin poder ver nada. El único indicio que tenía de que no había perdido la vista se lo había dado aquel haz de luz, la primera vez que había ido al baño.
El tiempo transcurría sin parámetros claros: los minutos se convertían en horas, las horas en días, y los días en semanas interminables e incontables. No sabía decir si había pasado un mes o un trimestre desde que ese cuarto se había convertido en su hogar. No tenía las extremidades atadas y podía moverse con libertad, pero lo único que tenía prohibido era quitarse la capucha: no sabía por qué ni cómo, pero tenía totalmente claro que si se la quitaba fuera del horario del baño, sería severamente castigada.
La comida aparecía, cada tanto, en un rincón de la habitación, pero no siempre la tomaba. A veces, sólo por gusto, la dejaba ahí y la miraba, para probarse a ver cuánto tiempo podía estar sin tocarla. Le recordaba al mundo exterior, y por eso los primeros días la había engullido enérgicamente; pero, con el correr del tiempo, comenzó a tomar conciencia de que, quizás, no volviera al mundo que tanto añoraba, y por eso había decidido comenzar a despegarse de todo aquello que le recordaba su vida fuera de las cuatro paredes.

Llegado cierto punto, su mente comenzó a jugarle trucos sucios, como hacerle pensar que se merecía la situación en la que estaba, que sufría aquel encierro por alguna razón y debía soportarlo. Quizás le haba hecho mal a alguien y esa persona estaba tomando venganza; quizás alguien parecido había cometido un crimen y ella estaba pagando por el pecado de “ser parecida”; quizás… Tantas preguntas sin respuesta rondaban su mente que llegó un punto en que prefirió golpearse hasta desmayarse para que el tiempo pasase más rápido, o dejar de comer para dormir más y no tener que pensar en nada.
“Me dejé ganar,” pensaba cuando la lucidez la iluminaba brevemente, “debería hacer algo al respecto,” se decía, antes de volver a caer en la inconsciencia o la oscuridad. Un día, sabiendo que podría ser severamente castigada, decidió quitarse la capucha, simplemente para ver qué sucedía. “No importa si me castigan, me he acostumbrado a sentir dolores tanto físicos como mentales y creo que podré soportarlo,” fue su fundamento. Juntó sus manos como si estuviera rezando y se las apretó una contra la otra, luego se abrazó el pecho fuertemente con sus brazos y, finalmente, se soltó para levantarse la gruesa tela azul que cubría su cabeza. Lo único que pudo vislumbrar fueron las paredes de aquel lugar, iluminado con una simple bombilla colgando de un cable: llenas de nombres escritos en rojo, las paredes ofrecían un espectáculo digno de una historia de terror y fueron suficiente castigo. Tan fuerte fue el shock que no esperó a que la castigaran de afuera, sino que se volvió a calzar la capucha y se recostó sobre la cama en posición fetal. “Yo los conozco,” pensaba, “yo los conozco y por eso están en las paredes. Este es mi castigo final,” se dijo mientras su mente lloraba dentro de su cabeza y se desbordaba por su nublada mirada.
No necesitó dejar de comer para sentirse vacía ni poder ver para sentirse bien: se sentía como si fuera una caracola abandonada por su huésped, vacía por dentro y dura por fuera, pero tan frágil que podría romperse con sólo caerse al suelo. Luego de algún tiempo, también dejó de ver la luz naranja proveniente de la ventana del cuarto de baño: el cielo se había oscurecido y el sol no había vuelto a colarse por aquellos barrotes; aquellos rayos que alguna vez le habían dado esperanza, ahora se habían esfumado por completo.
El tiempo siguió su curso, tranquilo y pacífico, sin adelantarse ni atrasarse, pero la luz no volvió a aparecer.

