viernes, 5 de junio de 2015

Esperanza Color Naranja

No tenía más esperanza que el cielo. Esperaba que, algún día, pudiese volver a ver aquel cielo color naranja que llenaba su alma de vida para poder continuar viviendo un tiempo más. La capucha le tapaba la cara y las emociones, encerrada en un sótano; lo único que podía hacer era mirar por las rejas de la pequeña ventana del baño, deseando que aquellas barras de hierro desaparecieran para poder ver los colores que tanto ansiaba.
No tenía idea de dónde estaba ni cuánto tiempo había permanecido en aquel lugar: siendo arrastrada, inconsciente, había sido llevada a los confines del mundo que conocía. Lo único que podía ver era la oscuridad de la tela que tapaba su visión, excepto cuando iba a liberar su sistema digestivo y podía vislumbrar los rayos del sol por la pequeña abertura que aquella habitación tenía en lo alto de una de sus paredes. Tampoco sabía quién había sido responsable de que terminara así, en un lugar tan alejado de todo y de todos. Simplemente, un día había despertado sin poder ver nada. El único indicio que tenía de que no había perdido la vista se lo había dado aquel haz de luz, la primera vez que había ido al baño.
El tiempo transcurría sin parámetros claros: los minutos se convertían en horas, las horas en días, y los días en semanas interminables e incontables. No sabía decir si había pasado un mes o un trimestre desde que ese cuarto se había convertido en su hogar. No tenía las extremidades atadas y podía moverse con libertad, pero lo único que tenía prohibido era quitarse la capucha: no sabía por qué ni cómo, pero tenía totalmente claro que si se la quitaba fuera del horario del baño, sería severamente castigada.
La comida aparecía, cada tanto, en un rincón de la habitación, pero no siempre la tomaba. A veces, sólo por gusto, la dejaba ahí y la miraba, para probarse a ver cuánto tiempo podía estar sin tocarla. Le recordaba al mundo exterior, y por eso los primeros días la había engullido enérgicamente; pero, con el correr del tiempo, comenzó a tomar conciencia de que, quizás, no volviera al mundo que tanto añoraba, y por eso había decidido comenzar a despegarse de todo aquello que le recordaba su vida fuera de las cuatro paredes.

Llegado cierto punto, su mente comenzó a jugarle trucos sucios, como hacerle pensar que se merecía la situación en la que estaba, que sufría aquel encierro por alguna razón y debía soportarlo. Quizás le haba hecho mal a alguien y esa persona estaba tomando venganza; quizás alguien parecido había cometido un crimen y ella estaba pagando por el pecado de “ser parecida”; quizás… Tantas preguntas sin respuesta rondaban su mente que llegó un punto en que prefirió golpearse hasta desmayarse para que el tiempo pasase más rápido, o dejar de comer para dormir más y no tener que pensar en nada.
“Me dejé ganar,” pensaba cuando la lucidez la iluminaba brevemente, “debería hacer algo al respecto,” se decía, antes de volver a caer en la inconsciencia o la oscuridad. Un día, sabiendo que podría ser severamente castigada, decidió quitarse la capucha, simplemente para ver qué sucedía. “No importa si me castigan, me he acostumbrado a sentir dolores tanto físicos como mentales y creo que podré soportarlo,” fue su fundamento. Juntó sus manos como si estuviera rezando y se las apretó una contra la otra, luego se abrazó el pecho fuertemente con sus brazos y, finalmente, se soltó para levantarse la gruesa tela azul que cubría su cabeza. Lo único que pudo vislumbrar fueron las paredes de aquel lugar, iluminado con una simple bombilla colgando de un cable: llenas de nombres escritos en rojo, las paredes ofrecían un espectáculo digno de una historia de terror y fueron suficiente castigo. Tan fuerte fue el shock que no esperó a que la castigaran de afuera, sino que se volvió a calzar la capucha y se recostó sobre la cama en posición fetal. “Yo los conozco,” pensaba, “yo los conozco y por eso están en las paredes. Este es mi castigo final,” se dijo mientras su mente lloraba dentro de su cabeza y se desbordaba por su nublada mirada.
No necesitó dejar de comer para sentirse vacía ni poder ver para sentirse bien: se sentía como si fuera una caracola abandonada por su huésped, vacía por dentro y dura por fuera, pero tan frágil que podría romperse con sólo caerse al suelo. Luego de algún tiempo, también dejó de ver la luz naranja proveniente de la ventana del cuarto de baño: el cielo se había oscurecido y el sol no había vuelto a colarse por aquellos barrotes; aquellos rayos que alguna vez le habían dado esperanza, ahora se habían esfumado por completo.
El tiempo siguió su curso, tranquilo y pacífico, sin adelantarse ni atrasarse, pero la luz no volvió a aparecer.

