miércoles, 26 de septiembre de 2012

Los Cantiones (primera parte)


La mayoría de las personas tienen, cuando son chicos, un enamoramiento fugaz de algún primo o prima más grande. Este era el caso de Luna con Ezequiel, su primo lejano que solamente veía un par de veces al año pero que le bastaban para adorarlo. Claro que cuando fue creciendo, este crush se le fue pasando; aunque cada vez que lo veía iba a abrazarlo porque lo quería muchísimo. Así fue como se encontraron de casualidad en la Terminal General de Transportes de Ciudad Capital, y se saludaron con una mezcla de sorpresa y alegría.
“¡¿Zeke?!” exclamó sorprendida Luna al ver a su primo recostado sobre una de las barrancas que rodean la terminal. No podía creerlo, era prácticamente imposible encontrar a su primo allí, cuando él vivía a quinientos kilómetros de Ciudad Capital.
“¡Luna!” exclamó a su vez Ezequiel, esbozando una enorme sonrisa de ver a su (ya no tan) pequeña prima correr por la barranca.
Intercambiaron afectuosos saludos, y luego de esto comenzaron a ponerse al tanto de sus vidas mientras veían todo tipo de transportes llegar e irse de la Terminal: Luna había ido con su padre a despedir a su Madre que debía viajar por negocios, y Ezequiel estaba allí recién llegado esperando a que su hermana pasara a buscarlo para ir a la casa de ella, donde iba a quedarse las próximas dos semanas.

Así pasaron los siguientes minutos, sorprendiéndose ante el Tren Volador y recordando los tiempos en que los avenjentados Aviones a Turbina,  de los que ahora sólo se veían unos pocos en circulación, eran los únicos objetos que podían despegar del suelo para transportar pasajeros. De repente, Luciano, padre de Luna les gritó por encima de las barandas de la barranca, que Natalie estaba esperándolos con la camioneta sobre el camino para llevar a Zeke a casa. Lucci (apodo que había ganado Luciano cuando había comenzado a estudiar Italiano)  y Natt (primos a su vez), se habían encontrado también en la Terminal y decidieron compartir el regreso a casa.
Zeke y Luna subieron corriendo por la barranca hasta la carretera donde se encontraba el vehículo de Natt: una camioneta estilo antiguo, rojo encendido, lo que comúnmente denominaban “monovolumen” en la época de su fabricación. Adentro se encontraban Natt y su pequeño hijo Miki (Miguel, pero al niño no le gustaba que lo llamaran así). Luna se quedó unos momentos contemplando la carretera: hacía unos años nada más, hubiera estado llena de autos iguales al de su prima Natt, y ahora solamente había unos pocos deslizadores y algún que otro automóvil corriendo por ella.
“¿Qué hacés Lu? ¡Vení, dale, vamos a comer algo a lo de Natt antes de volver a casa!” la alentó su padre desde el asiento delantero de la camioneta, donde ya se había acomodado para el viaje. Luna subió rápidamente, dejando atrás sus pensamientos sobre tiempos anteriores aunque no tan remotos como parecían. Miki la recibió con una amplia sonrisa y una galletita para compartirle. Zeke, ya acomodado en el asiento trasero de la camioneta, se apretó un poco para que su prima pudiese sentarse con ellos.

El viaje fue tranquilo durante un tiempo, todos poniéndose al día y contando anécdotas, tal y como en cualquiera familia. De repente, Luna se dio cuenta de que no estaban recorriendo el camino habitual a casa de su prima; miró hacia los costados y el panorama la sorprendió: a ambos lados de la camioneta se veían paredes de ladrillo a la vista, lo que normalmente se veía en los barrios humildes que rodeaban los bordes de Ciudad Capital y jamás se había atrevido a visitar. Sin entender lo que estaba viendo, siguió inspeccionando el exterior que la rodeaba: el camino tenía un techo y paredes a ambos costados, Luna sentía que recorría un antiguo túnel de Monorriel abandonado y tomado por personas, aunque parecía como si sus moradores parecía hubieran abandonado el lugar hacía mucho tiempo, ya que había escombros por todas partes donde se mirara. Al ver la expresión de su prima, Miki también comenzó a mirar a través del vidrio y puso la misma cara de sorpresa que la muchacha.
“Natt, ¿dónde estamos?” preguntó Luna a la conductora. Y en ese momento, tanto Zeke como Lucci cortaron la charla que mantenían para mirar hacia afuera.
“Esto se llama Los Cantiones” respondió Natt, “y es un atajo para llegar a casa. De este camino, se sale directamente al río.”
“Ahora, te llegás a confundir de camino…”
“No me voy a confundir, yo sé lo que hago” contestó tajantemente su prima.
Viajaron unos minutos más, rebotando dentro de la cabina de la camioneta cuando el monovolumen pasaba por encima de piedras o vigas de los tantos escombros que cubrían el camino; hasta que de repente, Natt detuvo la marcha frente a una pared.
“¿Qué pasa prima?” inquirió Luna.
“No lo puedo creer. Me equivoqué. Esto es un dead end” (calle sin salida).

