lunes, 12 de noviembre de 2012

Ava

Era tan bella, tan perfecta en su enfermedad, nunca había pintado nada que se pareciera a ella, la hija del Conde Urmann. Su cabello, rubio y largo, caía sobre sus hombros cuando estaba levantada, y si no, le rodeaba la cabeza como un halo de luz celestial cuando estaba recostada sobre su cama; en su corta altura se encontraba la armonía de los miembros, como si su cuerpo hubiera sido diseñado por el mismísimo Leonardo; su cara parecía pintada por artistas dignos de la Iglesia, y sus ropas le daban el toque final para resaltar su belleza de aristocracia y, a la vez, mostrarla humilde como las campesinas que vivían en los alrededores de su castillo. Claro que en su oficio de pintor, todas estas cualidades debía observarlas, medirlas, y entenderlas para luego poder reproducirlas, pero esa muchacha pasaba de lo que él normalmente acostumbraba a retratar.

Ava Urmann, de cuna aristocrática, siempre había sido una niña curiosa, con ganas de conocer el mundo más allá de las murallas que rodeaban los terrenos de su castillo. Sus padres habían elegido ese nombre, que significaba literalmente “ave”, sin saber que libre cómo los pájaros sería el alma de su hija. Pero fue, justamente, sus ansias de aventuras lo que la llevó a pasar la última parte de su vida en el interior de su residencia. A la edad de quince años, mientras sus padres pensaban en un candidato adecuado para formarle un matrimonio estable y socialmente conveniente, la joven decidió hacer su cuento de hadas realidad, pasarlo de los libros de su biblioteca a su vida real. Con la ayuda de su dama de compañía y mejor amiga Beth, lograron convencer al vigía de una de las torres de dejarlas salir unas horas para visitar el pueblo más cercano. Con ropas robadas de la lavandería de sus criadas, Ava y Beth se escaparon a medio día para conocer el mundo real, ya que la hija del conde debía estar de vuelta al atardecer para cumplir con sus tareas protocolares. Pasearon por el mercado, y las calles atestadas de gente que no tenía idea de quién estaba pasando a su lado, ya que la pequeña condesa decidió tapar su cabeza para no ser reconocida ni en la ciudad ni en sus propios terrenos al irse o volver de su pequeña aventura.
Unas semanas después de la escapada de Ava, el retratista familiar comenzó a notar que la piel de la muchacha había palidecido mucho en el último tiempo, pero aún así decidió continuar con el trabajo para el que había sido contratado. El boceto estaba listo, el retrato familiar llevaría algunas semanas más de trabajo y estaría listo. A medida que la joven palidecía, el pintor la veía cada vez menos: ocasionalmente aparecía para mostrarle algún detalle de su vestido o nimiedades como esa, pero se mostraba en público cada vez menos; el artista manejaba la hipótesis de un embarazo del muchacho que la frecuentaba, aquel que se decía que sería el afortunado de casarse con ella, pero no pudo confirmar su hipótesis hasta aproximadamente un mes después.
El conde Urmann, preocupado por su hija y su creciente palidez y debilidad, llamó a los mejores médicos del momento, quienes, para alguien de semejante status social, acudieron de inmediato a su encuentro. Entre ellos, se encontraba el doctor Leopold Auenbrugger, reconocido médico austríaco de su época. Aunque todavía estaba en pañales, la teoría de Auenbrugger era que Ava se había contagiado de tuberculosis, comúnmente llamada la Peste Blanca por el color que tomaban quienes la padecían. Urmann no podía aceptar aquella teoría, dado que su hija jamás había tenido contacto con “la plebe”, de quienes pudiera haberse contagiado; además, Alexander (su prometido) era de una familia rica y sin antecedentes de enfermedades similares, por lo que tampoco él se la podía haber causado. Auenbrugger fue despedido por intentar manchar el buen nombre de la familia Urmann con su suposición de que Ava podía tener la enfermedad de los pobres, y en su lugar contrataron a Matthew Baillie. Para dolor de la familia Urmann, Baillie confirmó el diagnóstico de tuberculosis para la joven, y esta vez el conde no tuvo más remedio que enfrentar la realidad.

