lunes, 2 de marzo de 2015

La Feria De La Esquina

Nada parecía fuera de lo normal en aquel domingo de trabajo: no había demasiada gente en la calle pero sí en el local donde ella trabajaba, las avenidas estaban tranquilas y las personas, relajadas. Yahiel había pedido permiso para ir un momento a buscar algo a la parte trasera del comercio pero, luego de hacerlo, decidió escaparse unos momentos de sus tareas y salió del lugar. Pensó que necesitaba un nuevo pantalón, ya que el que venía usando ya estaba algo gastado; además, estaba trabajando bien y tenía algo de dinero para darse un pequeño regalo a sí misma. Recorriendo con la mirada su alrededor, se cruzó con un gran local de indumentaria muy bien iluminado, por lo que decidió entrar a preguntar por la prenda que buscaba. Luego de una breve charla con la vendedora que aquel lugar, ambas se dieron cuenta que allí no estaba el tipo de pantalón que Yahiel buscaba, por lo que ésta se retiró, presurosa, del local para volver a su trabajo y rogar que no hubieran notado su ausencia. Al entrar, su compañera la miró de reojo con reproche, preguntándole implícitamente “dónde estuviste todo este rato?”; con una mirada de perdón, Yahiel se quedó unos minutos más en su puesto de trabajo y luego cerró su turno para irse a su casa: era cierto que se había tomado más tiempo del planeado y, sin darse cuenta, había dejado a su compañera a merced de todos los clientes.
Salió del turno algo decepcionada por no haber podido encontrar su pantalón deseado en la primera tienda que había visitado, pero se dijo a sí misma “si voy a esos lugares grandes y de moda, jamás encontraré lo que busco, mejor visitaré las ferias americanas que siempre tienen una mezcla de cosas y estilos muy divertida y quizás allí encuentre algo de mi agrado.” Comenzó a recorrer ambas veredas de la avenida doble mano, por la que comenzaban ya a circular más automóviles que a la mañana temprano: siendo las tres de la tarde de un domingo soleado, las familias comenzaban a regresar a sus hogares luego de un almuerzo en casa de algún pariente, o se dirigían al parque a jugar con sus hijos. Yahiel entró a un par de locales de ropa usada, pero en ninguno de ellos pudo hallar lo que buscaba hasta que, finalmente, dio con un gran local ubicado en una esquina, el cual parecía tener una gran variedad de ropa, y entró a probar suerte.
“Buenas tardes…” dijo al entrar al lugar, donde el silencio le respondió, acompañado por la imagen de una señora de edad dormida en una silla mecedora. Yahiel carraspeó suavemente la garganta para llamar la atención de la dueña del local, y ésta abrió repentinamente los ojos, sobresaltada. “Se ve que no espera tener muchos clientes,” bromeó Yahiel para sus adentros. La mujer la miró, sorprendida, y luego dijo “hola Córdoba…”, sonriendo de costado. La chica se quedó paralizada por un momento “Córdoba? Por qué me dijo así? Esta mujer está loca…” Pero luego recordó lo que había sucedido algunas horas antes en su trabajo: esa misma señora había ido a comprar y la había saludado de la misma manera, haciendo un chiste con la manera de hablar de Yahiel que, si bien no era de Córdoba, tenía una tonada parecida a la de quienes nacen en esa provincia; además, se había presentado como una amiga de su abuela y habían mantenido una pequeña charla amistosa antes de que la señora dejara el negocio con sus compras hechas. Recordando el episodio, Yahiel la saludó nuevamente de forma más amistosa y le comentó acerca de la prenda que estaba buscando, por lo que ambas salieron a la vidriera del negocio para ver algunos pantalones que estaban en exhibición.
“Señora, no tiene algunas pastillas?” se escuchó desde la otra punta del local. La señora le indicó rápidamente a Yahiel por lo bajo que se escondiera en la parte trasera del negocio mientras ella se encargaba de esos chicos molestos, ya que sabía quiénes eran y cómo sacárselos de encima. Obediente, la chica de sentó en una banqueta muy cerca de la silla mecedora donde había estado durmiendo la mujer, esperando a escuchar el fin de la discusión. Finalmente, sintió pasos que le indicaron que la dueña del lugar regresaba hacia donde ella estaba: “perdón, pero vienen siempre” dijo, algo afligida, para luego agregar unas líneas más: “oh no, siguen ahí… Puedes esperar aquí un rato? Han estado tomando alcohol y no quiero que te vean salir de aquí: les dije que me iba y cerré todas las persianas del local para que así lo piensen; si te ven salir, sabrán que les mentí y vendrán a molestar otra vez.” Yahiel comprendió la situación y se quedó callada, sentada derecha y con la mirada al frente, por un rato.
Sin tener nada mejor que hacer, Yahiel comenzó a observar a aquella mujer, que se había sentado en una silla de madera, justo donde le daba un rayo de sol proveniente de una de las ventanas del lugar. Claro, ella no se había percatado de que el negocio seguía por la otra parte de la esquina y tenía una pequeña sala con ventanales, de los cuales uno solo estaba abierto, que daban a la calle. Habiendo quedado ella en la parte comercial y la señora en la parte residencial del lugar, había una gran distancia entre ellas. En un primer momento, la chica creyó ver una sombra junto a la mujer, pero no le pareció raro, ya que era una sala muy vieja con el piso manchado y podía ser que el reflejo de la luz creara una mancha en el suelo; pero, mirando con más atención desde donde estaba, obediente y sin moverse de su asiento, pudo notar que no se trataba de una mancha ni una sombra sino de una rata. Sin decir una sola palabra, sus ojos se abrieron como dos platos, mientras pensaba “que esté muerta, que esté muerta, que esté muerta” pero cuando vio que se movía, se asustó y comenzó a pensar cómo salir de allí. Por el reflejo del ventanal, pudo ver que los dos chicos seguían allí sentados, con una botella en sus manos, por lo que la salida fácil estaba anulada. Qué más podía hacer para salir de aquel lugar?