lunes, 10 de septiembre de 2012

Escondida (segunda parte)


La casa no había sido construida desde cero, como la familia creía, sino que estaba hecha sobre la base de una antigua casa de campo de una familia adinerada en los tiempos en que la esclavitud era algo corriente. Había sido parcialmente demolida por el tiempo y el descuido al ser abandonada por sus moradores, pero algunas partes fundamentales habían permanecido casi intactas, y esto fue lo que el arquitecto de los Iriarte había utilizado para levantar la casa donde ahora estaba todo sucediendo. Era común en la familia Iriarte que el padre, al enterarse de un próximo casamiento de alguno de sus hijos, contratara un arquitecto para que construyera una vivienda, que luego sería regalada a la feliz pareja para que allí se estableciera; como siempre era un regalo sorpresa, el padre no hacía más que darle directivas al arquitecto sobre lo que quería, aprobar los planos, y encargarse de todos los gastos necesarios para que la vivienda estuviera lista a tiempo. Ese fue el error de Lautaro Iriarte, padre de Esther: no vigilar al arquitecto. Con Don Lautaro y el arquitecto muertos, el secreto del terreno había muerto con ellos.
Lo que Martina no sabía, y luego pudo saber gracias a Internet, es que el terreno  había pertenecido a una familia de empresarios agroganaderos del siglo diecinueve de la provincia de Buenos Aires. Los Álvarez Unzaga se habían establecido a orillas del Río para obtener un doble beneficio: por una parte, poder vigilar los barcos que llevaban y traían “sus negocios” desde y hasta el puerto de Quilmes, y, a la vez, poder encargarse de manejar la actividad agroganadera en toda la extensión de sus terrenos. A inicios del siglo veinte, la familia se vio obligada a abandonar esta vivienda (ya en esa época comenzó a sentirse una presencia inexplicable en la casa, al igual que sentía Martina cuando allí estaba, y no soportaban vivir sintiéndose extraños en su propia casa) que quedó a merced del tiempo y el olvido; olvido que dejó de ser tal cuando, algunas décadas atrás, comenzó a re-urbanizarse la zona y se empezaron a usar los cimientos de casas antiguas para realizar nuevas construcciones. El arquitecto no dejó pasar bases en tan buen estado como las de la ex residencia Álvarez Unzaga, y allí construyó para Don Lautaro Iriarte.