Jamás supo cuánto estuvo allí encerrada, mucho menos saber cómo había terminado en aquel lugar de paredes escritas con pintura color sangre y nombres que le recordaban a su vida anterior, a su vida en el mundo exterior.
Sintiendo que estaba cerca de la muerte, decidió dar una última estocada, un último momento de electricidad a su vida cercana al final: “ya no me importa nada, si de todas maneras voy a morir, voy a hacerlo libre,” pensó, antes de llevar a cabo su plan. La idea era quitarse la capucha, esperar a ser descubierta por quien sea que se la hubiera puesto en un primer momento y ser castigada hasta que su cuerpo dijera basta y se rindiera. Juntando coraje y respirando hondo, realizó el mismo ritual que la vez anterior: apretó sus manos entre sí, se dio un fuerte abrazo a sí misma, y levantó los brazos para quitarse la capucha y arrojarla lejos, donde no pudiera recuperarla si se arrepentía.
La tela voló hacia la otra punta de la habitación, cerca de la puerta del baño. Así fue que pudo ver realmente lo que había en las paredes: nombres, lugares y fechas la rodeaban, todo escrito en un rojo oscuro, como la sangre dentro de una jeringa luego de ser extraída del cuerpo. Las lágrimas comenzaron a rondar por su cara, recordando todos los hechos que las paredes le gritaban y se cubrió la cabeza, esperando la paliza que terminaría su sufrimiento. Pero la golpiza no llegó, las imágenes seguían llenando su mente y el castigo físico jamás se hizo presente. Lentamente, comenzó a alejar sus manos, preguntándose qué sucedía. Viendo que todavía nadie se había percatado de su atrevimiento, comenzó a leer con más detenimiento las paredes: nombres más pequeños y nombres más grandes, fechas escritas en letras o en números, lugares determinados por sus coordenadas o por un mapa dibujado; aquella habitación era una obra de arte basada en su propia historia, en sus experiencias y sus acompañantes de vida.
Olvidándose de que podría entrar alguien en cualquier momento, comenzó a recorrer el lugar y tratar de identificar por qué todo aquello estaba allí escrito. A medida que caminaba, su mente se iba llenando cada vez más de recuerdos que ni siquiera sabía que tenía o que estaban escondidos en lo más profundo de su ser y habían reaparecido gracias a algo que había leído. Sin dejar de llorar, deseó poder volver a ver a muchas de aquellas personas o regresar a ciertas fechas para saber qué había sucedido en realidad para que fuera lo suficientemente importante como para estar allí escrita.
Se tomó todo el tiempo del mundo para recorrer la habitación, fijando la vista atentamente sobre todas y cada una de las inscripciones. Llegando a lo que creyó que era el final de su recorrida, se encontró con una puerta cerrada: claro que al haber estado encapuchada todo el tiempo, jamás supo que aquel lugar contaba con una salida tan fácil. Mirándola detenidamente, aquella puerta de madera daba a entender que se encontraba en una habitación antigua, casi tan vieja como ella misma, pensó. Al llegar al piso, vio que por la rendija del umbral, se filtraba un brillo que no había visto en mucho tiempo. Se preguntó si así se veía el sol, ya que todo lo que tenía en aquel momento eran recuerdos, que no sabía si eran del todo acertados, sobre un cielo color naranja.

Dando un último vistazo a todas las inscripciones que había a su alrededor, tomó el pomo de la puerta y lo giró, ante lo que un ligero “click” resonó en sus oídos. Empujando la puerta, que resultó ser bastante liviana, decidió salir a lo que fuera que la esperara afuera: no sabía cuánto tiempo había pasado encerrada o siquiera una mínima noción de dónde podía llegar a estar, pero no le importaba, sólo quería comprobar si sus imágenes mentales del cielo naranja no le mentían.
El paisaje fuera de la habitación era de completa soledad y tranquilidad: un verde prado la rodeaba, bordeado únicamente por la luz del astro rey en pleno atardecer. Claro que le dio miedo salir, todavía no había soltado el pomo de la puerta cuando su mente hizo una chispa: no había ningún secuestrador que la castigaría si se sacaba la capucha ni un candado que le impidiera salir; era simplemente que ella se negaba a salir por sus propios medios. Afuera, la soledad y la incertidumbre de no saber hacia dónde debería dirigirse; adentro, el dolor de tener que mirar el cielo a través de barrotes y convivir con los torturantes recuerdos de todo lo que había escrito en las paredes.

