martes, 2 de octubre de 2012

Los Cantiones (segunda parte)

Antes que nada, perdón por la tardanza. Se me rompió la computadora y no podía subir nada. Hasta que no la arregle, no voy a poder escribir nada.


Allí, bajo las calles que formaban la Costanera de la Ciudad, se habían asentado un grupo de familias hacía mucho tiempo, que con el paso de los años fueron creciendo en número. Se trataba de gente marginada de la sociedad por sus creencias místicas y religiosas, basadas en todo lo opuesto a la civilización del momento: básicamente, proponían vivir sin tecnología. Claro que, para sobrevivir, necesitaban Tecnología, para intercambiarla en los Mercados por los bienes básicos para la supervivencia; y para conseguirla, asaltaban a los pocos viajeros que se atrevían a recorrer sus caminos. Eso mismo fue lo que sucedió con Natt y su familia.
La conductora conocía claramente las historias sobre ese lugar, sus leyendas hablaban de, además de los ya mencionados robos, rituales antiguos llevados a cabo en las mismas casas de Los Cantiones. Precisamente, tenían una Profecía Fundamental (de la que Natt no sabía que estaba a punto de formar parte): una familia que vendría del mundo exterior para marcarles el inicio de una nueva etapa. Debían ser cinco, dos hombres, dos mujeres, y un niño; que vendrían en un vehículo color rojo, pero no sería igual que los demás sino que pertenecería a otra era de la Tecnología, que en ese momento sería considerada “anticuada”. La mujer más joven del grupo, debería presentarse descalza, en señal de humildad, lo cual les daría a entender que es ella quién, mediante su ofrecimiento a la Entidad Superior, marcaría el inicio del resurgimiento de Los Cantiones ante la sociedad y la reivindicación de sus creencias.
Natt no sabía de dónde salían esas historias, simplemente las creía, al igual que otras tantas leyendas urbanas que circulaban por la Ciudad.

La oscuridad los rodeaba, lo único iluminado en aquel solitario lugar era la pared que reflejaba la luz blanca de los faros del monovolumen y los escombros que los rodeaban. El miedo se apoderó de los ocupantes del vehículo, hasta Miki con su corta edad podía darse cuenta de que no era una situación agradable y se quedó callado mirando a su familia. La conductora se puso nerviosa, no podía entender cómo se había equivocado en aquellos pasadizos bajo tierra que tantas veces había recorrido! Los demás la miraron, hasta que reaccionó:
“¡Cálcense todos y bajen! ¡Ahora!”
El nerviosismo aumentó dentro de la camioneta, pero todos hicieron lo que Natt dijo (era costumbre sacarse los zapatos luego de entrar a un vehículo, ya que el calzado podía arruinar el interior del mismo). Luna tuvo algunos problemas para encontrar sus zapatillas, y cuando todos los demás ya estaban afuera, su prima le gritó “¡Ponete lo que encuentres, pero calzate y bajá ya!”. Así fue que encontró un par de ojotas viejas bajo el asiento y se apeó del vehículo para encontrarse con un panorama que no se esperaba: desde detrás del monovolumen habían aparecido luces en el techo del túnel, y un grupo de personas venía caminando hacia ellos. Natalie sabía que esto podía pasar, simplemente deseaba que no fuera como en las historias que había escuchado; deseaba que les sacaran lo que quisieran, hasta la camioneta si era necesario, y los dejaran ir sin hacerles nada más. Las historias de la gente de Los Cantiones eran, hasta donde ella sabía, sólo leyendas urbanas iniciadas por el Gobierno para desalentar el tránsito por aquellos túneles abandonados.
Las personas se acercaron hacia ellos y así pudieron verlos claramente: vestidos con atuendos dignos del siglo diecinueve, la piel oscura y gestos rudos pero amables, y educación digna de la aristocracia antigua. Saludaron con un apretón de manos a todos y cada uno de los ocupantes del vehículo, ahora parados en círculo rodeando el monovolumen. A continuación, hicieron lo que las historias que había oído Natt contaban: les sacaron todas sus pertenencias, revisaron el interior de la camioneta, sentaron a Lucci en el asiento delantero y lo custodiaron hasta que no encontraron nada más. Afuera, habían tomado por los brazos a Luna y le exigían que les entregara su Tecnología (así llamaban a todo aparato electrónico que pudieran tener). Ella, asustada, les respondía que no tenía nada porque le habían robado hacía dos semanas.
“¡Mentirosa! ¡Danos tu Tecnología!” gritaban los Buscadores (aquellos encargados de saquear el vehículo y recolectar la Tecnología).
“¡No tengo nada! De verdad, ¡pregúntenle a mi padre si no me creen!” respondía la muchacha, nerviosa al saber que, más allá de que le hubieran arrebatado su Comunicador unas semanas atrás, su Reproductor de Medios seguía bajo el asiento de la camioneta. Esperaba que le creyeran y pudieran huir, y así conservar su Reproductor.
“¡¿Dónde está el Comunicador de la chica?!” indagaron los Buscadores a Lucci.
“No tiene, se lo robaron hace catorce o quince días” respondió Lucci, bañado en lágrimas, aterrorizado de que pudieran hacerle algo a su hija.