Martina fue la más entusiasmada, junto con su prima Tatiana, en comenzar a sacar todo lo que podía llegar a ocultar rastros del pasado: pintura saltada en las paredes del jardín de invierno, una baldosa mal colocada en el cuarto de depósito, la enredadera que crecía en la pared que separaba la casa de la vecina; todo lo que encontraba, lo arrancaba. Después de los primeros momentos de sorpresa general, el resto de los presentes se sumó a la destrucción de las paredes y pisos de la casa (todos salvo Esther, quien todavía no podía comprender cómo algo así podía estar pasando en su casa, y Marcos, que trataba de calmar a su alterada esposa). No pasó mucho tiempo hasta que hubieran descubierto lo que provocaba los escalofríos en Martina: el cuarto de depósito se había convertido en una nube de polvo y montañas de escombros apilados contra sus paredes, las paredes llenas de enredadera (ahora caída) se levantaban fuertes desde hacía más de un siglo y no habían sido demolidas, y los pisos del jardín, el depósito, y el salón estaban hechos de los adoquines más prolijamente lijados que se consiguieran al momento de la construcción de la casa. Los antiguos materiales emanaban una luz azulada, que se confundía con el polvo de la destrucción y generaba una escena escalofriante a los ojos de cualquiera. Esther debió irse, no podía soportar ver su casa convertida en ruinas coloniales como sólo había visto en alguno de sus viajes al Interior, Marcos fue con ella porque no podía ver a su esposa en tal estado de desesperación interna. Luciana alejó a su hijo Tito de la casa (ya suficiente había hecho por un día como para que además le cayera un pedazo de escombro encima). Tatiana se maravillaba de lo que ocultaba su propia casa, y Martina estaba como enloquecida arrancando pedazos de piso y paredes para no dejar un adoquín o ladrillo antiguo oculto.
El escenario final era un desastre: imágenes de ambientes de los más modernos que puedan existir se confundían con imágenes de un ambiente antiguo y descuidado; los sillones de playa del depósito apoyados al lado de un agujero del piso donde faltaban los adoquines y caía una sombra impenetrable que parecía no tener fin; la enredadera que hasta hacía poco subía fuerte por la pared estaba caída a lo largo de todo el jardín hecha una maraña de ramas; el salón de la casa se encontraba cubierto de una niebla de polvo blanquecino oscurecido por la luz que emanaban los adoquines. Y, en el medio de todo, una familia unida por el desastre y la excitación de algo que nunca imaginaron les podría ocurrir. Martina jamás pensó que podía unirse a la rama Iriarte, no como lo sintió en ese momento.

Claro que nada termina cuando todos dicen que termina. A la hora de la merienda, todos se tomaron un descanso, esperando volver al ruedo y seguir descubriendo cosas, aunque bien todos sabían que estaban demasiado cansados como para seguir rompiendo pisos. La única que no se dejó caer ante el té y las galletitas preparadas para la merienda fue Martina: si bien estaba cansada, había estudiado demasiado de ocultismo y hechos como éste como para dejar pasar la oportunidad de hacerse notar frente a su familia. Se llevó su taza de café y algo para comer al destrozado salón y comenzó a indagar en Internet sobre lo que pudo haber pasado en esa casa para descubrir más sobre lo que había encontrado. Encontró la historia del puerto de Quilmes y las familias adineradas que se asentaban cerca del río por las tierras altas. Encontró la historia de los Álvarez Unzaga en el blog de uno de sus actuales miembros (un tal Mariano, que había decidido investigar sobre su genealogía y antepasados para saber de dónde venía, y había publicado los resultados en su página personal). Encontró el negocio de los arquitectos que construían sobre bases de casas coloniales para ahorrar en materiales y llevarse una porción mayor de dinero. Encontró tantas cosas que no le alcanzó el tiempo del té familiar para abarcarlas todas. Entre tantos datos interesantes sobre esa casa, también encontró cosas escalofriantes: Joaquín Ezequiel Álvarez Unzaga había asesinado a la mitad de su población esclava, sólo porque su padre, Don Horacio, le había negado una parte del terreno que por herencia le correspondía. Primero los había encerrado en lo que Martina conocía como el “cuartito de depósito”, y luego terminó matándolos a sangre fría con la misma escopeta que su padre utilizaba para cazar en el campo. Cuando Don Horacio descubrió lo que su hijo había hecho, lo primero que hizo fue deshacerse de los cuerpos de los esclavos ocultándolos en un agujero en el piso del cuarto donde habían sido asesinados (a Martina le pareció unas de las crueldades más extremas que hubiese leído sobre la vida real, pero luego recordó que en aquellos tiempos era normal utilizar a los esclavos como chantaje, o simplemente objetos, para conseguir algo, en este caso un terreno).
Así como le pareció cruel, también encontró este dato interesantísimo como para comenzar una “investigación de campo”, como había aprendido en Metodología. Sin decir nada a su familia, pues volverían a tildarla de “satánica” como ya había sucedido antes, Martina se encaminó hasta el hoyo en el piso del desván y se quedó mirando hacia esa oscuridad, más negra que una noche sin luna en un cerro alejado de la civilización; simplemente mirando y haciéndose millones de preguntas para sí misma. Finalmente, Tatiana, su compañera más fiel en ese día tan extraño, se le acercó y le preguntó qué estaba haciendo. Martina le contó todo lo que había descubierto en Internet, sobre todo la historia de los esclavos que Joaquín Álvarez Unzaga había asesinado, y Tatiana se quedó pensativa durante unos minutos. De mente libre como era, lo primero que se le ocurrió decir fue “¿Y sus almas? Encerrados así nunca habrán podido seguir su camino.” Inmediatamente, a Martina le cerró todo el asunto: ¡pero claro! Ese hoyo en el piso no estaba hecho al azar. Si Don Horacio lo había hecho para enterrar los cuerpos de los esclavos, podría haberlo tapado para que nada se supiese y, si aún así no lo hizo, podría ser porque sentía que aún estaban los esclavos ahí y tenía la esperanza de que alguno de ellos siguiera vivo y pudiera salir de ese hoyo oscuro.