“No me importa no saber qué me depara el futuro,” pensó mientras soltaba la manija de la puerta y echaba un último vistazo a la habitación que había sido su hogar durante tanto tiempo, “sólo me importa estar aquí, donde puedo ver el cielo de color naranja,” concluyó, cerrando la puerta detrás de sí y comenzando a caminar hacia adelante, hacia el atardecer.



Esta historia proviene de una canción, como varias de las que hay en este blog.
オレンジ色 の 空  (Orenji Iro no Sora // El Cielo de Color naranja) es un tema de la banda Breakerz, de origen japonés. Justamente habla sobre el cielo color naranja y seguir siempre caminando juntos hacia adelante. Ese es mi mensaje y la esencia que intenté poner en este cuento.
Espero que les haya gustado y que, si quieren, puedan disfrutar del tema original :)

lunes, 2 de marzo de 2015

La Feria De La Esquina

Nada parecía fuera de lo normal en aquel domingo de trabajo: no había demasiada gente en la calle pero sí en el local donde ella trabajaba, las avenidas estaban tranquilas y las personas, relajadas. Yahiel había pedido permiso para ir un momento a buscar algo a la parte trasera del comercio pero, luego de hacerlo, decidió escaparse unos momentos de sus tareas y salió del lugar. Pensó que necesitaba un nuevo pantalón, ya que el que venía usando ya estaba algo gastado; además, estaba trabajando bien y tenía algo de dinero para darse un pequeño regalo a sí misma. Recorriendo con la mirada su alrededor, se cruzó con un gran local de indumentaria muy bien iluminado, por lo que decidió entrar a preguntar por la prenda que buscaba. Luego de una breve charla con la vendedora que aquel lugar, ambas se dieron cuenta que allí no estaba el tipo de pantalón que Yahiel buscaba, por lo que ésta se retiró, presurosa, del local para volver a su trabajo y rogar que no hubieran notado su ausencia. Al entrar, su compañera la miró de reojo con reproche, preguntándole implícitamente “dónde estuviste todo este rato?”; con una mirada de perdón, Yahiel se quedó unos minutos más en su puesto de trabajo y luego cerró su turno para irse a su casa: era cierto que se había tomado más tiempo del planeado y, sin darse cuenta, había dejado a su compañera a merced de todos los clientes.
Salió del turno algo decepcionada por no haber podido encontrar su pantalón deseado en la primera tienda que había visitado, pero se dijo a sí misma “si voy a esos lugares grandes y de moda, jamás encontraré lo que busco, mejor visitaré las ferias americanas que siempre tienen una mezcla de cosas y estilos muy divertida y quizás allí encuentre algo de mi agrado.” Comenzó a recorrer ambas veredas de la avenida doble mano, por la que comenzaban ya a circular más automóviles que a la mañana temprano: siendo las tres de la tarde de un domingo soleado, las familias comenzaban a regresar a sus hogares luego de un almuerzo en casa de algún pariente, o se dirigían al parque a jugar con sus hijos. Yahiel entró a un par de locales de ropa usada, pero en ninguno de ellos pudo hallar lo que buscaba hasta que, finalmente, dio con un gran local ubicado en una esquina, el cual parecía tener una gran variedad de ropa, y entró a probar suerte.
“Buenas tardes…” dijo al entrar al lugar, donde el silencio le respondió, acompañado por la imagen de una señora de edad dormida en una silla mecedora. Yahiel carraspeó suavemente la garganta para llamar la atención de la dueña del local, y ésta abrió repentinamente los ojos, sobresaltada. “Se ve que no espera tener muchos clientes,” bromeó Yahiel para sus adentros. La mujer la miró, sorprendida, y luego dijo “hola Córdoba…”, sonriendo de costado. La chica se quedó paralizada por un momento “Córdoba? Por qué me dijo así? Esta mujer está loca…” Pero luego recordó lo que había sucedido algunas horas antes en su trabajo: esa misma señora había ido a comprar y la había saludado de la misma manera, haciendo un chiste con la manera de hablar de Yahiel que, si bien no era de Córdoba, tenía una tonada parecida a la de quienes nacen en esa provincia; además, se había presentado como una amiga de su abuela y habían mantenido una pequeña charla amistosa antes de que la señora dejara el negocio con sus compras hechas. Recordando el episodio, Yahiel la saludó nuevamente de forma más amistosa y le comentó acerca de la prenda que estaba buscando, por lo que ambas salieron a la vidriera del negocio para ver algunos pantalones que estaban en exhibición.
“Señora, no tiene algunas pastillas?” se escuchó desde la otra punta del local. La señora le indicó rápidamente a Yahiel por lo bajo que se escondiera en la parte trasera del negocio mientras ella se encargaba de esos chicos molestos, ya que sabía quiénes eran y cómo sacárselos de encima. Obediente, la chica de sentó en una banqueta muy cerca de la silla mecedora donde había estado durmiendo la mujer, esperando a escuchar el fin de la discusión. Finalmente, sintió pasos que le indicaron que la dueña del lugar regresaba hacia donde ella estaba: “perdón, pero vienen siempre” dijo, algo afligida, para luego agregar unas líneas más: “oh no, siguen ahí… Puedes esperar aquí un rato? Han estado tomando alcohol y no quiero que te vean salir de aquí: les dije que me iba y cerré todas las persianas del local para que así lo piensen; si te ven salir, sabrán que les mentí y vendrán a molestar otra vez.” Yahiel comprendió la situación y se quedó callada, sentada derecha y con la mirada al frente, por un rato.