“Señora, no nos da otra?” escuchó desde el ventanal abierto. Algún ruido debió haber alertado a los dos jóvenes que ellas seguían allí y volvieron a tratar de convencer a la mujer para que le diera “más” de lo que sea que pidieran. Sacándola de sus pensamientos, esta situación alertó a Yahiel de que no solamente la rata seguía allí con ellas, sino que la mujer la había levantado y tenía entre sus manos, acariciándola, pero la había apoyado en el suelo para responderles a los jóvenes algo como “estar borracho es un proceso, decile a tu hermana que un laxante no la va a ayudar a sacarse el pedo.” Yahiel ya no podía más del horror, necesitaba huir inmediatamente de aquel lugar, pero esperó a que los chicos se retiraran para expresarse. Cuando la mujer volvió a su asiento y tomó nuevamente la rata entre sus brazos, la chica comenzó a hacerle gestos para darle a entender que había visto que una de las persianas laterales del local había quedado abierta y planeaba salir por allí. Con un sencillo movimiento de labios, la dueña del lugar le dijo que se quedara y esperara a que los borrachos se fueran, pero Yahiel sentía que no podía quedarse ni un momento más en ese lugar. Haciendo un ademán con sus manos, señalando la persiana abierta con ambos pulgares, tomó su mochila y salió corriendo por la abertura, dejando a la señora estupefacta mientras acariciaba al roedor que tenía encima.
Corrió, corrió y corrió como jamás había corrido. Sin darse cuenta, entró a una calle privada: claro, ella había entrado por el frente a la feria americana y no se había percatado de que la persiana que estaba abierta daba a una calle que no conocía. Yahiel levantó la mirada para ver grandes chalets que parecían construidos en la época de la colonia, cuando las grandes familias podían hacerse sus palacetes en el mejor barrio de la ciudad; además, gruesos y altos árboles rodeaban la calle adoquinada a la perfección, formando un techo de hojas que caían lentamente al camino de piedras, tapizándolo de muchos colores. Mirando hacia adelante, la chica se encontró con un paredón blancuzco a la distancia y pensó “ese debe ser el final de la calle, debe ser que otra calle pasa por allí… o sino, saltaré el paredón, pero de cualquier manera debo salir de aquí.” Sin dejar de correr con la vista fija en la pared que se alzaba en la distancia, comenzó a ver salpicaduras rojizas en su visión, aunque fuera sólo por un microsegundo: una fugaz imagen nublaba su vista y teñía la pared de rojo, como si de un paredón de fusilamiento se tratara, pero luego se desvanecía y volvía a ser la pared de antes. Tres imágenes fugaces cruzaron la vista de Yahiel en su corrida, y con cada una de ellas, el paredón del final de la calle iba cambiando su tono de blancuzco a rojizo. Como si fueran salpicaduras en el espejo del baño luego de bañarse o de kétchup luego de estallar un sobrecito individual, las imágenes mostraban un paredón tenido de pequeñas pero intensas gotas de sangre, roja y antigua como la pared misma.
Yahiel llegó finalmente al paredón, con el pecho estallándole de terror y agitación por la corrida: no había ninguna calle que cortara aquel pasaje privado, ni autos o personas a las que pedirles ayuda. “Salto o salto, necesito saltar!” se decía a sí misma, antes de tomar un último envión para intentar saltar el paredón. Claro que, una vez que llegó allí, se dio cuenta que la roja pared medía cuatro veces su altura y le sería imposible cruzarla; intentó tomarse de un borde decorativo de aquel muro, pero fue inútil y debió soltarse para volver al piso. No pensaba quedarse allí ni volver a tocar aquella pared que, en un primer momento, su mirada le había dicho que era blanca, luego su mente le había mostrado las manchas de sangre y, finalmente, la realidad le había mostrado que era de un rojo intenso y oscuro como la sangre misma. Dio media vuelta y comenzó a correr en la dirección opuesta, nuevamente hacia la avenida de la que había venido, bajo aquel techo de ramas y entre casas antiguas que no sabía muy bien si tenían dueño.

Corrió, corrió y corrió hacia la avenida, pero jamás se supo si llegó a destino, ya que Yahiel no volvió a ser vista ni en su trabajo ni en su casa ni en ninguna otra parte.

Todavía se sigue contando la historia del callejón Minscher, en un modesto barrio de la Capital, en donde vivían militares alemanes de alto rango que habían armado un barrio semi privado en aquella calle y, secretamente, fusilaban judíos durante la Segunda Guerra Mundial. En ese mismo callejón, se dice que entraban personas que jamás volvían a ser vistas; casualmente, quienes desaparecían eran todos de la religión más castigada durante las décadas de 1930 y 1940.