Martina y Tatiana se precipitaron a la casa, pero estaban todos demasiado relajados como para atormentarlos con historias de fantasmas: Esther había vuelto a la residencia y todos trataban de calmarla, mientras hablaban de cosas que no tenían que ver con los sucesos ocurridos aquel domingo de Junio. Decidieron cerrar el asunto por ellas mismas; después de todo, eran sólo ellas las que conocían la historia de los esclavos y sentían que debían liberarlos de su tumba terrenal.
Echaron tierra sobre el hoyo, dijeron unas palabras espirituales (ninguna de las dos era practicante de ninguna religión, pero ambas creían en la “after-life”, o vida después de la muerte), y se alejaron del desván. Martina afirma que, cuando se disponía a dejar la habitación junto a su prima, vio salir una nube blanquecina desde el hoyo, la cual llegó a ser una bruma que cubrió por completo el cuartito de depósito, iluminada con la misma luz negro-azulada que cubría los primeros adoquines que descubrieron en el salón, y luego desapareció. Tatiana había salido del depósito sin mirar atrás y no pudo ver nada de lo que su prima relató. Ambas, a su propio modo y manera, sentían que habían hecho lo correcto y que las almas, o la forma de vida no terrenal, de los esclavos, habían finalmente encontrado su camino hacia la libertad.

A partir de ese día, la familia quedó más unida de lo que había estado en muchos años.
A partir de ese día, Martina no sintió más escalofríos al entrar a la casa de sus tíos.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Escondida (primera parte)


Nunca le había gustado esa parte de su familia, no sabía bien por qué; había algo en ellos que no le terminaba de cerrar. Así como la tradición lo marcaba, debía ir como mínimo una vez al año a visitarlos; no la pasaba del todo bien, pero pensaba “es sólo una tarde y después no necesito volver a verlos en un tiempo”.

Los González Iriarte eran una familia como cualquier otra que vivía en Zona Sur, más específicamente en las barrancas de Quilmes. Cuando el matrimonio se formó, el padre de la novia les regaló una casa en dicha zona y allí se establecieron. La vivienda tenía dos pisos, con muchas habitaciones (pensaban tener muchos hijos), un gran salón de estar, un comedor digno de recibir visitas distinguidas, un jardín de invierno debidamente acondicionado, y un jardín amplio con pileta al fondo, justo al lado de lo que denominaban “el cuartito de depósito” (un ambiente construido originalmente como habitación de huéspedes, y luego utilizada como baulera).
La familia estaba conformada por Marcos González, hombre de familia humilde y trabajadora, casado con Esther Iriarte, de linaje con renombre y grandes influencias en los negocios de la ciudad. De esta unión, habían nacido Marcos (hijo), el primogénito que se dedicó a los negocios del abuelo materno; Lucas, quien estaba terminando la carrera de Recursos Humanos; Marina, prometedora estudiante inicial de Administración; Tatiana, que había decidido rebelarse al mandato familiar y ser artista; y Delfina, la más pequeña de la familia, apenas terminando el secundario en el Dabate High School. A pesar de pertenecer a la comúnmente denominada “clase media acomodada”, Marcos (padre) jamás dejó que su familia olvidara de dónde venía, por lo que se esforzaba cada año más, para seguir en contacto con sus hermanos de la Capital.
Luciano y Gastón, hermanos menores de Marcos, vivían en la Capital Federal, donde tenían su trabajo, su familia, sus amigos; en fin, su vida. No se llevaban mal con su hermano mayor, pero siempre les había dado cierto recelo el ver todo lo que él tenía (y no le costaba conseguirlo) y ellos vivían con lo justo, esforzándose por no endeudarse todos los meses. Es por esto que una o dos veces por año, se juntaba en Quilmes toda la rama de la familia González a hacer un gran asado y pasar la tarde juntos. Y no la pasaban mal, excepto por Martina, que siempre sospechó que algo pasaba en esa casa.