Sin tener nada mejor que hacer, Yahiel comenzó a observar a aquella mujer, que se había sentado en una silla de madera, justo donde le daba un rayo de sol proveniente de una de las ventanas del lugar. Claro, ella no se había percatado de que el negocio seguía por la otra parte de la esquina y tenía una pequeña sala con ventanales, de los cuales uno solo estaba abierto, que daban a la calle. Habiendo quedado ella en la parte comercial y la señora en la parte residencial del lugar, había una gran distancia entre ellas. En un primer momento, la chica creyó ver una sombra junto a la mujer, pero no le pareció raro, ya que era una sala muy vieja con el piso manchado y podía ser que el reflejo de la luz creara una mancha en el suelo; pero, mirando con más atención desde donde estaba, obediente y sin moverse de su asiento, pudo notar que no se trataba de una mancha ni una sombra sino de una rata. Sin decir una sola palabra, sus ojos se abrieron como dos platos, mientras pensaba “que esté muerta, que esté muerta, que esté muerta” pero cuando vio que se movía, se asustó y comenzó a pensar cómo salir de allí. Por el reflejo del ventanal, pudo ver que los dos chicos seguían allí sentados, con una botella en sus manos, por lo que la salida fácil estaba anulada. Qué más podía hacer para salir de aquel lugar?
“Señora, no nos da otra?” escuchó desde el ventanal abierto. Algún ruido debió haber alertado a los dos jóvenes que ellas seguían allí y volvieron a tratar de convencer a la mujer para que le diera “más” de lo que sea que pidieran. Sacándola de sus pensamientos, esta situación alertó a Yahiel de que no solamente la rata seguía allí con ellas, sino que la mujer la había levantado y tenía entre sus manos, acariciándola, pero la había apoyado en el suelo para responderles a los jóvenes algo como “estar borracho es un proceso, decile a tu hermana que un laxante no la va a ayudar a sacarse el pedo.” Yahiel ya no podía más del horror, necesitaba huir inmediatamente de aquel lugar, pero esperó a que los chicos se retiraran para expresarse. Cuando la mujer volvió a su asiento y tomó nuevamente la rata entre sus brazos, la chica comenzó a hacerle gestos para darle a entender que había visto que una de las persianas laterales del local había quedado abierta y planeaba salir por allí. Con un sencillo movimiento de labios, la dueña del lugar le dijo que se quedara y esperara a que los borrachos se fueran, pero Yahiel sentía que no podía quedarse ni un momento más en ese lugar. Haciendo un ademán con sus manos, señalando la persiana abierta con ambos pulgares, tomó su mochila y salió corriendo por la abertura, dejando a la señora estupefacta mientras acariciaba al roedor que tenía encima.
Corrió, corrió y corrió como jamás había corrido. Sin darse cuenta, entró a una calle privada: claro, ella había entrado por el frente a la feria americana y no se había percatado de que la persiana que estaba abierta daba a una calle que no conocía. Yahiel levantó la mirada para ver grandes chalets que parecían construidos en la época de la colonia, cuando las grandes familias podían hacerse sus palacetes en el mejor barrio de la ciudad; además, gruesos y altos árboles rodeaban la calle adoquinada a la perfección, formando un techo de hojas que caían lentamente al camino de piedras, tapizándolo de muchos colores. Mirando hacia adelante, la chica se encontró con un paredón blancuzco a la distancia y pensó “ese debe ser el final de la calle, debe ser que otra calle pasa por allí… o sino, saltaré el paredón, pero de cualquier manera debo salir de aquí.” Sin dejar de correr con la vista fija en la pared que se alzaba en la distancia, comenzó a ver salpicaduras rojizas en su visión, aunque fuera sólo por un microsegundo: una fugaz imagen nublaba su vista y teñía la pared de rojo, como si de un paredón de fusilamiento se tratara, pero luego se desvanecía y volvía a ser la pared de antes. Tres imágenes fugaces cruzaron la vista de Yahiel en su corrida, y con cada una de ellas, el paredón del final de la calle iba cambiando su tono de blancuzco a rojizo. Como si fueran salpicaduras en el espejo del baño luego de bañarse o de kétchup luego de estallar un sobrecito individual, las imágenes mostraban un paredón tenido de pequeñas pero intensas gotas de sangre, roja y antigua como la pared misma.
Yahiel llegó finalmente al paredón, con el pecho estallándole de terror y agitación por la corrida: no había ninguna calle que cortara aquel pasaje privado, ni autos o personas a las que pedirles ayuda. “Salto o salto, necesito saltar!” se decía a sí misma, antes de tomar un último envión para intentar saltar el paredón. Claro que, una vez que llegó allí, se dio cuenta que la roja pared medía cuatro veces su altura y le sería imposible cruzarla; intentó tomarse de un borde decorativo de aquel muro, pero fue inútil y debió soltarse para volver al piso. No pensaba quedarse allí ni volver a tocar aquella pared que, en un primer momento, su mirada le había dicho que era blanca, luego su mente le había mostrado las manchas de sangre y, finalmente, la realidad le había mostrado que era de un rojo intenso y oscuro como la sangre misma. Dio media vuelta y comenzó a correr en la dirección opuesta, nuevamente hacia la avenida de la que había venido, bajo aquel techo de ramas y entre casas antiguas que no sabía muy bien si tenían dueño.

