lunes, 10 de septiembre de 2012

Escondida (segunda parte)


La casa no había sido construida desde cero, como la familia creía, sino que estaba hecha sobre la base de una antigua casa de campo de una familia adinerada en los tiempos en que la esclavitud era algo corriente. Había sido parcialmente demolida por el tiempo y el descuido al ser abandonada por sus moradores, pero algunas partes fundamentales habían permanecido casi intactas, y esto fue lo que el arquitecto de los Iriarte había utilizado para levantar la casa donde ahora estaba todo sucediendo. Era común en la familia Iriarte que el padre, al enterarse de un próximo casamiento de alguno de sus hijos, contratara un arquitecto para que construyera una vivienda, que luego sería regalada a la feliz pareja para que allí se estableciera; como siempre era un regalo sorpresa, el padre no hacía más que darle directivas al arquitecto sobre lo que quería, aprobar los planos, y encargarse de todos los gastos necesarios para que la vivienda estuviera lista a tiempo. Ese fue el error de Lautaro Iriarte, padre de Esther: no vigilar al arquitecto. Con Don Lautaro y el arquitecto muertos, el secreto del terreno había muerto con ellos.
Lo que Martina no sabía, y luego pudo saber gracias a Internet, es que el terreno  había pertenecido a una familia de empresarios agroganaderos del siglo diecinueve de la provincia de Buenos Aires. Los Álvarez Unzaga se habían establecido a orillas del Río para obtener un doble beneficio: por una parte, poder vigilar los barcos que llevaban y traían “sus negocios” desde y hasta el puerto de Quilmes, y, a la vez, poder encargarse de manejar la actividad agroganadera en toda la extensión de sus terrenos. A inicios del siglo veinte, la familia se vio obligada a abandonar esta vivienda (ya en esa época comenzó a sentirse una presencia inexplicable en la casa, al igual que sentía Martina cuando allí estaba, y no soportaban vivir sintiéndose extraños en su propia casa) que quedó a merced del tiempo y el olvido; olvido que dejó de ser tal cuando, algunas décadas atrás, comenzó a re-urbanizarse la zona y se empezaron a usar los cimientos de casas antiguas para realizar nuevas construcciones. El arquitecto no dejó pasar bases en tan buen estado como las de la ex residencia Álvarez Unzaga, y allí construyó para Don Lautaro Iriarte.

Martina fue la más entusiasmada, junto con su prima Tatiana, en comenzar a sacar todo lo que podía llegar a ocultar rastros del pasado: pintura saltada en las paredes del jardín de invierno, una baldosa mal colocada en el cuarto de depósito, la enredadera que crecía en la pared que separaba la casa de la vecina; todo lo que encontraba, lo arrancaba. Después de los primeros momentos de sorpresa general, el resto de los presentes se sumó a la destrucción de las paredes y pisos de la casa (todos salvo Esther, quien todavía no podía comprender cómo algo así podía estar pasando en su casa, y Marcos, que trataba de calmar a su alterada esposa). No pasó mucho tiempo hasta que hubieran descubierto lo que provocaba los escalofríos en Martina: el cuarto de depósito se había convertido en una nube de polvo y montañas de escombros apilados contra sus paredes, las paredes llenas de enredadera (ahora caída) se levantaban fuertes desde hacía más de un siglo y no habían sido demolidas, y los pisos del jardín, el depósito, y el salón estaban hechos de los adoquines más prolijamente lijados que se consiguieran al momento de la construcción de la casa. Los antiguos materiales emanaban una luz azulada, que se confundía con el polvo de la destrucción y generaba una escena escalofriante a los ojos de cualquiera. Esther debió irse, no podía soportar ver su casa convertida en ruinas coloniales como sólo había visto en alguno de sus viajes al Interior, Marcos fue con ella porque no podía ver a su esposa en tal estado de desesperación interna. Luciana alejó a su hijo Tito de la casa (ya suficiente había hecho por un día como para que además le cayera un pedazo de escombro encima). Tatiana se maravillaba de lo que ocultaba su propia casa, y Martina estaba como enloquecida arrancando pedazos de piso y paredes para no dejar un adoquín o ladrillo antiguo oculto.
El escenario final era un desastre: imágenes de ambientes de los más modernos que puedan existir se confundían con imágenes de un ambiente antiguo y descuidado; los sillones de playa del depósito apoyados al lado de un agujero del piso donde faltaban los adoquines y caía una sombra impenetrable que parecía no tener fin; la enredadera que hasta hacía poco subía fuerte por la pared estaba caída a lo largo de todo el jardín hecha una maraña de ramas; el salón de la casa se encontraba cubierto de una niebla de polvo blanquecino oscurecido por la luz que emanaban los adoquines. Y, en el medio de todo, una familia unida por el desastre y la excitación de algo que nunca imaginaron les podría ocurrir. Martina jamás pensó que podía unirse a la rama Iriarte, no como lo sintió en ese momento.

