No tenía más
esperanza que el cielo. Esperaba que, algún día, pudiese volver a ver aquel
cielo color naranja que llenaba su alma de vida para poder continuar viviendo
un tiempo más. La capucha le tapaba la cara y las emociones, encerrada en un
sótano; lo único que podía hacer era mirar por las rejas de la pequeña ventana
del baño, deseando que aquellas barras de hierro desaparecieran para poder ver
los colores que tanto ansiaba.
No tenía idea de
dónde estaba ni cuánto tiempo había permanecido en aquel lugar: siendo
arrastrada, inconsciente, había sido llevada a los confines del mundo que
conocía. Lo único que podía ver era la oscuridad de la tela que tapaba su
visión, excepto cuando iba a liberar su sistema digestivo y podía vislumbrar
los rayos del sol por la pequeña abertura que aquella habitación tenía en lo
alto de una de sus paredes. Tampoco sabía quién había sido responsable de que
terminara así, en un lugar tan alejado de todo y de todos. Simplemente, un día
había despertado sin poder ver nada. El único indicio que tenía de que no había
perdido la vista se lo había dado aquel haz de luz, la primera vez que había
ido al baño.
El tiempo
transcurría sin parámetros claros: los minutos se convertían en horas, las
horas en días, y los días en semanas interminables e incontables. No sabía
decir si había pasado un mes o un trimestre desde que ese cuarto se había
convertido en su hogar. No tenía las extremidades atadas y podía moverse con
libertad, pero lo único que tenía prohibido era quitarse la capucha: no sabía
por qué ni cómo, pero tenía totalmente claro que si se la quitaba fuera del
horario del baño, sería severamente castigada.
La comida
aparecía, cada tanto, en un rincón de la habitación, pero no siempre la tomaba.
A veces, sólo por gusto, la dejaba ahí y la miraba, para probarse a ver cuánto
tiempo podía estar sin tocarla. Le recordaba al mundo exterior, y por eso los
primeros días la había engullido enérgicamente; pero, con el correr del tiempo,
comenzó a tomar conciencia de que, quizás, no volviera al mundo que tanto
añoraba, y por eso había decidido comenzar a despegarse de todo aquello que le
recordaba su vida fuera de las cuatro paredes.
Llegado cierto
punto, su mente comenzó a jugarle trucos sucios, como hacerle pensar que se
merecía la situación en la que estaba, que sufría aquel encierro por alguna
razón y debía soportarlo. Quizás le haba hecho mal a alguien y esa persona
estaba tomando venganza; quizás alguien parecido había cometido un crimen y
ella estaba pagando por el pecado de “ser parecida”; quizás… Tantas preguntas
sin respuesta rondaban su mente que llegó un punto en que prefirió golpearse
hasta desmayarse para que el tiempo pasase más rápido, o dejar de comer para
dormir más y no tener que pensar en nada.
“Me dejé ganar,”
pensaba cuando la lucidez la iluminaba brevemente, “debería hacer algo al
respecto,” se decía, antes de volver a caer en la inconsciencia o la oscuridad.
Un día, sabiendo que podría ser severamente castigada, decidió quitarse la
capucha, simplemente para ver qué sucedía. “No importa si me castigan, me he
acostumbrado a sentir dolores tanto físicos como mentales y creo que podré
soportarlo,” fue su fundamento. Juntó sus manos como si estuviera rezando y se
las apretó una contra la otra, luego se abrazó el pecho fuertemente con sus
brazos y, finalmente, se soltó para levantarse la gruesa tela azul que cubría
su cabeza. Lo único que pudo vislumbrar fueron las paredes de aquel lugar,
iluminado con una simple bombilla colgando de un cable: llenas de nombres
escritos en rojo, las paredes ofrecían un espectáculo digno de una historia de
terror y fueron suficiente castigo. Tan fuerte fue el shock que no esperó a que
la castigaran de afuera, sino que se volvió a calzar la capucha y se recostó
sobre la cama en posición fetal. “Yo los conozco,” pensaba, “yo los conozco y
por eso están en las paredes. Este es mi castigo final,” se dijo mientras su
mente lloraba dentro de su cabeza y se desbordaba por su nublada mirada.
No necesitó dejar
de comer para sentirse vacía ni poder ver para sentirse bien: se sentía como si
fuera una caracola abandonada por su huésped, vacía por dentro y dura por
fuera, pero tan frágil que podría romperse con sólo caerse al suelo. Luego de
algún tiempo, también dejó de ver la luz naranja proveniente de la ventana del
cuarto de baño: el cielo se había oscurecido y el sol no había vuelto a colarse
por aquellos barrotes; aquellos rayos que alguna vez le habían dado esperanza,
ahora se habían esfumado por completo.
El tiempo siguió
su curso, tranquilo y pacífico, sin adelantarse ni atrasarse, pero la luz no
volvió a aparecer.
Jamás supo cuánto
estuvo allí encerrada, mucho menos saber cómo había terminado en aquel lugar de
paredes escritas con pintura color sangre y nombres que le recordaban a su vida
anterior, a su vida en el mundo exterior.