Corrió, corrió y corrió hacia la avenida, pero jamás se supo si llegó a destino, ya que Yahiel no volvió a ser vista ni en su trabajo ni en su casa ni en ninguna otra parte.

Todavía se sigue contando la historia del callejón Minscher, en un modesto barrio de la Capital, en donde vivían militares alemanes de alto rango que habían armado un barrio semi privado en aquella calle y, secretamente, fusilaban judíos durante la Segunda Guerra Mundial. En ese mismo callejón, se dice que entraban personas que jamás volvían a ser vistas; casualmente, quienes desaparecían eran todos de la religión más castigada durante las décadas de 1930 y 1940.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Muertos Vivos

Se había ido. De un día para el otro, había dejado de existir. Tanto tiempo a su lado, y ahora simplemente quedaba su sombra perdida en el viento y entremezclada en recuerdos borrosos en algún rincón de su mente.
No compartían la misma sangre, el mismo apellido ni la misma casa. No compartían gustos musicales ni personales. Apenas si vivían en la misma ciudad. Lo único que los conectaba era el colegio. Aquel edificio angosto y alto, que de pequeños parecía un palacio pero de grandes ya no les quedaba rincón por conocer. El colegio seguía allí, pero no quienes lo habían habitado y corrido en su patio durante tanto tiempo.
La edad les llegó, como a todo el mundo les llega. El edificio del colegio dejó de ser aquella pequeña torrecita en un barrio residencial para pasar a ser un gran edificio que ocupaba gran parte de la manzana. Y también recorrieron ese nuevo edificio y tampoco les quedó un lugar por conocer. Aquella institución también seguía allí, y seguiría estando por muchos años más, pero algo sucedió allí dentro que dejó trunca la vida de uno de sus miles de alumnos.

“Vos sabés lo que hiciste, no te hagas como que no tenés idea porque no te creo nada. No me hables más,” le había dicho en su momento. Tanto uno como el otro se miraron fijamente durante algunos segundos sin saber más que decir: quien había hablado rogaba para que quien escuchaba se fuera lo más pronto posible; quien acababa de recibir el mensaje se quedó con todo el cuerpo paralizado, sin saber qué decir ni hacia dónde correr. Finalmente se separaron para no volver a unirse más. “Hasta que la muerte los separe” dice el dicho, y efectivamente fue la muerte quien los separó. Porque uno de ellos murió en aquel instante, y el otro se recibió de asesino.
Claro que los muertos vivos existen, no en forma de cadáveres andantes que inundan las calles de las grandes ciudades, sino que están entre las multitudes todos los días a toda hora. Aquel muerto y aquel vivo no volvieron a cruzarse más que en sus mentes, donde uno no podía responder a las preguntas del otro y viceversa. Los muertos vivos caminaban por las avenidas, preguntándose si se cruzarían a otra persona en su situación que pudiera entenderlos, o si por un milagro de la existencia, llegaran a cruzarse con sus asesinos. Porque a los asesinos responsables de los muertos vivos no les corresponde ir a la cárcel, les corresponden todos los años de felicidad que le arrebataron a sus víctimas.
La vida decidió que el asesinado y el asesino pudieran cruzarse un día, obligándolos a ir al mismo lugar en el mismo momento. El asesinado sabría lo que le haría a su asesino si llegaba a verlo: lo mataría para poder recuperar parte de sus años de felicidad robada. Porque eso es la justicia. Pero, aquel día, el destino no quiso que el asesino y su víctima se encontraran; el destino no lo quiso y un vivo que todavía no había muerto tampoco lo quiso. Ese ser vivo, luminoso entre tanta podredumbre, sostuvo al muerto para que no matara a su asesino: “déjalo que viva en su propia mierda,” le había dicho, mientras lo sostenía firmemente del brazo para que no escapase. Y así fue como el muerto no logró matar a su asesino.

