Nada parecía
fuera de lo normal en aquel domingo de trabajo: no había demasiada gente en la
calle pero sí en el local donde ella trabajaba, las avenidas estaban tranquilas
y las personas, relajadas. Yahiel había pedido permiso para ir un momento a
buscar algo a la parte trasera del comercio pero, luego de hacerlo, decidió
escaparse unos momentos de sus tareas y salió del lugar. Pensó que necesitaba
un nuevo pantalón, ya que el que venía usando ya estaba algo gastado; además,
estaba trabajando bien y tenía algo de dinero para darse un pequeño regalo a sí
misma. Recorriendo con la mirada su alrededor, se cruzó con un gran local de
indumentaria muy bien iluminado, por lo que decidió entrar a preguntar por la
prenda que buscaba. Luego de una breve charla con la vendedora que aquel lugar,
ambas se dieron cuenta que allí no estaba el tipo de pantalón que Yahiel
buscaba, por lo que ésta se retiró, presurosa, del local para volver a su
trabajo y rogar que no hubieran notado su ausencia. Al entrar, su compañera la
miró de reojo con reproche, preguntándole implícitamente “dónde estuviste todo
este rato?”; con una mirada de perdón, Yahiel se quedó unos minutos más en su
puesto de trabajo y luego cerró su turno para irse a su casa: era cierto que se
había tomado más tiempo del planeado y, sin darse cuenta, había dejado a su
compañera a merced de todos los clientes.
Salió del turno
algo decepcionada por no haber podido encontrar su pantalón deseado en la
primera tienda que había visitado, pero se dijo a sí misma “si voy a esos
lugares grandes y de moda, jamás encontraré lo que busco, mejor visitaré las
ferias americanas que siempre tienen una mezcla de cosas y estilos muy
divertida y quizás allí encuentre algo de mi agrado.” Comenzó a recorrer ambas
veredas de la avenida doble mano, por la que comenzaban ya a circular más
automóviles que a la mañana temprano: siendo las tres de la tarde de un domingo
soleado, las familias comenzaban a regresar a sus hogares luego de un almuerzo
en casa de algún pariente, o se dirigían al parque a jugar con sus hijos.
Yahiel entró a un par de locales de ropa usada, pero en ninguno de ellos pudo
hallar lo que buscaba hasta que, finalmente, dio con un gran local ubicado en
una esquina, el cual parecía tener una gran variedad de ropa, y entró a probar
suerte.
“Buenas tardes…”
dijo al entrar al lugar, donde el silencio le respondió, acompañado por la
imagen de una señora de edad dormida en una silla mecedora. Yahiel carraspeó
suavemente la garganta para llamar la atención de la dueña del local, y ésta
abrió repentinamente los ojos, sobresaltada. “Se ve que no espera tener muchos
clientes,” bromeó Yahiel para sus adentros. La mujer la miró, sorprendida, y
luego dijo “hola Córdoba…”, sonriendo de costado. La chica se quedó paralizada
por un momento “Córdoba? Por qué me dijo así? Esta mujer está loca…” Pero luego
recordó lo que había sucedido algunas horas antes en su trabajo: esa misma
señora había ido a comprar y la había saludado de la misma manera, haciendo un
chiste con la manera de hablar de Yahiel que, si bien no era de Córdoba, tenía
una tonada parecida a la de quienes nacen en esa provincia; además, se había
presentado como una amiga de su abuela y habían mantenido una pequeña charla amistosa
antes de que la señora dejara el negocio con sus compras hechas. Recordando el
episodio, Yahiel la saludó nuevamente de forma más amistosa y le comentó acerca
de la prenda que estaba buscando, por lo que ambas salieron a la vidriera del
negocio para ver algunos pantalones que estaban en exhibición.
“Señora, no tiene
algunas pastillas?” se escuchó desde la otra punta del local. La señora le
indicó rápidamente a Yahiel por lo bajo que se escondiera en la parte trasera
del negocio mientras ella se encargaba de esos chicos molestos, ya que sabía
quiénes eran y cómo sacárselos de encima. Obediente, la chica de sentó en una
banqueta muy cerca de la silla mecedora donde había estado durmiendo la mujer,
esperando a escuchar el fin de la discusión. Finalmente, sintió pasos que le
indicaron que la dueña del lugar regresaba hacia donde ella estaba: “perdón,
pero vienen siempre” dijo, algo afligida, para luego agregar unas líneas más:
“oh no, siguen ahí… Puedes esperar aquí un rato? Han estado tomando alcohol y
no quiero que te vean salir de aquí: les dije que me iba y cerré todas las
persianas del local para que así lo piensen; si te ven salir, sabrán que les
mentí y vendrán a molestar otra vez.” Yahiel comprendió la situación y se quedó
callada, sentada derecha y con la mirada al frente, por un rato.
Sin tener nada
mejor que hacer, Yahiel comenzó a observar a aquella mujer, que se había
sentado en una silla de madera, justo donde le daba un rayo de sol proveniente
de una de las ventanas del lugar. Claro, ella no se había percatado de que el
negocio seguía por la otra parte de la esquina y tenía una pequeña sala con
ventanales, de los cuales uno solo estaba abierto, que daban a la calle. Habiendo
quedado ella en la parte comercial y la señora en la parte residencial del
lugar, había una gran distancia entre ellas. En un primer momento, la chica
creyó ver una sombra junto a la mujer, pero no le pareció raro, ya que era una
sala muy vieja con el piso manchado y podía ser que el reflejo de la luz creara
una mancha en el suelo; pero, mirando con más atención desde donde estaba,
obediente y sin moverse de su asiento, pudo notar que no se trataba de una
mancha ni una sombra sino de una rata. Sin decir una sola palabra, sus ojos se
abrieron como dos platos, mientras pensaba “que esté muerta, que esté muerta,
que esté muerta” pero cuando vio que se movía, se asustó y comenzó a pensar
cómo salir de allí. Por el reflejo del ventanal, pudo ver que los dos chicos
seguían allí sentados, con una botella en sus manos, por lo que la salida fácil
estaba anulada. Qué más podía hacer para salir de aquel lugar?
