Había empezado
como un día normal, temprano a la mañana saliendo de su casa; lo único anormal
era su destino: una entrevista laboral en el barrio de Flores. La entrevista
transcurrió con total normalidad, y Mirna salió muy contenta de esa oficina.
Llevaba un pantalón de vestir ajustado, botas altas y una remera que resaltaba
sus atributos, la misma vestimenta que utilizaba cada vez que necesitaba
trabajo y concurría a una entrevista. Claro que, vestida de esa forma, llamaría
la atención en un barrio de gente humilde, por lo que sacó un abrigo de su
bolso y se lo puso; después de todo, había empezado a soplar viento y la remera
no era suficiente.
Caminando por la
avenida principal del barrio, no vio nada sospechoso, simplemente personas que
iban y venían, quizás al trabajo, otras al mercado, alguna señora con su
carrito de compras (regalo de su casamiento hacía cuarenta años), y chicos
hablando en los umbrales de las casas. Lo único extraño que vio fue un
exhibidor de almohadones armado afuera de un local vacío. “Qué raro,” pensó Mirna, “ése con la tapa de Ácido
Argentino es de una banda que le gusta a mi primo, quizás venga mañana y me lo
lleve… Momento, el local está vacío, ¿a quién se lo voy a comprar?” Tuvo un
momento de duda y confusión en sus pensamientos: sus valores no le permitían
llevarse el almohadón así como así, eso sería robo; pero en el local no había
nadie a quién comprárselo, por lo que no estaría técnicamente robando. Se
detuvo a reflexionar un momento frente al local, y luego de unos segundos, tomó
una decisión: “De acuerdo. Si mañana el almohadón sigue ahí, me lo llevo. Y si no,
alguien más se lo habrá llevado y hará feliz a otro fanático que se decidió
antes que yo”. Habiendo resuelto esa disyuntiva interna, siguió caminando hacia
la parada del colectivo. Estaba a tres cuadras de la autopista que debía cruzar
para llegar a la parada, y en esas tres cuadras, el viento que había comenzado hacía unos
momentos, se convirtió en una garúa fina al
principio, y luego en lluvia. “Bueno, son sólo tres cuadras y la entrevista ya
pasó, no importa si me mojo un poco el pelo y la ropa,” pensó Mirna, y siguió
caminando. Habiendo
recorrido una cuadra, encuentró unos anteojos de sol tirados en la vereda: miró
a su alrededor a ver si había alguien a quien se le podían haber caído, y no
habiendo encontrado a ningún posible dueño, los levantó y se los puso. “Por lo
menos, no van a molestarme las gotas en los ojos”.
Llegó finalmente
a la autopista, para ver que todas las luces de la avenida bajo la misma,
estaban apagadas. “Qué raro que se hayan quemado todas a la vez, ¿será un
apagón?” se dijo a sí misma, y continuó caminando. Luego de dar unos pasos bajo
la autopista, ya al resguardo de la lluvia, se dio cuenta que no sólo no veía
por la falta de luz, sino porque todavía llevaba los anteojos puestos. Se sacó
los lentes, los guardó en un bolsillo del abrigo, y comenzó a notar cosas
extrañas: las personas que la pasaban por el costado parecían zombies, como los
que veía en las series de ficción, y todos la miraban a ella al pasar por su
lado; en una esquina donde se juntaban la vereda y una de las columnas de la
autopista, había un grupo de jóvenes fumando lo que cualquiera diría que era un caño por su tamaño, pero en realidad
eran cigarrillos gigantes de marihuana, uno al lado del otro para poder
prenderse todos a la vez; y lo más extraño de todo fue que, durante el minuto y
medio que le llevó cruzar la autopista, no pasó ningún auto por la avenida que
pudiera alumbrar un poco lo que las luces públicas no alumbraban. Apenas
terminó de ver a los adolescentes fumadores, la autopista se terminó y volvió a
ver la luz del día, esa luz blanquecina que hay en los días de lluvia y se
filtra por el medio de las nubes. Caminó unos metros más y giró la cabeza justo
a tiempo para ver venir el colectivo que la llevaría a su casa. “Uy, el 97!”,
pensó para sus adentros, y comenzó a correr hacia la parada del colectivo que
la llevaría de vuelta a su barrio.