Años después, el muerto comenzó a recuperar algo de vida: el color volvió a su piel y su mente comenzó a iluminarse tenuemente con los reflejos de los vivos que lo rodeaban. Del asesino nunca se supo más nada: es sabido que siempre logran salirse con la suya y aprovechar la felicidad robada para nunca más encontrarse con sus víctimas.
Años después, el muerto vuelve a morir cada vez que recuerda a su asesino y vuelve a matarlo mentalmente, como ha hecho una y mil veces. Soñar no cuesta nada.


Esto está basado en una historia real, desfigurada para la escritura y sin dar nombres ni especificar personas, pero con una base cierta; no proviene de un sueño ni de una canción. Quizás lo único que me llevó a escribirlo fue este tema, simplemente por toda la historia que lleva impresa y no necesariamente es explícita. 
Un mínimo homenaje a los muertos vivos.

lunes, 7 de julio de 2014

Desvío

Había empezado como un día normal, temprano a la mañana saliendo de su casa; lo único anormal era su destino: una entrevista laboral en el barrio de Flores. La entrevista transcurrió con total normalidad, y Mirna salió muy contenta de esa oficina. Llevaba un pantalón de vestir ajustado, botas altas y una remera que resaltaba sus atributos, la misma vestimenta que utilizaba cada vez que necesitaba trabajo y concurría a una entrevista. Claro que, vestida de esa forma, llamaría la atención en un barrio de gente humilde, por lo que sacó un abrigo de su bolso y se lo puso; después de todo, había empezado a soplar viento y la remera no era suficiente.
Caminando por la avenida principal del barrio, no vio nada sospechoso, simplemente personas que iban y venían, quizás al trabajo, otras al mercado, alguna señora con su carrito de compras (regalo de su casamiento hacía cuarenta años), y chicos hablando en los umbrales de las casas. Lo único extraño que vio fue un exhibidor de almohadones armado afuera de un local vacío. “Qué raro,” pensó Mirna, “ése con la tapa de Ácido Argentino es de una banda que le gusta a mi primo, quizás venga mañana y me lo lleve… Momento, el local está vacío, ¿a quién se lo voy a comprar?” Tuvo un momento de duda y confusión en sus pensamientos: sus valores no le permitían llevarse el almohadón así como así, eso sería robo; pero en el local no había nadie a quién comprárselo, por lo que no estaría técnicamente robando. Se detuvo a reflexionar un momento frente al local, y luego de unos segundos, tomó una decisión: “De acuerdo. Si mañana el almohadón sigue ahí, me lo llevo. Y si no, alguien más se lo habrá llevado y hará feliz a otro fanático que se decidió antes que yo”. Habiendo resuelto esa disyuntiva interna, siguió caminando hacia la parada del colectivo. Estaba a tres cuadras de la autopista que debía cruzar para llegar a la parada, y en esas tres cuadras, el viento que había comenzado hacía unos momentos, se convirtió en una garúa fina al principio, y luego en lluvia. “Bueno, son sólo tres cuadras y la entrevista ya pasó, no importa si me mojo un poco el pelo y la ropa,” pensó Mirna, y siguió caminando. Habiendo recorrido una cuadra, encuentró unos anteojos de sol tirados en la vereda: miró a su alrededor a ver si había alguien a quien se le podían haber caído, y no habiendo encontrado a ningún posible dueño, los levantó y se los puso. “Por lo menos, no van a molestarme las gotas en los ojos”.
Llegó finalmente a la autopista, para ver que todas las luces de la avenida bajo la misma, estaban apagadas. “Qué raro que se hayan quemado todas a la vez, ¿será un apagón?” se dijo a sí misma, y continuó caminando. Luego de dar unos pasos bajo la autopista, ya al resguardo de la lluvia, se dio cuenta que no sólo no veía por la falta de luz, sino porque todavía llevaba los anteojos puestos. Se sacó los lentes, los guardó en un bolsillo del abrigo, y comenzó a notar cosas extrañas: las personas que la pasaban por el costado parecían zombies, como los que veía en las series de ficción, y todos la miraban a ella al pasar por su lado; en una esquina donde se juntaban la vereda y una de las columnas de la autopista, había un grupo de jóvenes fumando lo que cualquiera diría que era un caño por su tamaño, pero en