miércoles, 8 de octubre de 2014

Muertos Vivos

Se había ido. De un día para el otro, había dejado de existir. Tanto tiempo a su lado, y ahora simplemente quedaba su sombra perdida en el viento y entremezclada en recuerdos borrosos en algún rincón de su mente.
No compartían la misma sangre, el mismo apellido ni la misma casa. No compartían gustos musicales ni personales. Apenas si vivían en la misma ciudad. Lo único que los conectaba era el colegio. Aquel edificio angosto y alto, que de pequeños parecía un palacio pero de grandes ya no les quedaba rincón por conocer. El colegio seguía allí, pero no quienes lo habían habitado y corrido en su patio durante tanto tiempo.
La edad les llegó, como a todo el mundo les llega. El edificio del colegio dejó de ser aquella pequeña torrecita en un barrio residencial para pasar a ser un gran edificio que ocupaba gran parte de la manzana. Y también recorrieron ese nuevo edificio y tampoco les quedó un lugar por conocer. Aquella institución también seguía allí, y seguiría estando por muchos años más, pero algo sucedió allí dentro que dejó trunca la vida de uno de sus miles de alumnos.

“Vos sabés lo que hiciste, no te hagas como que no tenés idea porque no te creo nada. No me hables más,” le había dicho en su momento. Tanto uno como el otro se miraron fijamente durante algunos segundos sin saber más que decir: quien había hablado rogaba para que quien escuchaba se fuera lo más pronto posible; quien acababa de recibir el mensaje se quedó con todo el cuerpo paralizado, sin saber qué decir ni hacia dónde correr. Finalmente se separaron para no volver a unirse más. “Hasta que la muerte los separe” dice el dicho, y efectivamente fue la muerte quien los separó. Porque uno de ellos murió en aquel instante, y el otro se recibió de asesino.
Claro que los muertos vivos existen, no en forma de cadáveres andantes que inundan las calles de las grandes ciudades, sino que están entre las multitudes todos los días a toda hora. Aquel muerto y aquel vivo no volvieron a cruzarse más que en sus mentes, donde uno no podía responder a las preguntas del otro y viceversa. Los muertos vivos caminaban por las avenidas, preguntándose si se cruzarían a otra persona en su situación que pudiera entenderlos, o si por un milagro de la existencia, llegaran a cruzarse con sus asesinos. Porque a los asesinos responsables de los muertos vivos no les corresponde ir a la cárcel, les corresponden todos los años de felicidad que le arrebataron a sus víctimas.
La vida decidió que el asesinado y el asesino pudieran cruzarse un día, obligándolos a ir al mismo lugar en el mismo momento. El asesinado sabría lo que le haría a su asesino si llegaba a verlo: lo mataría para poder recuperar parte de sus años de felicidad robada. Porque eso es la justicia. Pero, aquel día, el destino no quiso que el asesino y su víctima se encontraran; el destino no lo quiso y un vivo que todavía no había muerto tampoco lo quiso. Ese ser vivo, luminoso entre tanta podredumbre, sostuvo al muerto para que no matara a su asesino: “déjalo que viva en su propia mierda,” le había dicho, mientras lo sostenía firmemente del brazo para que no escapase. Y así fue como el muerto no logró matar a su asesino.

Años después, el muerto comenzó a recuperar algo de vida: el color volvió a su piel y su mente comenzó a iluminarse tenuemente con los reflejos de los vivos que lo rodeaban. Del asesino nunca se supo más nada: es sabido que siempre logran salirse con la suya y aprovechar la felicidad robada para nunca más encontrarse con sus víctimas.
Años después, el muerto vuelve a morir cada vez que recuerda a su asesino y vuelve a matarlo mentalmente, como ha hecho una y mil veces. Soñar no cuesta nada.