Logró llegar justo
a tiempo, el colectivo estaba arrancando cuando pudo colgarse de las manijas de
la puerta y subirse. Agradeció al chofer haber frenado para que pudiera subir
con normalidad, sacó su boleto, y el colectivo arrancó su marcha. Mientras el
97 transitaba la calma avenida principal de Flores, Mirna divisó un asiento
casi al final del colectivo y decidió ir a sentarse. Estaba a punto de ponerse
a leer (siempre era imprescindible para ella llevar algo de lectura ligera en
el bolso, para tiempos muertos como el viaje en colectivo), cuando sintió que
le agarraban la espalda. “Miry!”. La alegre vocecita de su primo pequeño (a
decir verdad, el niño ya tenía doce años, pero para Mirna siempre sería su
“primito”) desde el asiento trasero al suyo la sorprendió, pero a la vez la
llenó de felicidad porque hacía mucho que no lo veía. “¿Cómo andás peque, tanto
tiempo? ¿El cole bien?” le preguntó al niño, y ambos comenzaron una charla de
lo más animada. Resulta que era el primer viaje en colectivo de Marco, y estaba
nervioso porque quería llegar bien a la casa sin pasarse de parada. “No te
preocupes, yo sé dónde vivís. Yo te aviso antes de que te pases por si no te
das cuenta,” le dijo Mirna con una amplia sonrisa, y continuaron su
conversación.
El viaje continuó
con normalidad, hasta que el colectivo se vio forzado a doblar en una calle que
no correspondía al recorrido habitual, por lo que
Mirna pensó que debía haber algún corte imprevisto, por lo que el colectivo
debía desviarse. Para no preocuparlo, decidió no decirle nada a Marco, porque
creyó que se asustaría si justo en su primer viaje solo, el colectivo tomaba un
rumbo extraño, así que continuaron charlando. De
todas maneras, Mirna miraba de soslayo por la ventanilla a cada rato pensando “¿cuándo
va a volver al recorrido principal?”, más que nada preocupada por su pequeño
primo y su llegada a casa. Pasaron por el barrio coreano, luego por los bordes
de la villa que lo rodea, y continuaron dando vueltas por alrededor de unos
veinte minutos más. De repente, Marco se percató de que el viaje estaba
tardando más de lo que debería, entonces le preguntó a su prima dónde se
encontraban: “el colectivo se desvió un poquito, debe haber un corte o algo”,
le contestó ella. Casi al unísono con esa respuesta, se oye en todo el colectivo
el grito del chofer, “ ¡¿Alguien tiene una Guía T?!”. Inmediatamente, Mirna
comenzó a buscar en su bolso hasta encontrar la guía de mapas de Capital y, al
verla, Marco gritó que su prima tenía una Guía. Como era de esperarse, todo el
pasaje del colectivo volteó hacía donde venía la voz, y comenzaron a preguntar
dónde estaban y cómo volver al recorrido del colectivo, porque aparentemente
tampoco el chofer sabía muy bien dónde se encontraba.
Las calles
siguieron pasando, y cada vez que Mirna o Marco veían un cartel con el nombre
de alguna calle, se apresuraban a tratar de encontrarla en los mapas. “Pero
Miry, a tu guía le faltan hojas. ¿Dónde está la parte donde está la lista de
calles de todos los mapas?” le espetó Marco a su prima. A ella no le gustaba
dar a conocer su edad, pero en esta ocasión, no vio alternativa posible: “Es
que ésta es una versión vieja, no tiene una lista entera. Solamente aparecen
las calles de cada mapita al costado de cada uno, no hay una completa,” le
explicó a su primo. Al oír esto, varios de los pasajeros comenzaron a
molestarse con Mirna, ya que tenía una guía que no servía para nada. Así
continuaron por un rato, tratando de encontrar los nombres de las calles en
cada uno de los mapas pero, a decir verdad, era una tarea muy difícil. La Guía
T tenía más de treinta mapas, y para cuando encontraban un nombre parecido al
que habían visto en el cartel, el colectivo ya había doblado y cambiado de
calle.