realidad eran cigarrillos gigantes de marihuana, uno al lado del otro para poder prenderse todos a la vez; y lo más extraño de todo fue que, durante el minuto y medio que le llevó cruzar la autopista, no pasó ningún auto por la avenida que pudiera alumbrar un poco lo que las luces públicas no alumbraban. Apenas terminó de ver a los adolescentes fumadores, la autopista se terminó y volvió a ver la luz del día, esa luz blanquecina que hay en los días de lluvia y se filtra por el medio de las nubes. Caminó unos metros más y giró la cabeza justo a tiempo para ver venir el colectivo que la llevaría a su casa. “Uy, el 97!”, pensó para sus adentros, y comenzó a correr hacia la parada del colectivo que la llevaría de vuelta a su barrio.
Logró llegar justo a tiempo, el colectivo estaba arrancando cuando pudo colgarse de las manijas de la puerta y subirse. Agradeció al chofer haber frenado para que pudiera subir con normalidad, sacó su boleto, y el colectivo arrancó su marcha. Mientras el 97 transitaba la calma avenida principal de Flores, Mirna divisó un asiento casi al final del colectivo y decidió ir a sentarse. Estaba a punto de ponerse a leer (siempre era imprescindible para ella llevar algo de lectura ligera en el bolso, para tiempos muertos como el viaje en colectivo), cuando sintió que le agarraban la espalda. “Miry!”. La alegre vocecita de su primo pequeño (a decir verdad, el niño ya tenía doce años, pero para Mirna siempre sería su “primito”) desde el asiento trasero al suyo la sorprendió, pero a la vez la llenó de felicidad porque hacía mucho que no lo veía. “¿Cómo andás peque, tanto tiempo? ¿El cole bien?” le preguntó al niño, y ambos comenzaron una charla de lo más animada. Resulta que era el primer viaje en colectivo de Marco, y estaba nervioso porque quería llegar bien a la casa sin pasarse de parada. “No te preocupes, yo sé dónde vivís. Yo te aviso antes de que te pases por si no te das cuenta,” le dijo Mirna con una amplia sonrisa, y continuaron su conversación.
El viaje continuó con normalidad, hasta que el colectivo se vio forzado a doblar en una calle que no correspondía al recorrido habitual, por lo que Mirna pensó que debía haber algún corte imprevisto, por lo que el colectivo debía desviarse. Para no preocuparlo, decidió no decirle nada a Marco, porque creyó que se asustaría si justo en su primer viaje solo, el colectivo tomaba un rumbo extraño, así que continuaron charlando. De todas maneras, Mirna miraba de soslayo por la ventanilla a cada rato pensando “¿cuándo va a volver al recorrido principal?”, más que nada preocupada por su pequeño primo y su llegada a casa. Pasaron por el barrio coreano, luego por los bordes de la villa que lo rodea, y continuaron dando vueltas por alrededor de unos veinte minutos más. De repente, Marco se percató de que el viaje estaba tardando más de lo que debería, entonces le preguntó a su prima dónde se encontraban: “el colectivo se desvió un poquito, debe haber un corte o algo”, le contestó ella. Casi al unísono con esa respuesta, se oye en todo el colectivo el grito del chofer, “ ¡¿Alguien tiene una Guía T?!”. Inmediatamente, Mirna comenzó a buscar en su bolso hasta encontrar la guía de mapas de Capital y, al verla, Marco gritó que su prima tenía una Guía. Como era de esperarse, todo el pasaje del colectivo volteó hacía donde venía la voz, y comenzaron a preguntar dónde estaban y cómo volver al recorrido del colectivo, porque aparentemente tampoco el chofer sabía muy bien dónde se encontraba.
Las calles siguieron pasando, y cada vez que Mirna o Marco veían un cartel con el nombre de alguna calle, se apresuraban a tratar de encontrarla en los mapas. “Pero Miry, a tu guía le faltan hojas. ¿Dónde está la parte donde está la lista de calles de todos los mapas?” le espetó Marco a su prima. A ella no le gustaba dar a conocer su edad, pero en esta ocasión, no vio alternativa posible: “Es que ésta es una versión vieja, no tiene una lista entera. Solamente aparecen las calles de cada mapita al costado de cada uno, no hay una completa,” le explicó a su primo. Al oír esto, varios de los pasajeros comenzaron a molestarse con Mirna, ya que tenía una guía que no servía para nada. Así continuaron por un rato, tratando de encontrar los nombres de las calles en cada uno de los mapas pero, a decir verdad, era una tarea muy difícil. La Guía T tenía más de treinta mapas, y para cuando encontraban un nombre parecido al que habían visto en el cartel, el colectivo ya había doblado y cambiado de calle.