Esto está basado en una historia real, desfigurada para la escritura y sin dar nombres ni especificar personas, pero con una base cierta; no proviene de un sueño ni de una canción. Quizás lo único que me llevó a escribirlo fue este tema, simplemente por toda la historia que lleva impresa y no necesariamente es explícita. 
Un mínimo homenaje a los muertos vivos.

lunes, 7 de julio de 2014

Desvío

Había empezado como un día normal, temprano a la mañana saliendo de su casa; lo único anormal era su destino: una entrevista laboral en el barrio de Flores. La entrevista transcurrió con total normalidad, y Mirna salió muy contenta de esa oficina. Llevaba un pantalón de vestir ajustado, botas altas y una remera que resaltaba sus atributos, la misma vestimenta que utilizaba cada vez que necesitaba trabajo y concurría a una entrevista. Claro que, vestida de esa forma, llamaría la atención en un barrio de gente humilde, por lo que sacó un abrigo de su bolso y se lo puso; después de todo, había empezado a soplar viento y la remera no era suficiente.
Caminando por la avenida principal del barrio, no vio nada sospechoso, simplemente personas que iban y venían, quizás al trabajo, otras al mercado, alguna señora con su carrito de compras (regalo de su casamiento hacía cuarenta años), y chicos hablando en los umbrales de las casas. Lo único extraño que vio fue un exhibidor de almohadones armado afuera de un local vacío. “Qué raro,” pensó Mirna, “ése con la tapa de Ácido Argentino es de una banda que le gusta a mi primo, quizás venga mañana y me lo lleve… Momento, el local está vacío, ¿a quién se lo voy a comprar?” Tuvo un momento de duda y confusión en sus pensamientos: sus valores no le permitían llevarse el almohadón así como así, eso sería robo; pero en el local no había nadie a quién comprárselo, por lo que no estaría técnicamente robando. Se detuvo a reflexionar un momento frente al local, y luego de unos segundos, tomó una decisión: “De acuerdo. Si mañana el almohadón sigue ahí, me lo llevo. Y si no, alguien más se lo habrá llevado y hará feliz a otro fanático que se decidió antes que yo”. Habiendo resuelto esa disyuntiva interna, siguió caminando hacia la parada del colectivo. Estaba a tres cuadras de la autopista que debía cruzar para llegar a la parada, y en esas tres cuadras, el viento que había comenzado hacía unos momentos, se convirtió en una garúa fina al principio, y luego en lluvia. “Bueno, son sólo tres cuadras y la entrevista ya pasó, no importa si me mojo un poco el pelo y la ropa,” pensó Mirna, y siguió caminando. Habiendo recorrido una cuadra, encuentró unos anteojos de sol tirados en la vereda: miró a su alrededor a ver si había alguien a quien se le podían haber caído, y no habiendo encontrado a ningún posible dueño, los levantó y se los puso. “Por lo menos, no van a molestarme las gotas en los ojos”.
Llegó finalmente a la autopista, para ver que todas las luces de la avenida bajo la misma, estaban apagadas. “Qué raro que se hayan quemado todas a la vez, ¿será un apagón?” se dijo a sí misma, y continuó caminando. Luego de dar unos pasos bajo la autopista, ya al resguardo de la lluvia, se dio cuenta que no sólo no veía por la falta de luz, sino porque todavía llevaba los anteojos puestos. Se sacó los lentes, los guardó en un bolsillo del abrigo, y comenzó a notar cosas extrañas: las personas que la pasaban por el costado parecían zombies, como los que veía en las series de ficción, y todos la miraban a ella al pasar por su lado; en una esquina donde se juntaban la vereda y una de las columnas de la autopista, había un grupo de jóvenes fumando lo que cualquiera diría que era un caño por su tamaño, pero en realidad eran cigarrillos gigantes de marihuana, uno al lado del otro para poder prenderse todos a la vez; y lo más extraño de todo fue que, durante el minuto y medio que le llevó cruzar la autopista, no pasó ningún auto por la avenida que pudiera alumbrar un poco lo que las luces públicas no alumbraban. Apenas terminó de ver a los adolescentes fumadores, la autopista se terminó y volvió a ver la luz del día, esa luz blanquecina que hay en los días de lluvia y se filtra por el medio de las nubes. Caminó unos metros más y giró la cabeza justo a tiempo para ver venir el colectivo que la llevaría a su casa. “Uy, el 97!”, pensó para sus adentros, y comenzó a correr hacia la parada del colectivo que la llevaría de vuelta a su barrio.
