martes, 9 de octubre de 2012

Ensoñación

Karina se despertó sobresaltada, había tenido un sueño que, aunque no recordara de qué se trataba, la dejó nerviosa. No quería abrir los ojos, no sabía con lo que se iba a encontrar. Quizás viera su reloj de pared, quizás viera algo que no quería ver; ya había pasado por esa situación, y no siempre tuvo un final feliz.

Primero abrió un ojo, todavía estaba medio pegado el párpado de arriba al de abajo: oscuridad. Luego, despacio, abrió el otro ojo: más oscuridad. Hasta que se le acostumbró la vista al ambiente, no vio nada; luego empezó a reconocer lo que tenía a su alrededor: el reloj, las fotos, su peluche que abrazaba desde que se había acostado. Pensó, “qué tonta, no tengo razones para tener miedo, no pasa nada… ¿No pasa nada?”. Miró hacia la pared y no vio nada extraño; se tranquilizó un poco. Miró hacia arriba y entendió la razón de sus miedos: una rana del tamaño de un libro estaba saltando y moviéndose por el techo. “¡No es real, no es real, no es real!” se gritaba a sí misma Karina, pero le costaba creerse. Se dio vuelta y abrazó a su peluche. “No es real, ¿no Mochi?”, le preguntó a su muñeco antes de cerrar con fuerza los ojos, esperando que al abrirlos la rana no estuviera más en su techo. Esperó un momento, juntó coraje, y se dio vuelta para mirar directamente hacia donde se encontraba la sombra de la rana: allí estaba, moviéndose igual que antes. La joven racionalizó la situación, recordando lo que había pasado cuando habían aparecido otras sombras en su techo, para intentar darle un final diferente a ésta. Miró fijamente a la rana, la rana la miró a ella, se bajó de su cama y corrió al baño. En los treinta segundos que estuvo sentada sobre el inodoro cerrado llegó a la conclusión de que “no puede haber una rana en mi techo, es una alucinación o algo por el estilo, igual que la música en medio de la noche, o el monstruo que había tomado el cuerpo de Madre. Si yo digo que no existe, no existe.”

Salió del baño, volvió a subir a su cama, agarró a Mochi y ambos miraron para arriba fijando la vista  en la rana mientras le sacaban la lengua riéndose en su cara. “No existís, no existís!” le decían a la sombra. Y lo que unos minutos atrás había sido una rana en el techo, pasó a ser simplemente la sombra de la mesa de luz que reflejaba el cargador del celular enchufado a la pared. Fue la primera vez que Karina resolvió una alucinación por sí sola, sin asustarse ni taparse hasta la cabeza con la sábana, abrazada a algún peluche. Le costó volver a dormirse, pero estaba tranquila: por primera vez, había evitado que una alucinación se sintiera real , y se sentía tan bien!

Epílogo:

Esa noche, entre el episodio de la rana y el momento en que volvió a dormir, Karina pensaba y pensaba y pensaba “algo tengo que hacer con esto, no puede quedar así”. No se le ocurría nada, y eso impedía que conciliara el sueño nuevamente. Finalmente, empezó a escribir una historia en su cabeza, y eso la ayudó a dormirse. A la mañana siguiente, prendió su computadora para concretar las ideas de la noche anterior. Esas ideas acaban de conformar la historia que, de esta manera, llega a su fin.

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