domingo, 9 de septiembre de 2012

Escondida (primera parte)


Nunca le había gustado esa parte de su familia, no sabía bien por qué; había algo en ellos que no le terminaba de cerrar. Así como la tradición lo marcaba, debía ir como mínimo una vez al año a visitarlos; no la pasaba del todo bien, pero pensaba “es sólo una tarde y después no necesito volver a verlos en un tiempo”.

Los González Iriarte eran una familia como cualquier otra que vivía en Zona Sur, más específicamente en las barrancas de Quilmes. Cuando el matrimonio se formó, el padre de la novia les regaló una casa en dicha zona y allí se establecieron. La vivienda tenía dos pisos, con muchas habitaciones (pensaban tener muchos hijos), un gran salón de estar, un comedor digno de recibir visitas distinguidas, un jardín de invierno debidamente acondicionado, y un jardín amplio con pileta al fondo, justo al lado de lo que denominaban “el cuartito de depósito” (un ambiente construido originalmente como habitación de huéspedes, y luego utilizada como baulera).
La familia estaba conformada por Marcos González, hombre de familia humilde y trabajadora, casado con Esther Iriarte, de linaje con renombre y grandes influencias en los negocios de la ciudad. De esta unión, habían nacido Marcos (hijo), el primogénito que se dedicó a los negocios del abuelo materno; Lucas, quien estaba terminando la carrera de Recursos Humanos; Marina, prometedora estudiante inicial de Administración; Tatiana, que había decidido rebelarse al mandato familiar y ser artista; y Delfina, la más pequeña de la familia, apenas terminando el secundario en el Dabate High School. A pesar de pertenecer a la comúnmente denominada “clase media acomodada”, Marcos (padre) jamás dejó que su familia olvidara de dónde venía, por lo que se esforzaba cada año más, para seguir en contacto con sus hermanos de la Capital.
Luciano y Gastón, hermanos menores de Marcos, vivían en la Capital Federal, donde tenían su trabajo, su familia, sus amigos; en fin, su vida. No se llevaban mal con su hermano mayor, pero siempre les había dado cierto recelo el ver todo lo que él tenía (y no le costaba conseguirlo) y ellos vivían con lo justo, esforzándose por no endeudarse todos los meses. Es por esto que una o dos veces por año, se juntaba en Quilmes toda la rama de la familia González a hacer un gran asado y pasar la tarde juntos. Y no la pasaban mal, excepto por Martina, que siempre sospechó que algo pasaba en esa casa.

Aquel domingo de junio, día frío si los hubo en ese año, decidieron juntarse los González a almorzar en la casa de Marcos. No habían podido asistir todos: Marcos (hijo) estaba de viaje por negocios, y Camila (la hija mayor de Gastón) debía trabajar; estas faltas eran normales, al ser tantas personas para combinar siempre había alguien que no podía asistir. Martina, la mayor de Luciano y Macarena, debió asistir, ya que no tenía ningún otro compromiso; anteriores veces había pedido a sus amigos que organizaran una salida para poder escapar de la visita a casa de sus tíos, pero en esta ocasión nadie podía y se vio obligada a visitar a su familia paterna.
A las dos de la tarde ya habían llegado todos a la casona de Quilmes, el asado estaba preparándose desde hacía algunas horas, y se sentaron a comer en la gran mesa armada especialmente en el jardín de invierno para que todos estuvieran cómodos. Así transcurrió buena parte de la tarde, poniéndose al día de todo lo que había sucedido desde el último encuentro: el segundo embarazo de la esposa de Marcos (hijo), el nuevo novio de Camila (claro que el hecho de que no estuviera presente, no la salvó de que se hablara de ella), la próxima muestra de Tatiana en un centro cultural de Acassusso, las malas notas de Julián (hermano menor de Martina) en el colegio; en fin, noticias que normalmente se escuchan en una charla familiar. Martina no quería, ni le interesaba, participar en esa conversación, por lo que se fue a una de las habitaciones a escuchar música en cuanto sintió que su deber como González estaba cumplido en la mesa.

Martina no era lo que se diría, una chica como las demás: interesada en el ocultismo y las leyendas tenebrosas, vivía encerrada en su habitación leyendo historias sobre su ciudad (especialmente lo relacionado a la Recoleta la fascinaba), escuchando música que en su familia llamaban “satánica”, pero que para ella tenía un significado más allá de las palabras “que cualquiera puede leer” como ella decía. Había terminado la escuela dos años atrás, y no tenía idea de lo que iba a hacer en el futuro: si bien le gustaba aprender, decía que estaba “en contra del sistema educativo actual: se aprende en la vida, no en un aula”, por lo que después de un intento en la Universidad, había dejado de lado el estudio formal para dedicarse a los temas que le interesaban realmente.
No se llevaba muy bien con su familia, nunca soportó que trataran de “diabólica” su música y sus libros preferidos, vivía con ellos por no tener otra opción. Pero con los González Iriarte la historia era diferente, cada vez que iba a su casa sentía un escalofrío y pensaba que esa casa ocultaba más de lo que se veía a simple vista. Sus tíos y primos eran lo que ella denominaba “chetos”, gente que más allá de ser de clase acomodada económicamente, se sentían de clase alta socialmente hablando. Y no lo soportaba. “Que Lucas juega rugby en el club ganador de la Copa más importante de la Provincia de este año”, “Que Delfina se federó en hockey en el secundario y tiene futuro de Leona”, “Que Tatiana vendió diez obras en su última muestra”; los veía ganadores y los pensaba perdedores.