Logró llegar justo a tiempo, el colectivo estaba arrancando cuando pudo colgarse de las manijas de la puerta y subirse. Agradeció al chofer haber frenado para que pudiera subir con normalidad, sacó su boleto, y el colectivo arrancó su marcha. Mientras el 97 transitaba la calma avenida principal de Flores, Mirna divisó un asiento casi al final del colectivo y decidió ir a sentarse. Estaba a punto de ponerse a leer (siempre era imprescindible para ella llevar algo de lectura ligera en el bolso, para tiempos muertos como el viaje en colectivo), cuando sintió que le agarraban la espalda. “Miry!”. La alegre vocecita de su primo pequeño (a decir verdad, el niño ya tenía doce años, pero para Mirna siempre sería su “primito”) desde el asiento trasero al suyo la sorprendió, pero a la vez la llenó de felicidad porque hacía mucho que no lo veía. “¿Cómo andás peque, tanto tiempo? ¿El cole bien?” le preguntó al niño, y ambos comenzaron una charla de lo más animada. Resulta que era el primer viaje en colectivo de Marco, y estaba nervioso porque quería llegar bien a la casa sin pasarse de parada. “No te preocupes, yo sé dónde vivís. Yo te aviso antes de que te pases por si no te das cuenta,” le dijo Mirna con una amplia sonrisa, y continuaron su conversación.
El viaje continuó con normalidad, hasta que el colectivo se vio forzado a doblar en una calle que no correspondía al recorrido habitual, por lo que Mirna pensó que debía haber algún corte imprevisto, por lo que el colectivo debía desviarse. Para no preocuparlo, decidió no decirle nada a Marco, porque creyó que se asustaría si justo en su primer viaje solo, el colectivo tomaba un rumbo extraño, así que continuaron charlando. De todas maneras, Mirna miraba de soslayo por la ventanilla a cada rato pensando “¿cuándo va a volver al recorrido principal?”, más que nada preocupada por su pequeño primo y su llegada a casa. Pasaron por el barrio coreano, luego por los bordes de la villa que lo rodea, y continuaron dando vueltas por alrededor de unos veinte minutos más. De repente, Marco se percató de que el viaje estaba tardando más de lo que debería, entonces le preguntó a su prima dónde se encontraban: “el colectivo se desvió un poquito, debe haber un corte o algo”, le contestó ella. Casi al unísono con esa respuesta, se oye en todo el colectivo el grito del chofer, “ ¡¿Alguien tiene una Guía T?!”. Inmediatamente, Mirna comenzó a buscar en su bolso hasta encontrar la guía de mapas de Capital y, al verla, Marco gritó que su prima tenía una Guía. Como era de esperarse, todo el pasaje del colectivo volteó hacía donde venía la voz, y comenzaron a preguntar dónde estaban y cómo volver al recorrido del colectivo, porque aparentemente tampoco el chofer sabía muy bien dónde se encontraba.
Las calles siguieron pasando, y cada vez que Mirna o Marco veían un cartel con el nombre de alguna calle, se apresuraban a tratar de encontrarla en los mapas. “Pero Miry, a tu guía le faltan hojas. ¿Dónde está la parte donde está la lista de calles de todos los mapas?” le espetó Marco a su prima. A ella no le gustaba dar a conocer su edad, pero en esta ocasión, no vio alternativa posible: “Es que ésta es una versión vieja, no tiene una lista entera. Solamente aparecen las calles de cada mapita al costado de cada uno, no hay una completa,” le explicó a su primo. Al oír esto, varios de los pasajeros comenzaron a molestarse con Mirna, ya que tenía una guía que no servía para nada. Así continuaron por un rato, tratando de encontrar los nombres de las calles en cada uno de los mapas pero, a decir verdad, era una tarea muy difícil. La Guía T tenía más de treinta mapas, y para cuando encontraban un nombre parecido al que habían visto en el cartel, el colectivo ya había doblado y cambiado de calle.