A medida que iba pasando el tiempo, las calles fueron haciéndose más angostas, el asfalto comenzó a desaparecer y dar paso a los adoquines originales de cada calle, los edificios fueron bajando su altura hasta quedar en casitas de uno o dos pisos, y también la gente comenzó a mirarlos de forma más extraña. Antes, al pasar por el barrio coreano, a nadie se le ocurriría que ver un colectivo sería algo raro, pero en estos lugares, parecía como si jamás hubieran visto pasar un transporte público (o por lo menos, no un colectivo de la línea 97). Sólo pasaron una avenida con un cruce de vías cerca de la una de la tarde, lo que le dio una pista a Mirna para buscar en su mapa, pero no encontró ninguna línea de trenes que concordara con los nombres de las calles que habían estado pasando. En un momento dado, el colectivo llegó a una especie de rotonda, angosta y empedrada, donde giró hacia la derecha. Lo único extraño acerca de la rotonda, fue lo que había fuera del colectivo: lo que parecía ser una estatua de hierro estilo moderno, como hay en muchas partes de la ciudad, tenía cara y había comenzado a moverse hacia ellos mientras pasaban. “Qué raro, parece una persona con una sonrisa de hierro. Como un personaje de dos caras de una película sobre pesadillas de Navidad”. Mirna tuvo un ligero escalofrío pensado esto, pero rápidamente lo descartó, sobre todo porque Marco no lo había visto y no quería asustarlo diciéndole que había visto una persona de metal sonriente viniendo hacia el colectivo.
Luego, sucedió algo que nadie se esperaba: la voz de Mirna se alzó por sobre los susurros del resto de los pasajeros diciendo “Perdón que no lo dije antes, es que no lo había notado… Esta Guía es únicamente de lugares cercanos a la frontera con el conurbano, así que a menos que estemos cerca de pasar a provincia, dudo que pueda encontrar estas calles en los mapas”. Claramente, no fue alegría lo que el comentario provocó entre el resto de la gente, incluso el chofer confiaba en la guía de Mirna y por eso seguía andando despacio, dando vueltas por ese extraño barrio. La calle Juan D. Daón le sonaba conocida a todos por alguna razón, hasta que se dieron cuenta que ya habían pasado por esa calle antes, sobre todo recordaban una encrucijada particular: la calle Marianela Frusa terminaba abruptamente en la calle Daón, y luego continuaba media cuadra hacia la izquierda; las casitas eran todas de un solo piso, paredes amarillentas con algunos ladrillos a la vista y sus habitantes en sus umbrales, mirando el extraño espectáculo de un colectivo pasando por sus calles. La primera vez, habían tomado por la calle Daón hacia la derecha, habían dado vueltas por calles aledañas, pasado por la rotonda del hombre de metal sonriente, y vuelto a andar por la calle Frusa hasta la encrucijada con Naón. Esta vez, todos eran conscientes de que ya habían pasado por ahí, y el chofer decidió tomar hacia la izquierda por Daón para tomar la continuación de Frusa, media cuadra más adelante. Eso fue lo último que se supo de ellos: la blanca parte trasera del colectivo 97, agrisada por el polvo y el poco lavado, adentrándose en la calle Frusa a media cuadra de Juan D. Daón, en el barrio de las callecitas angostas y empedradas, con casas bajas y vecinos en la vereda mirando asombrados el paso de un colectivo.

Se dice que es un barrio desconocido para la mayoría del mundo, en algún rincón de la Capital Federal, más allá de Flores y del barrio coreano, más allá de los límites de los mapas, al que sólo entran los viajeros que han perdido su rumbo; pero un barrio en el que, seguramente, Mirna y Marco encontraron al hombre de metal sonriente y éste les regaló un mapa de la zona, no sólo para que no volvieran al perderse, sino para que tampoco pudieran encontrar las calles de la Capital y quedarse allí hasta que la vida lo decida.