A partir de ese momento, todo cambió: los Buscadores dejaron en paz a Luna y su familia, permitieron a Lucci bajar de la camioneta, y dejaron de palpar a Zeke y Natt en busca de Tecnología escondida entre sus ropas. La actitud se tornó afable, y les indicaron el camino a seguir a partir de allí: ahora que el lugar se encontraba iluminado, se pudo apreciar que no se encontraban en un dead end como creían, sino que un amplio pasillo se extendía a la izquierda de donde ellos se encontraban. Ya nadie sujetaba a nadie, aunque tampoco dejaban que Luna y su familia se fueran.
Doblaron por el pasillo, de techo altísimo y paredes pintadas de inmaculado blanco que contrastaban contra los escombros que cubrían el camino que habían recorrido con la camioneta, y así caminaron un trecho. Dejando el vehículo atrás, Luna se dio cuenta que no volvería a ver su Reproductor, y se entristeció por un momento en medio de los nervios de la situación. La familia fue conducida por el grupo de personas hacia un lugar abierto, que sólo podía ser descripto comparándolo con un patio antiguo, de esos que hablaban los libros de historia con baldosas formando un diseño, bancos de hierro frente a los canteros cubiertos de plantas semi-muertas y un gran pozo de agua en el medio. Al mirar hacia arriba, lo único que se veía era un cielo color plomizo y nubes oscuras siendo arrastradas por el viento.
La familia fue conducida al interior de la casa contigua al patio, bañada en una luz amarilla que parecía provenir de velas. Fueron entrando, uno a uno, a la habitación más lejana al pozo de agua; todos excepto Luna. “Esperá acá”, le había dicho una de las mujeres del grupo, frenando su marcha. Luna se quedó en el umbral de la habitación, esperando a que la fuesen a buscar. Pasados unos minutos, la misma mujer que la detuvo, la hizo pasar a la habitación donde estaban los demás: era un comedor parecido al de las Iglesias de la Ciudad Capital, solo que éste tenía un ambiente ritual que las Iglesias no tenían. No había ningún objeto específico que denotara ritualidad (como sucedía en las Iglesias) sino una atmósfera que daba esa sensación.

Luna fue dirigida al único espacio libre en una gran mesa cuadrada, situada en el centro de la habitación. A su alrededor, se encontraban muchas más personas de Los Cantiones, escudriñando todos y cada uno de sus movimientos. A su derecha, detrás de una baranda de lo que parecía mármol blanco, estaba su familia sentada, también observándola. Frente a ella, encima del mantel blanco que cubría a la mesa, Luna pudo ver dos platos con una cuchara a un costado: uno con arroz y otro con una sopa de alguna sustancia amarillenta, parecida al alimento que le dan a los bebés antes de que puedan comer sólidos. Miró a su alrededor, y lo único que se le ocurrió hacer fue agarrar la cuchara y comenzar a comer. La mujer que la condujo desde el patio hasta su asiento la miró enojada, le golpeó la mano, y le espetó en un susurro “¡no podés comer!”, antes de que el bocado cumpliese su trayectoria a la boca de Luna.
Miró al resto de los comensales, quienes habían inclinado la cabeza en señal de respeto y comenzaron a rezar una antigua oración de agradecimiento. Luna, quien solamente recordaba partes de esta oración aprendida en la escuela, hizo la mímica labial del rezo para contentar a sus captores, “Quizás si hago lo que ellos, me dejen ir pronto”. Terminada la oración, la mujer le indicó que ahora sí podía comenzar a comer, de modo que Luna volvió a tomar la cuchara y la hundió en el plato de arroz. Mientras engullía lo que tenía enfrente, comenzó a observar detenidamente a sus compañeros de mesa: la mujer sentada a su lado (la misma que le daba las órdenes) vestía una túnica blanca, que a la amarillenta luz de la habitación parecía beige y un tocado del mismo color, tapando su cabello; a su derecha había un hombre vestido de traje, con camisa blanca y pantalón y saco grises, quien comía de un solo plato; el resto de los comensales también tenían un solo plato cada uno, acompañado de una copa, y vestían todos básicamente igual que los dos que ella tenía a sus costados. Su familia se encontraba sentada detrás de esa baranda blanca junto a más personas, comiendo algo que no llegaba a ver, con la cabeza baja en señal de sumisión a sus captores.
Luna comenzó a recordar las historias que alguna vez Natt le había contado de pequeña para asustarla, acerca de la gente de Los Cantiones: una sociedad que existía fuera de los límites de la urbanización conocida, atrasada tecnológica y filosóficamente, excluidos de la vida en la ciudad, que vivían escondidos llevando a cabo extrañas y antiguas costumbres. En sus cuentos, había desapariciones, sacrificios, robos, torturas, y otras cosas que no llegaba a recordar. Simplemente deseó no ser parte de ninguna de esas leyendas. Mientras repasaba estas historias en su mente, seguía comiendo, hasta que un grito la devolvió a la realidad: “¡Suficiente!” le espetó la mujer a su lado. Le quitó los platos, en los que apenas quedaban unos granos de arroz y una mancha de la sopa amarillenta. Luna soltó la cuchara inmediatamente, y los comensales le sonrieron. “Listo, ya se quedaron con nuestras cosas, dejamos que nos trajeran hasta acá, y ahora ya comimos, ahora libérennos!” deseaba internamente la muchacha.
Luego de pasear la vista nuevamente por el salón donde se encontraba, se dio cuenta de que se llevaban a su familia. El único que dio un poco de pelea fue el pequeño Miki, quien todavía no había escuchado las historias de su madre acerca de la gente de Los Cantiones y sus extrañas prácticas; el resto caminaba sumisamente junto a sus captores, mientras Luna lo único que podía hacer era verlos marchar hasta desaparecer tras un recodo el patio del pozo.

De pronto, todo le encajó a Luna. Las historias eran ciertas: la gente de las historias de Los Cantiones existía y eran sus captores, las desapariciones eran reales y su familia iban a ser las nuevas víctimas, los robos obviamente también. Y ella era el sacrificio principal de esa cena ritual.

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