Aquel domingo de junio, día frío si los hubo en ese año, decidieron juntarse los González a almorzar en la casa de Marcos. No habían podido asistir todos: Marcos (hijo) estaba de viaje por negocios, y Camila (la hija mayor de Gastón) debía trabajar; estas faltas eran normales, al ser tantas personas para combinar siempre había alguien que no podía asistir. Martina, la mayor de Luciano y Macarena, debió asistir, ya que no tenía ningún otro compromiso; anteriores veces había pedido a sus amigos que organizaran una salida para poder escapar de la visita a casa de sus tíos, pero en esta ocasión nadie podía y se vio obligada a visitar a su familia paterna.
A las dos de la tarde ya habían llegado todos a la casona de Quilmes, el asado estaba preparándose desde hacía algunas horas, y se sentaron a comer en la gran mesa armada especialmente en el jardín de invierno para que todos estuvieran cómodos. Así transcurrió buena parte de la tarde, poniéndose al día de todo lo que había sucedido desde el último encuentro: el segundo embarazo de la esposa de Marcos (hijo), el nuevo novio de Camila (claro que el hecho de que no estuviera presente, no la salvó de que se hablara de ella), la próxima muestra de Tatiana en un centro cultural de Acassusso, las malas notas de Julián (hermano menor de Martina) en el colegio; en fin, noticias que normalmente se escuchan en una charla familiar. Martina no quería, ni le interesaba, participar en esa conversación, por lo que se fue a una de las habitaciones a escuchar música en cuanto sintió que su deber como González estaba cumplido en la mesa.

Martina no era lo que se diría, una chica como las demás: interesada en el ocultismo y las leyendas tenebrosas, vivía encerrada en su habitación leyendo historias sobre su ciudad (especialmente lo relacionado a la Recoleta la fascinaba), escuchando música que en su familia llamaban “satánica”, pero que para ella tenía un significado más allá de las palabras “que cualquiera puede leer” como ella decía. Había terminado la escuela dos años atrás, y no tenía idea de lo que iba a hacer en el futuro: si bien le gustaba aprender, decía que estaba “en contra del sistema educativo actual: se aprende en la vida, no en un aula”, por lo que después de un intento en la Universidad, había dejado de lado el estudio formal para dedicarse a los temas que le interesaban realmente.
No se llevaba muy bien con su familia, nunca soportó que trataran de “diabólica” su música y sus libros preferidos, vivía con ellos por no tener otra opción. Pero con los González Iriarte la historia era diferente, cada vez que iba a su casa sentía un escalofrío y pensaba que esa casa ocultaba más de lo que se veía a simple vista. Sus tíos y primos eran lo que ella denominaba “chetos”, gente que más allá de ser de clase acomodada económicamente, se sentían de clase alta socialmente hablando. Y no lo soportaba. “Que Lucas juega rugby en el club ganador de la Copa más importante de la Provincia de este año”, “Que Delfina se federó en hockey en el secundario y tiene futuro de Leona”, “Que Tatiana vendió diez obras en su última muestra”; los veía ganadores y los pensaba perdedores.