Franz, el retratista, logró terminar el retrato familiar en apenas cinco semanas. A excepción de la figura de Ava. La familia posaba para él religiosamente dos veces a la semana durante cuatro horas para que la pintura saliera perfecta, pero la menor de las hijas del conde Urmann raramente se presentaba con el resto de la familia. Finalmente, cuando Franz no pudo esperar más, le rogó al conde poder ver a Ava aunque sea una vez más, para poder finalizar su obra. Así fue que Franz fue conducido a las dependencias que pertenecían a la joven, para verla en su habitación, dado que, según pudo ver luego  con sus propios ojos, la muchacha no podía levantarse de su cama más que para realizar sus necesidades biológicas. Sin saberlo, Franz estaba presenciando las últimas horas de Ava en este mundo. Al llegar a la habitación, el panorama era desolador: la niña con alma de ave recostada en su lecho, con Alexander a su lado sosteniendo su mano a la derecha de su cama, Beth en una esquina presenciando la escena y conteniendo sus emociones, cumpliendo su papel de dama de compañía; Elizabeth (esposa del Conde) parada en la cabecera de la cama, mirándola desde arriba como queriendo protegerla con su mirada, y en conde situado al lado de su esposa luego de acompañar al pintor hacia allí. Finalmente, el doctor Baillie se acercó a Franz para susurrarle “Ava no está en su mejor estado hoy, le pido por favor que sea breve en su labor y luego se retire de la habitación”,  lo que Franz aceptó con total respeto.
Luego de una hora en la que el retratista observara lo que necesitaba de Ava, Franz se disponía a retirarse del recinto, cuando escuchó la débil pero clara voz de la joven. Al sentir su voz, el pintor se dio vuelta y se dispuso a escuchar lo que ella tenía para decir: si bien no sentía ningún tipo de atracción hacia ella, de alguna manera lograba hechizarlo para que detuviera lo que estuviese haciendo y disponerse a escuchar lo que tenía que decir. Ava apenas levantó su cuerpo, acercó su boca al oído de su prometido, y le susurró, “Siempre estaré contigo, seré el ancla para tu pena. No hay final para lo que haría por ti, porque te amo hasta la muerte.” Alexander la miró, con sus ojos inundados de lágrimas que se negaban a correr, y le contestó, “¿Qué es el mañana sin ti? ¿Es éste nuestro último adiós?” Ava levantó los ojos hacia sus padres, luego miró con ternura a Beth, y finalmente clavando su mirada de ángel en Alexander, dijo sus últimas palabras, “Te amo hasta la muerte.” Allí, en ese momento, se convirtió en el ángel que Franz siempre había visto en ella, y comenzó a volar haciéndole honor a su nombre.


Gracias a Kamelot, por su tema Love You To Death, me vino la inspiración para escribir esto. Hermoso tema, esta historia es simplemente la versión escrita de lo que ellos cantan, feel free to listen to it :)

martes, 9 de octubre de 2012

Ensoñación

Karina se despertó sobresaltada, había tenido un sueño que, aunque no recordara de qué se trataba, la dejó nerviosa. No quería abrir los ojos, no sabía con lo que se iba a encontrar. Quizás viera su reloj de pared, quizás viera algo que no quería ver; ya había pasado por esa situación, y no siempre tuvo un final feliz.

Primero abrió un ojo, todavía estaba medio pegado el párpado de arriba al de abajo: oscuridad. Luego, despacio, abrió el otro ojo: más oscuridad. Hasta que se le acostumbró la vista al ambiente, no vio nada; luego empezó a reconocer lo que tenía a su alrededor: el reloj, las fotos, su peluche que abrazaba desde que se había acostado. Pensó, “qué tonta, no tengo razones para tener miedo, no pasa nada… ¿No pasa nada?”. Miró hacia la pared y no vio nada extraño; se tranquilizó un poco. Miró hacia arriba y entendió la razón de sus miedos: una rana del tamaño de un libro estaba saltando y moviéndose por el techo. “¡No es real, no es real, no es real!” se gritaba a sí misma Karina, pero le costaba creerse. Se dio vuelta y abrazó a su peluche. “No es real, ¿no Mochi?”, le preguntó a su muñeco antes de cerrar con fuerza los ojos, esperando que al abrirlos la rana no estuviera más en su techo. Esperó un momento, juntó coraje, y se dio vuelta para mirar directamente hacia donde se encontraba la sombra de la rana: allí estaba, moviéndose igual que antes. La joven racionalizó la situación, recordando lo que había pasado cuando habían aparecido otras sombras en su techo, para intentar darle un final diferente a ésta. Miró fijamente a la rana, la rana la miró a ella, se bajó de su cama y corrió al baño. En los treinta segundos que estuvo sentada sobre el inodoro cerrado llegó a la conclusión de que “no puede haber una rana en mi techo, es una alucinación o algo por el estilo, igual que la música en medio de la noche, o el monstruo que había tomado el cuerpo de Madre. Si yo digo que no existe, no existe.”

Salió del baño, volvió a subir a su cama, agarró a Mochi y ambos miraron para arriba fijando la vista  en la rana mientras le sacaban la lengua riéndose en su cara. “No existís, no existís!” le decían a la sombra. Y lo que unos minutos atrás había sido una rana en el techo, pasó a ser simplemente la sombra de la mesa de luz que reflejaba el cargador del celular enchufado a la pared. Fue la primera vez que Karina resolvió una alucinación por sí sola, sin asustarse ni taparse hasta la cabeza con la sábana, abrazada a algún peluche. Le costó volver a dormirse, pero estaba tranquila: por primera vez, había evitado que una alucinación se sintiera real , y se sentía tan bien!