Sintiendo que
estaba cerca de la muerte, decidió dar una última estocada, un último momento
de electricidad a su vida cercana al final: “ya no me importa nada, si de todas
maneras voy a morir, voy a hacerlo libre,” pensó, antes de llevar a cabo su
plan. La idea era quitarse la capucha, esperar a ser descubierta por quien sea
que se la hubiera puesto en un primer momento y ser castigada hasta que su
cuerpo dijera basta y se rindiera. Juntando coraje y respirando hondo, realizó
el mismo ritual que la vez anterior: apretó sus manos entre sí, se dio un
fuerte abrazo a sí misma, y levantó los brazos para quitarse la capucha y
arrojarla lejos, donde no pudiera recuperarla si se arrepentía.
La tela voló
hacia la otra punta de la habitación, cerca de la puerta del baño. Así fue que
pudo ver realmente lo que había en las paredes: nombres, lugares y fechas la
rodeaban, todo escrito en un rojo oscuro, como la sangre dentro de una jeringa
luego de ser extraída del cuerpo. Las lágrimas comenzaron a rondar por su cara,
recordando todos los hechos que las paredes le gritaban y se cubrió la cabeza,
esperando la paliza que terminaría su sufrimiento. Pero la golpiza no llegó,
las imágenes seguían llenando su mente y el castigo físico jamás se hizo presente.
Lentamente, comenzó a alejar sus manos, preguntándose qué sucedía. Viendo que
todavía nadie se había percatado de su atrevimiento, comenzó a leer con más
detenimiento las paredes: nombres más pequeños y nombres más grandes, fechas
escritas en letras o en números, lugares determinados por sus coordenadas o por
un mapa dibujado; aquella habitación era una obra de arte basada en su propia
historia, en sus experiencias y sus acompañantes de vida.
Olvidándose de
que podría entrar alguien en cualquier momento, comenzó a recorrer el lugar y
tratar de identificar por qué todo aquello estaba allí escrito. A medida que
caminaba, su mente se iba llenando cada vez más de recuerdos que ni siquiera
sabía que tenía o que estaban escondidos en lo más profundo de su ser y habían
reaparecido gracias a algo que había leído. Sin dejar de llorar, deseó poder
volver a ver a muchas de aquellas personas o regresar a ciertas fechas para
saber qué había sucedido en realidad para que fuera lo suficientemente
importante como para estar allí escrita.
Se tomó todo el
tiempo del mundo para recorrer la habitación, fijando la vista atentamente
sobre todas y cada una de las inscripciones. Llegando a lo que creyó que era el
final de su recorrida, se encontró con una puerta cerrada: claro que al haber
estado encapuchada todo el tiempo, jamás supo que aquel lugar contaba con una
salida tan fácil. Mirándola detenidamente, aquella puerta de madera daba a
entender que se encontraba en una habitación antigua, casi tan vieja como ella
misma, pensó. Al llegar al piso, vio que por la rendija del umbral, se filtraba
un brillo que no había visto en mucho tiempo. Se preguntó si así se veía el
sol, ya que todo lo que tenía en aquel momento eran recuerdos, que no sabía si
eran del todo acertados, sobre un cielo color naranja.
Dando un último
vistazo a todas las inscripciones que había a su alrededor, tomó el pomo de la
puerta y lo giró, ante lo que un ligero “click” resonó en sus oídos. Empujando
la puerta, que resultó ser bastante liviana, decidió salir a lo que fuera que
la esperara afuera: no sabía cuánto tiempo había pasado encerrada o siquiera
una mínima noción de dónde podía llegar a estar, pero no le importaba, sólo
quería comprobar si sus imágenes mentales del cielo naranja no le mentían.
El paisaje fuera
de la habitación era de completa soledad y tranquilidad: un verde prado la
rodeaba, bordeado únicamente por la luz del astro rey en pleno atardecer. Claro
que le dio miedo salir, todavía no había soltado el pomo de la puerta cuando su
mente hizo una chispa: no había ningún secuestrador que la castigaría si se
sacaba la capucha ni un candado que le impidiera salir; era simplemente que
ella se negaba a salir por sus propios medios. Afuera, la soledad y la
incertidumbre de no saber hacia dónde debería dirigirse; adentro, el dolor de
tener que mirar el cielo a través de barrotes y convivir con los torturantes
recuerdos de todo lo que había escrito en las paredes.
“No me importa no saber qué me depara el futuro,” pensó mientras soltaba la manija de la
puerta y echaba un último vistazo a la habitación que había sido su hogar
durante tanto tiempo, “sólo me importa
estar aquí, donde puedo ver el cielo de color naranja,” concluyó, cerrando
la puerta detrás de sí y comenzando a caminar hacia adelante, hacia el
atardecer.
Esta historia proviene de una canción, como varias de las que hay en este blog.
オレンジ色 の 空 (Orenji Iro no Sora // El Cielo de Color naranja) es un tema de la banda Breakerz, de origen japonés. Justamente habla sobre el cielo color naranja y seguir siempre caminando juntos hacia adelante. Ese es mi mensaje y la esencia que intenté poner en este cuento.
Espero que les haya gustado y que, si quieren, puedan disfrutar del tema original :)