Jamás supo cuánto estuvo allí encerrada, mucho menos saber cómo había terminado en aquel lugar de paredes escritas con pintura color sangre y nombres que le recordaban a su vida anterior, a su vida en el mundo exterior.
Sintiendo que estaba cerca de la muerte, decidió dar una última estocada, un último momento de electricidad a su vida cercana al final: “ya no me importa nada, si de todas maneras voy a morir, voy a hacerlo libre,” pensó, antes de llevar a cabo su plan. La idea era quitarse la capucha, esperar a ser descubierta por quien sea que se la hubiera puesto en un primer momento y ser castigada hasta que su cuerpo dijera basta y se rindiera. Juntando coraje y respirando hondo, realizó el mismo ritual que la vez anterior: apretó sus manos entre sí, se dio un fuerte abrazo a sí misma, y levantó los brazos para quitarse la capucha y arrojarla lejos, donde no pudiera recuperarla si se arrepentía.
La tela voló hacia la otra punta de la habitación, cerca de la puerta del baño. Así fue que pudo ver realmente lo que había en las paredes: nombres, lugares y fechas la rodeaban, todo escrito en un rojo oscuro, como la sangre dentro de una jeringa luego de ser extraída del cuerpo. Las lágrimas comenzaron a rondar por su cara, recordando todos los hechos que las paredes le gritaban y se cubrió la cabeza, esperando la paliza que terminaría su sufrimiento. Pero la golpiza no llegó, las imágenes seguían llenando su mente y el castigo físico jamás se hizo presente. Lentamente, comenzó a alejar sus manos, preguntándose qué sucedía. Viendo que todavía nadie se había percatado de su atrevimiento, comenzó a leer con más detenimiento las paredes: nombres más pequeños y nombres más grandes, fechas escritas en letras o en números, lugares determinados por sus coordenadas o por un mapa dibujado; aquella habitación era una obra de arte basada en su propia historia, en sus experiencias y sus acompañantes de vida.
Olvidándose de que podría entrar alguien en cualquier momento, comenzó a recorrer el lugar y tratar de identificar por qué todo aquello estaba allí escrito. A medida que caminaba, su mente se iba llenando cada vez más de recuerdos que ni siquiera sabía que tenía o que estaban escondidos en lo más profundo de su ser y habían reaparecido gracias a algo que había leído. Sin dejar de llorar, deseó poder volver a ver a muchas de aquellas personas o regresar a ciertas fechas para saber qué había sucedido en realidad para que fuera lo suficientemente importante como para estar allí escrita.
Se tomó todo el tiempo del mundo para recorrer la habitación, fijando la vista atentamente sobre todas y cada una de las inscripciones. Llegando a lo que creyó que era el final de su recorrida, se encontró con una puerta cerrada: claro que al haber estado encapuchada todo el tiempo, jamás supo que aquel lugar contaba con una salida tan fácil. Mirándola detenidamente, aquella puerta de madera daba a entender que se encontraba en una habitación antigua, casi tan vieja como ella misma, pensó. Al llegar al piso, vio que por la rendija del umbral, se filtraba un brillo que no había visto en mucho tiempo. Se preguntó si así se veía el sol, ya que todo lo que tenía en aquel momento eran recuerdos, que no sabía si eran del todo acertados, sobre un cielo color naranja.

Dando un último vistazo a todas las inscripciones que había a su alrededor, tomó el pomo de la puerta y lo giró, ante lo que un ligero “click” resonó en sus oídos. Empujando la puerta, que resultó ser bastante liviana, decidió salir a lo que fuera que la esperara afuera: no sabía cuánto tiempo había pasado encerrada o siquiera una mínima noción de dónde podía llegar a estar, pero no le importaba, sólo quería comprobar si sus imágenes mentales del cielo naranja no le mentían.
El paisaje fuera de la habitación era de completa soledad y tranquilidad: un verde prado la rodeaba, bordeado únicamente por la luz del astro rey en pleno atardecer. Claro que le dio miedo salir, todavía no había soltado el pomo de la puerta cuando su mente hizo una chispa: no había ningún secuestrador que la castigaría si se sacaba la capucha ni un candado que le impidiera salir; era simplemente que ella se negaba a salir por sus propios medios. Afuera, la soledad y la incertidumbre de no saber hacia dónde debería dirigirse; adentro, el dolor de tener que mirar el cielo a través de barrotes y convivir con los torturantes recuerdos de todo lo que había escrito en las paredes.

“No me importa no saber qué me depara el futuro,” pensó mientras soltaba la manija de la puerta y echaba un último vistazo a la habitación que había sido su hogar durante tanto tiempo, “sólo me importa estar aquí, donde puedo ver el cielo de color naranja,” concluyó, cerrando la puerta detrás de sí y comenzando a caminar hacia adelante, hacia el atardecer.



Esta historia proviene de una canción, como varias de las que hay en este blog.
オレンジ色 の 空  (Orenji Iro no Sora // El Cielo de Color naranja) es un tema de la banda Breakerz, de origen japonés. Justamente habla sobre el cielo color naranja y seguir siempre caminando juntos hacia adelante. Ese es mi mensaje y la esencia que intenté poner en este cuento.
Espero que les haya gustado y que, si quieren, puedan disfrutar del tema original :)