A medida que iba pasando el tiempo, las calles fueron haciéndose más angostas, el asfalto comenzó a desaparecer y dar paso a los adoquines originales de cada calle, los edificios fueron bajando su altura hasta quedar en casitas de uno o dos pisos, y también la gente comenzó a mirarlos de forma más extraña. Antes, al pasar por el barrio coreano, a nadie se le ocurriría que ver un colectivo sería algo raro, pero en estos lugares, parecía como si jamás hubieran visto pasar un transporte público (o por lo menos, no un colectivo de la línea 97). Sólo pasaron una avenida con un cruce de vías cerca de la una de la tarde, lo que le dio una pista a Mirna para buscar en su mapa, pero no encontró ninguna línea de trenes que concordara con los nombres de las calles que habían estado pasando. En un momento dado, el colectivo llegó a una especie de rotonda, angosta y empedrada, donde giró hacia la derecha. Lo único extraño acerca de la rotonda, fue lo que había fuera del colectivo: lo que parecía ser una estatua de hierro estilo moderno, como hay en muchas partes de la ciudad, tenía cara y había comenzado a moverse hacia ellos mientras pasaban. “Qué raro, parece una persona con una sonrisa de hierro. Como un personaje de dos caras de una película sobre pesadillas de Navidad”. Mirna tuvo un ligero escalofrío pensado esto, pero rápidamente lo descartó, sobre todo porque Marco no lo había visto y no quería asustarlo diciéndole que había visto una persona de metal sonriente viniendo hacia el colectivo.
Luego, sucedió algo que nadie se esperaba: la voz de Mirna se alzó por sobre los susurros del resto de los pasajeros diciendo “Perdón que no lo dije antes, es que no lo había notado… Esta Guía es únicamente de lugares cercanos a la frontera con el conurbano, así que a menos que estemos cerca de pasar a provincia, dudo que pueda encontrar estas calles en los mapas”. Claramente, no fue alegría lo que el comentario provocó entre el resto de la gente, incluso el chofer confiaba en la guía de Mirna y por eso seguía andando despacio, dando vueltas por ese extraño barrio. La calle Juan D. Daón le sonaba conocida a todos por alguna razón, hasta que se dieron cuenta que ya habían pasado por esa calle antes, sobre todo recordaban una encrucijada particular: la calle Marianela Frusa terminaba abruptamente en la calle Daón, y luego continuaba media cuadra hacia la izquierda; las casitas eran todas de un solo piso, paredes amarillentas con algunos ladrillos a la vista y sus habitantes en sus umbrales, mirando el extraño espectáculo de un colectivo pasando por sus calles. La primera vez, habían tomado por la calle Daón hacia la derecha, habían dado vueltas por calles aledañas, pasado por la rotonda del hombre de metal sonriente, y vuelto a andar por la calle Frusa hasta la encrucijada con Naón. Esta vez, todos eran conscientes de que ya habían pasado por ahí, y el chofer decidió tomar hacia la izquierda por Daón para tomar la continuación de Frusa, media cuadra más adelante. Eso fue lo último que se supo de ellos: la blanca parte trasera del colectivo 97, agrisada por el polvo y el poco lavado, adentrándose en la calle Frusa a media cuadra de Juan D. Daón, en el barrio de las callecitas angostas y empedradas, con casas bajas y vecinos en la vereda mirando asombrados el paso de un colectivo.

Se dice que es un barrio desconocido para la mayoría del mundo, en algún rincón de la Capital Federal, más allá de Flores y del barrio coreano, más allá de los límites de los mapas, al que sólo entran los viajeros que han perdido su rumbo; pero un barrio en el que, seguramente, Mirna y Marco encontraron al hombre de metal sonriente y éste les regaló un mapa de la zona, no sólo para que no volvieran al perderse, sino para que tampoco pudieran encontrar las calles de la Capital y quedarse allí hasta que la vida lo decida.