Cuando a eso de las cinco de la tarde, Martina decide bajar al salón para estar cerca, pero a la vez lejos, de la mesa familiar, lo ve a Marcos (nieto de su tío (los González tenían la tradición de poner el nombre del padre al primogénito)) jugando en el piso, muy entretenido con las baldosas. Martina piensa que su pequeño primo, de cuatro años, puede abstraerse del mundo entreteniéndose con cualquier cosa y lo envidia. Se sienta en uno de los sillones negros del salón, con sus auriculares puestos, y lo ve jugar porque la tranquiliza y le da paz. De repente, ve a Tito (así le decía a Marcos nieto, para diferenciarlo de Marquitos y de Marcos, su primo y tío respectivamente) que saca una baldosa del piso: -Tito! Qué estás haciendo?!- le advierte a su primito. El nene la mira, le sonríe y sigue jugando. Martina no puede retarlo, le da tanto bienestar con solo verlo (no por nada la eligieron como su madrina) que no puede levantarle la voz para decirle que deje de hacerlo; por lo que va a buscar a Tatiana, que podía tener un espíritu libre pero sabía ponerse firme a la hora de poner orden. Ambas llegan al salón familiar y ven la mitad del piso salido: Tito de alguna manera había logrado sacar gran cantidad de baldosas, dejando al descubierto un empedrado que a primera vista parecía de la época colonial y resplandecía luz negra. Martina y su prima se quedan atónitas, ninguna de las dos puede creer lo que están viendo: ¡un empedrado callejero luminoso en el medio de su salón! ¿Cómo era posible? Inevitablemente, salieron corriendo hacia el jardín de invierno a buscar al resto de la familia. Martina volvió a sentir un escalofrío recorriendo su espalda, igual a lo que sentía cada vez que entraba a esa casona, y creyó que por primera vez iban a creerle que había algo extraño en esa casa; en cuanto vieran ese empedrado iban a comenzar a creerle.
“¡No saben lo que hizo Tito!,” “¡Hay piedras en el piso!,” “¡Hay otro piso antiguo!”… Sus palabras se entremezclaban unas con otras y ninguna de las dos lograba hilar dos frases coherentes para explicar lo que habían visto, y su familia no comprendía qué querían decir. “¿Esto es como los actos que armaban cuando eran chiquitas?” aventuró Esther. “¡Vengan y lo van a ver!” exclamaron Martina y Tatiana a la vez. Y así fueron todos.
Cuando la familia llegó al salón de la casa, nadie podía creer lo que estaban viendo: todas las baldosas bañadas en una luz azulada que salía del piso junto a sombras grises que emanaban los mismos adoquines; las hermosas baldosas color crema que antes alfombraban el salón, apiladas y rotas a un costado de los sillones negros (ahora cubiertos de polvo); los muebles corridos y sucios, cubiertos de una luz negruzca que nadie lograba descifrar de dónde salía; Tito sentado en el medio del salón sacando más y más pedazos de baldosas, dejando más adoquines antiguos a la vista de toda la familia que miraba atónita la escena que se les presentaba. “Pero…” era lo único que podían decir frente a lo que veían. ¿Cómo había Tito sacado todo eso y qué eran esos adoquines? Martina finalmente dijo algo, que en un principio cayó mal a toda la familia: “Esto no puede ser solamente un piso, ¡acá hay algo más! Sigamos sacando, hasta de las paredes.”
Ante la mirada atónita y a la vez sorprendida de su familia, Martina comenzó a arrancar los papeles que cubrían las paredes, y la luz comenzó a refulgir aún más; una vez arrancados los papeles, siguió con las placas que conformaban las paredes, y la luz azulada brillaba cada vez más en aquel salón. No paró hasta dejar al descubierto una pared de madera antiquísima que emanaba una luz verdosa a todo el salón: la casa se había convertido en un set de filmación apropiado para Sleepy Hollow, sólo que era real. Y estaba en una casa del conurbano bonaerense. Martina miró a su familia, y se encontró con muchas miradas: algunas sorprendidas, otras tristes, otras decepcionadas, y una entusiasmada: su prima Tatiana fue la primera que habló y dijo “¡Debe haber más!” lo que hizo que las dos jóvenes salieran corriendo hacia el jardín.

1 comentario:

  1. El suspenso creo que está muy bien manejado... Excelente la forma en que llevás el relato. Una crítica, creo que algunas palabras las repetís mucho. Releelo y fijate que hay frases que se pueden obviar...
    Te felicito Agus. Muy buen inicio!!!

    ResponderEliminar