La mayoría de las personas tienen,
cuando son chicos, un enamoramiento fugaz de algún primo o prima más grande.
Este era el caso de Luna con Ezequiel, su primo lejano que solamente veía un
par de veces al año pero que le bastaban para adorarlo. Claro que cuando fue
creciendo, este crush se le fue
pasando; aunque cada vez que lo veía iba a abrazarlo porque lo quería
muchísimo. Así fue como se encontraron de casualidad en la Terminal General
de Transportes de Ciudad Capital, y se saludaron con una mezcla de sorpresa y
alegría.
“¡¿Zeke?!” exclamó sorprendida
Luna al ver a su primo recostado sobre una de las barrancas que rodean la
terminal. No podía creerlo, era prácticamente imposible encontrar a su primo
allí, cuando él vivía a quinientos kilómetros de Ciudad Capital.
“¡Luna!” exclamó a su vez
Ezequiel, esbozando una enorme sonrisa de ver a su (ya no tan) pequeña prima
correr por la barranca.
Intercambiaron afectuosos saludos,
y luego de esto comenzaron a ponerse al tanto de sus vidas mientras veían todo
tipo de transportes llegar e irse de la Terminal : Luna había ido con su padre a despedir
a su Madre que debía viajar por negocios, y Ezequiel estaba allí recién llegado
esperando a que su hermana pasara a buscarlo para ir a la casa de ella, donde
iba a quedarse las próximas dos semanas.
Así pasaron los siguientes
minutos, sorprendiéndose ante el Tren Volador y recordando los tiempos en que
los avenjentados Aviones a Turbina, de
los que ahora sólo se veían unos pocos en circulación, eran los únicos objetos
que podían despegar del suelo para transportar pasajeros. De repente, Luciano,
padre de Luna les gritó por encima de las barandas de la barranca, que Natalie
estaba esperándolos con la camioneta sobre el camino para llevar a Zeke a casa.
Lucci (apodo que había ganado Luciano cuando había comenzado a estudiar
Italiano) y Natt (primos a su vez), se
habían encontrado también en la
Terminal y decidieron compartir el regreso a casa.
Zeke y Luna subieron corriendo por
la barranca hasta la carretera donde se encontraba el vehículo de Natt: una
camioneta estilo antiguo, rojo encendido, lo que comúnmente denominaban “monovolumen”
en la época de su fabricación. Adentro se encontraban Natt y su pequeño hijo
Miki (Miguel, pero al niño no le gustaba que lo llamaran así). Luna se quedó
unos momentos contemplando la carretera: hacía unos años nada más, hubiera
estado llena de autos iguales al de su prima Natt, y ahora solamente había unos
pocos deslizadores y algún que otro automóvil corriendo por ella.
“¿Qué hacés Lu? ¡Vení, dale, vamos
a comer algo a lo de Natt antes de volver a casa!” la alentó su padre desde el
asiento delantero de la camioneta, donde ya se había acomodado para el viaje.
Luna subió rápidamente, dejando atrás sus pensamientos sobre tiempos anteriores
aunque no tan remotos como parecían. Miki la recibió con una amplia sonrisa y
una galletita para compartirle. Zeke, ya acomodado en el asiento trasero de la
camioneta, se apretó un poco para que su prima pudiese sentarse con ellos.
El viaje fue tranquilo durante un
tiempo, todos poniéndose al día y contando anécdotas, tal y como en cualquiera
familia. De repente, Luna se dio cuenta de que no estaban recorriendo el camino
habitual a casa de su prima; miró hacia los costados y el panorama la
sorprendió: a ambos lados de la camioneta se veían paredes de ladrillo a la
vista, lo que normalmente se veía en los barrios humildes que rodeaban los
bordes de Ciudad Capital y jamás se había atrevido a visitar. Sin entender lo
que estaba viendo, siguió inspeccionando el exterior que la rodeaba: el camino
tenía un techo y paredes a ambos costados, Luna sentía que recorría un antiguo
túnel de Monorriel abandonado y tomado por personas, aunque parecía como si sus
moradores parecía hubieran abandonado el lugar hacía mucho tiempo, ya que había
escombros por todas partes donde se mirara. Al ver la expresión de su prima,
Miki también comenzó a mirar a través del vidrio y puso la misma cara de
sorpresa que la muchacha.
“Natt, ¿dónde estamos?” preguntó
Luna a la conductora. Y en ese momento, tanto Zeke como Lucci cortaron la
charla que mantenían para mirar hacia afuera.
“Esto se llama Los Cantiones”
respondió Natt, “y es un atajo para llegar a casa. De este camino, se sale
directamente al río.”
“Ahora, te llegás a confundir de
camino…”
“No me voy a confundir, yo sé lo
que hago” contestó tajantemente su prima.
Viajaron unos minutos más,
rebotando dentro de la cabina de la camioneta cuando el monovolumen pasaba por
encima de piedras o vigas de los tantos escombros que cubrían el camino; hasta
que de repente, Natt detuvo la marcha frente a una pared.
“¿Qué pasa prima?” inquirió Luna.
“No lo puedo creer. Me equivoqué.
Esto es un dead end” (calle sin
salida).