Claro que nada termina cuando todos dicen que termina. A la hora de la merienda, todos se tomaron un descanso, esperando volver al ruedo y seguir descubriendo cosas, aunque bien todos sabían que estaban demasiado cansados como para seguir rompiendo pisos. La única que no se dejó caer ante el té y las galletitas preparadas para la merienda fue Martina: si bien estaba cansada, había estudiado demasiado de ocultismo y hechos como éste como para dejar pasar la oportunidad de hacerse notar frente a su familia. Se llevó su taza de café y algo para comer al destrozado salón y comenzó a indagar en Internet sobre lo que pudo haber pasado en esa casa para descubrir más sobre lo que había encontrado. Encontró la historia del puerto de Quilmes y las familias adineradas que se asentaban cerca del río por las tierras altas. Encontró la historia de los Álvarez Unzaga en el blog de uno de sus actuales miembros (un tal Mariano, que había decidido investigar sobre su genealogía y antepasados para saber de dónde venía, y había publicado los resultados en su página personal). Encontró el negocio de los arquitectos que construían sobre bases de casas coloniales para ahorrar en materiales y llevarse una porción mayor de dinero. Encontró tantas cosas que no le alcanzó el tiempo del té familiar para abarcarlas todas. Entre tantos datos interesantes sobre esa casa, también encontró cosas escalofriantes: Joaquín Ezequiel Álvarez Unzaga había asesinado a la mitad de su población esclava, sólo porque su padre, Don Horacio, le había negado una parte del terreno que por herencia le correspondía. Primero los había encerrado en lo que Martina conocía como el “cuartito de depósito”, y luego terminó matándolos a sangre fría con la misma escopeta que su padre utilizaba para cazar en el campo. Cuando Don Horacio descubrió lo que su hijo había hecho, lo primero que hizo fue deshacerse de los cuerpos de los esclavos ocultándolos en un agujero en el piso del cuarto donde habían sido asesinados (a Martina le pareció unas de las crueldades más extremas que hubiese leído sobre la vida real, pero luego recordó que en aquellos tiempos era normal utilizar a los esclavos como chantaje, o simplemente objetos, para conseguir algo, en este caso un terreno).
Así como le pareció cruel, también encontró este dato interesantísimo como para comenzar una “investigación de campo”, como había aprendido en Metodología. Sin decir nada a su familia, pues volverían a tildarla de “satánica” como ya había sucedido antes, Martina se encaminó hasta el hoyo en el piso del desván y se quedó mirando hacia esa oscuridad, más negra que una noche sin luna en un cerro alejado de la civilización; simplemente mirando y haciéndose millones de preguntas para sí misma. Finalmente, Tatiana, su compañera más fiel en ese día tan extraño, se le acercó y le preguntó qué estaba haciendo. Martina le contó todo lo que había descubierto en Internet, sobre todo la historia de los esclavos que Joaquín Álvarez Unzaga había asesinado, y Tatiana se quedó pensativa durante unos minutos. De mente libre como era, lo primero que se le ocurrió decir fue “¿Y sus almas? Encerrados así nunca habrán podido seguir su camino.” Inmediatamente, a Martina le cerró todo el asunto: ¡pero claro! Ese hoyo en el piso no estaba hecho al azar. Si Don Horacio lo había hecho para enterrar los cuerpos de los esclavos, podría haberlo tapado para que nada se supiese y, si aún así no lo hizo, podría ser porque sentía que aún estaban los esclavos ahí y tenía la esperanza de que alguno de ellos siguiera vivo y pudiera salir de ese hoyo oscuro.

Martina y Tatiana se precipitaron a la casa, pero estaban todos demasiado relajados como para atormentarlos con historias de fantasmas: Esther había vuelto a la residencia y todos trataban de calmarla, mientras hablaban de cosas que no tenían que ver con los sucesos ocurridos aquel domingo de Junio. Decidieron cerrar el asunto por ellas mismas; después de todo, eran sólo ellas las que conocían la historia de los esclavos y sentían que debían liberarlos de su tumba terrenal.
Echaron tierra sobre el hoyo, dijeron unas palabras espirituales (ninguna de las dos era practicante de ninguna religión, pero ambas creían en la “after-life”, o vida después de la muerte), y se alejaron del desván. Martina afirma que, cuando se disponía a dejar la habitación junto a su prima, vio salir una nube blanquecina desde el hoyo, la cual llegó a ser una bruma que cubrió por completo el cuartito de depósito, iluminada con la misma luz negro-azulada que cubría los primeros adoquines que descubrieron en el salón, y luego desapareció. Tatiana había salido del depósito sin mirar atrás y no pudo ver nada de lo que su prima relató. Ambas, a su propio modo y manera, sentían que habían hecho lo correcto y que las almas, o la forma de vida no terrenal, de los esclavos, habían finalmente encontrado su camino hacia la libertad.

A partir de ese día, la familia quedó más unida de lo que había estado en muchos años.
A partir de ese día, Martina no sintió más escalofríos al entrar a la casa de sus tíos.

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