“Señora, no nos
da otra?” escuchó desde el ventanal abierto. Algún ruido debió haber alertado a
los dos jóvenes que ellas seguían allí y volvieron a tratar de convencer a la
mujer para que le diera “más” de lo que sea que pidieran. Sacándola de sus
pensamientos, esta situación alertó a Yahiel de que no solamente la rata seguía
allí con ellas, sino que la mujer la había levantado y tenía entre sus manos,
acariciándola, pero la había apoyado en el suelo para responderles a los
jóvenes algo como “estar borracho es un proceso, decile a tu hermana que un
laxante no la va a ayudar a sacarse el pedo.” Yahiel ya no podía más del
horror, necesitaba huir inmediatamente de aquel lugar, pero esperó a que los chicos
se retiraran para expresarse. Cuando la mujer volvió a su asiento y tomó
nuevamente la rata entre sus brazos, la chica comenzó a hacerle gestos para
darle a entender que había visto que una de las persianas laterales del local
había quedado abierta y planeaba salir por allí. Con un sencillo movimiento de
labios, la dueña del lugar le dijo que se quedara y esperara a que los
borrachos se fueran, pero Yahiel sentía que no podía quedarse ni un momento más
en ese lugar. Haciendo un ademán con sus manos, señalando la persiana abierta
con ambos pulgares, tomó su mochila y salió corriendo por la abertura, dejando
a la señora estupefacta mientras acariciaba al roedor que tenía encima.
Corrió, corrió y
corrió como jamás había corrido. Sin darse cuenta, entró a una calle privada:
claro, ella había entrado por el frente a la feria americana y no se había
percatado de que la persiana que estaba abierta daba a una calle que no
conocía. Yahiel levantó la mirada para ver grandes chalets que parecían
construidos en la época de la colonia, cuando las grandes familias podían
hacerse sus palacetes en el mejor barrio de la ciudad; además, gruesos y altos
árboles rodeaban la calle adoquinada a la perfección, formando un techo de
hojas que caían lentamente al camino de piedras, tapizándolo de muchos colores.
Mirando hacia adelante, la chica se encontró con un paredón blancuzco a la
distancia y pensó “ese debe ser el final de la calle, debe ser que otra calle
pasa por allí… o sino, saltaré el paredón, pero de cualquier manera debo salir
de aquí.” Sin dejar de correr con la vista fija en la pared que se alzaba en la
distancia, comenzó a ver salpicaduras rojizas en su visión, aunque fuera sólo
por un microsegundo: una fugaz imagen nublaba su vista y teñía la pared de
rojo, como si de un paredón de fusilamiento se tratara, pero luego se
desvanecía y volvía a ser la pared de antes. Tres imágenes fugaces cruzaron la
vista de Yahiel en su corrida, y con cada una de ellas, el paredón del final de
la calle iba cambiando su tono de blancuzco a rojizo. Como si fueran
salpicaduras en el espejo del baño luego de bañarse o de kétchup luego de
estallar un sobrecito individual, las imágenes mostraban un paredón tenido de
pequeñas pero intensas gotas de sangre, roja y antigua como la pared misma.
Yahiel llegó
finalmente al paredón, con el pecho estallándole de terror y agitación por la
corrida: no había ninguna calle que cortara aquel pasaje privado, ni autos o
personas a las que pedirles ayuda. “Salto o salto, necesito saltar!” se decía a
sí misma, antes de tomar un último envión para intentar saltar el paredón.
Claro que, una vez que llegó allí, se dio cuenta que la roja pared medía cuatro
veces su altura y le sería imposible cruzarla; intentó tomarse de un borde
decorativo de aquel muro, pero fue inútil y debió soltarse para volver al piso.
No pensaba quedarse allí ni volver a tocar aquella pared que, en un primer
momento, su mirada le había dicho que era blanca, luego su mente le había
mostrado las manchas de sangre y, finalmente, la realidad le había mostrado que
era de un rojo intenso y oscuro como la sangre misma. Dio media vuelta y
comenzó a correr en la dirección opuesta, nuevamente hacia la avenida de la que
había venido, bajo aquel techo de ramas y entre casas antiguas que no sabía muy
bien si tenían dueño.
Corrió, corrió y
corrió hacia la avenida, pero jamás se supo si llegó a destino, ya que Yahiel
no volvió a ser vista ni en su trabajo ni en su casa ni en ninguna otra parte.
Todavía se sigue
contando la historia del callejón Minscher, en un modesto barrio de la Capital,
en donde vivían militares alemanes de alto rango que habían armado un barrio
semi privado en aquella calle y, secretamente, fusilaban judíos durante la Segunda
Guerra Mundial. En ese mismo callejón, se dice que entraban personas que jamás
volvían a ser vistas; casualmente, quienes desaparecían eran todos de la
religión más castigada durante las décadas de 1930 y 1940.
No hay comentarios:
Publicar un comentario