Cuando a eso de las cinco de la tarde, Martina decide bajar al salón para estar cerca, pero a la vez lejos, de la mesa familiar, lo ve a Marcos (nieto de su tío (los González tenían la tradición de poner el nombre del padre al primogénito)) jugando en el piso, muy entretenido con las baldosas. Martina piensa que su pequeño primo, de cuatro años, puede abstraerse del mundo entreteniéndose con cualquier cosa y lo envidia. Se sienta en uno de los sillones negros del salón, con sus auriculares puestos, y lo ve jugar porque la tranquiliza y le da paz. De repente, ve a Tito (así le decía a Marcos nieto, para diferenciarlo de Marquitos y de Marcos, su primo y tío respectivamente) que saca una baldosa del piso: -Tito! Qué estás haciendo?!- le advierte a su primito. El nene la mira, le sonríe y sigue jugando. Martina no puede retarlo, le da tanto bienestar con solo verlo (no por nada la eligieron como su madrina) que no puede levantarle la voz para decirle que deje de hacerlo; por lo que va a buscar a Tatiana, que podía tener un espíritu libre pero sabía ponerse firme a la hora de poner orden. Ambas llegan al salón familiar y ven la mitad del piso salido: Tito de alguna manera había logrado sacar gran cantidad de baldosas, dejando al descubierto un empedrado que a primera vista parecía de la época colonial y resplandecía luz negra. Martina y su prima se quedan atónitas, ninguna de las dos puede creer lo que están viendo: ¡un empedrado callejero luminoso en el medio de su salón! ¿Cómo era posible? Inevitablemente, salieron corriendo hacia el jardín de invierno a buscar al resto de la familia. Martina volvió a sentir un escalofrío recorriendo su espalda, igual a lo que sentía cada vez que entraba a esa casona, y creyó que por primera vez iban a creerle que había algo extraño en esa casa; en cuanto vieran ese empedrado iban a comenzar a creerle.
“¡No saben lo que hizo Tito!,” “¡Hay piedras en el piso!,” “¡Hay otro piso antiguo!”… Sus palabras se entremezclaban unas con otras y ninguna de las dos lograba hilar dos frases coherentes para explicar lo que habían visto, y su familia no comprendía qué querían decir. “¿Esto es como los actos que armaban cuando eran chiquitas?” aventuró Esther. “¡Vengan y lo van a ver!” exclamaron Martina y Tatiana a la vez. Y así fueron todos.
Cuando la familia llegó al salón de la casa, nadie podía creer lo que estaban viendo: todas las baldosas bañadas en una luz azulada que salía del piso junto a sombras grises que emanaban los mismos adoquines; las hermosas baldosas color crema que antes alfombraban el salón, apiladas y rotas a un costado de los sillones negros (ahora cubiertos de polvo); los muebles corridos y sucios, cubiertos de una luz negruzca que nadie lograba descifrar de dónde salía; Tito sentado en el medio del salón sacando más y más pedazos de baldosas, dejando más adoquines antiguos a la vista de toda la familia que miraba atónita la escena que se les presentaba. “Pero…” era lo único que podían decir frente a lo que veían. ¿Cómo había Tito sacado todo eso y qué eran esos adoquines? Martina finalmente dijo algo, que en un principio cayó mal a toda la familia: “Esto no puede ser solamente un piso, ¡acá hay algo más! Sigamos sacando, hasta de las paredes.”
Ante la mirada atónita y a la vez sorprendida de su familia, Martina comenzó a arrancar los papeles que cubrían las paredes, y la luz comenzó a refulgir aún más; una vez arrancados los papeles, siguió con las placas que conformaban las paredes, y la luz azulada brillaba cada vez más en aquel salón. No paró hasta dejar al descubierto una pared de madera antiquísima que emanaba una luz verdosa a todo el salón: la casa se había convertido en un set de filmación apropiado para Sleepy Hollow, sólo que era real. Y estaba en una casa del conurbano bonaerense. Martina miró a su familia, y se encontró con muchas miradas: algunas sorprendidas, otras tristes, otras decepcionadas, y una entusiasmada: su prima Tatiana fue la primera que habló y dijo “¡Debe haber más!” lo que hizo que las dos jóvenes salieran corriendo hacia el jardín.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Presentación

Hola persona que llegó al blog!
Antes que nada me presento, aunque no con mi nombre real porque no me gusta: me dicen Pikacha, tengo 21 años a la fecha, intenté estudiar un par de carreras pero ninguna me convence del todo. Amo la música, tengo toda una creencia en su poder e influencia; soy muy lectora desde chica, y creo que eso influenció muchísimo el hecho de que me guste escribir.

Creé esta página para publicar pequeñas historias que cada tanto se me da por escribir; si son muy largas las publicaré por partes, y sino toda en una sola entrada. Generalmente las historias me vienen en sueños o cosas por el estilo, así que seguramente sean bastante extrañas.
Espero que prospere este blog, porque eso significaría que ejercito mi creatividad, mal o bien no importa demasiado, pero escribo que es lo que me gusta hacer.
Ahora subo el primer cuento corto.

Gracias por pasar!
Pikacha