A medida que iba
pasando el tiempo, las calles fueron haciéndose más angostas, el asfalto
comenzó a desaparecer y dar paso a los adoquines originales de cada calle, los
edificios fueron bajando su altura hasta quedar en casitas de uno o dos pisos,
y también la gente comenzó a mirarlos de forma más extraña. Antes, al pasar por
el barrio coreano, a nadie se le ocurriría que ver un colectivo sería algo
raro, pero en estos lugares, parecía como si jamás hubieran visto pasar un
transporte público (o por lo menos, no un colectivo de la línea 97). Sólo
pasaron una avenida con un cruce de vías cerca de la una de la tarde, lo que le
dio una pista a Mirna para buscar en su mapa, pero no encontró ninguna línea de
trenes que concordara con los nombres de las calles que habían
estado pasando. En un momento dado, el colectivo llegó a una especie de rotonda,
angosta y empedrada, donde giró hacia la derecha. Lo único extraño acerca de la rotonda,
fue lo que había fuera del colectivo: lo que parecía ser una estatua de hierro
estilo moderno, como hay en muchas partes de la ciudad, tenía cara y había
comenzado a moverse hacia ellos mientras pasaban. “Qué raro, parece una persona
con una sonrisa de hierro. Como un personaje de dos caras de una película sobre
pesadillas de Navidad”. Mirna tuvo un ligero escalofrío pensado esto, pero rápidamente lo
descartó, sobre todo porque Marco no lo había visto y no quería asustarlo
diciéndole que había visto una persona de metal sonriente viniendo hacia el
colectivo.
Luego, sucedió
algo que nadie se esperaba: la voz de Mirna se alzó por sobre los susurros del
resto de los pasajeros diciendo “Perdón que no lo dije antes, es que no lo
había notado… Esta Guía es únicamente de lugares cercanos a la frontera con el
conurbano, así que a menos que estemos cerca de pasar a provincia, dudo que pueda
encontrar estas calles en los mapas”. Claramente, no fue alegría lo que el
comentario provocó entre el resto de la gente, incluso el chofer confiaba en la
guía de Mirna y por eso seguía andando despacio, dando vueltas por ese extraño
barrio. La calle Juan D. Daón le sonaba conocida a todos por alguna razón,
hasta que se dieron cuenta que ya habían pasado por esa calle antes, sobre todo
recordaban una encrucijada particular: la calle Marianela Frusa terminaba
abruptamente en la calle Daón, y luego continuaba media cuadra hacia la
izquierda; las casitas eran todas de un solo piso, paredes amarillentas con
algunos ladrillos a la vista y sus habitantes en sus umbrales, mirando el
extraño espectáculo de un colectivo pasando por sus calles. La primera vez, habían
tomado por la calle Daón hacia la derecha, habían dado vueltas por calles
aledañas, pasado por la rotonda del hombre de metal sonriente, y vuelto a andar
por la calle Frusa hasta la encrucijada con Naón. Esta vez, todos eran
conscientes de que ya habían pasado por ahí, y el chofer decidió tomar hacia la
izquierda por Daón para tomar la continuación de Frusa, media cuadra más
adelante. Eso fue lo último que se supo de ellos: la blanca parte trasera del
colectivo 97, agrisada por el polvo y el poco lavado, adentrándose en la calle
Frusa a media cuadra de Juan D. Daón, en el barrio de las callecitas angostas y
empedradas, con casas bajas y vecinos en la vereda mirando asombrados el paso
de un colectivo.
Se dice que es un
barrio desconocido para la mayoría del mundo, en algún rincón de la Capital
Federal, más allá de Flores y del barrio coreano, más allá de los límites de
los mapas, al que sólo entran los viajeros que han perdido su rumbo; pero un
barrio en el que, seguramente, Mirna y Marco encontraron al hombre de metal
sonriente y éste les regaló un mapa de la zona, no sólo para que no volvieran
al perderse, sino para que tampoco pudieran encontrar las calles de la Capital
y quedarse allí hasta que la vida lo decida.
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