Epílogo:

Esa noche, entre el episodio de la rana y el momento en que volvió a dormir, Karina pensaba y pensaba y pensaba “algo tengo que hacer con esto, no puede quedar así”. No se le ocurría nada, y eso impedía que conciliara el sueño nuevamente. Finalmente, empezó a escribir una historia en su cabeza, y eso la ayudó a dormirse. A la mañana siguiente, prendió su computadora para concretar las ideas de la noche anterior. Esas ideas acaban de conformar la historia que, de esta manera, llega a su fin.

martes, 2 de octubre de 2012

Los Cantiones (segunda parte)

Antes que nada, perdón por la tardanza. Se me rompió la computadora y no podía subir nada. Hasta que no la arregle, no voy a poder escribir nada.


Allí, bajo las calles que formaban la Costanera de la Ciudad, se habían asentado un grupo de familias hacía mucho tiempo, que con el paso de los años fueron creciendo en número. Se trataba de gente marginada de la sociedad por sus creencias místicas y religiosas, basadas en todo lo opuesto a la civilización del momento: básicamente, proponían vivir sin tecnología. Claro que, para sobrevivir, necesitaban Tecnología, para intercambiarla en los Mercados por los bienes básicos para la supervivencia; y para conseguirla, asaltaban a los pocos viajeros que se atrevían a recorrer sus caminos. Eso mismo fue lo que sucedió con Natt y su familia.
La conductora conocía claramente las historias sobre ese lugar, sus leyendas hablaban de, además de los ya mencionados robos, rituales antiguos llevados a cabo en las mismas casas de Los Cantiones. Precisamente, tenían una Profecía Fundamental (de la que Natt no sabía que estaba a punto de formar parte): una familia que vendría del mundo exterior para marcarles el inicio de una nueva etapa. Debían ser cinco, dos hombres, dos mujeres, y un niño; que vendrían en un vehículo color rojo, pero no sería igual que los demás sino que pertenecería a otra era de la Tecnología, que en ese momento sería considerada “anticuada”. La mujer más joven del grupo, debería presentarse descalza, en señal de humildad, lo cual les daría a entender que es ella quién, mediante su ofrecimiento a la Entidad Superior, marcaría el inicio del resurgimiento de Los Cantiones ante la sociedad y la reivindicación de sus creencias.
Natt no sabía de dónde salían esas historias, simplemente las creía, al igual que otras tantas leyendas urbanas que circulaban por la Ciudad.

La oscuridad los rodeaba, lo único iluminado en aquel solitario lugar era la pared que reflejaba la luz blanca de los faros del monovolumen y los escombros que los rodeaban. El miedo se apoderó de los ocupantes del vehículo, hasta Miki con su corta edad podía darse cuenta de que no era una situación agradable y se quedó callado mirando a su familia. La conductora se puso nerviosa, no podía entender cómo se había equivocado en aquellos pasadizos bajo tierra que tantas veces había recorrido! Los demás la miraron, hasta que reaccionó:
“¡Cálcense todos y bajen! ¡Ahora!”
El nerviosismo aumentó dentro de la camioneta, pero todos hicieron lo que Natt dijo (era costumbre sacarse los zapatos luego de entrar a un vehículo, ya que el calzado podía arruinar el interior del mismo). Luna tuvo algunos problemas para encontrar sus zapatillas, y cuando todos los demás ya estaban afuera, su prima le gritó “¡Ponete lo que encuentres, pero calzate y bajá ya!”. Así fue que encontró un par de ojotas viejas bajo el asiento y se apeó del vehículo para encontrarse con un panorama que no se esperaba: desde detrás del monovolumen habían aparecido luces en el techo del túnel, y un grupo de personas venía caminando hacia ellos. Natalie sabía que esto podía pasar, simplemente deseaba que no fuera como en las historias que había escuchado; deseaba que les sacaran lo que quisieran, hasta la camioneta si era necesario, y los dejaran ir sin hacerles nada más. Las historias de la gente de Los Cantiones eran, hasta donde ella sabía, sólo leyendas urbanas iniciadas por el Gobierno para desalentar el tránsito por aquellos túneles abandonados.
Las personas se acercaron hacia ellos y así pudieron verlos claramente: vestidos con atuendos dignos del siglo diecinueve, la piel oscura y gestos rudos pero amables, y educación digna de la aristocracia antigua. Saludaron con un apretón de manos a todos y cada uno de los ocupantes del vehículo, ahora parados en círculo rodeando el monovolumen. A continuación, hicieron lo que las historias que había oído Natt contaban: les sacaron todas sus pertenencias, revisaron el interior de la camioneta, sentaron a Lucci en el asiento delantero y lo custodiaron hasta que no encontraron nada más. Afuera, habían tomado por los brazos a Luna y le exigían que les entregara su Tecnología (así llamaban a todo aparato electrónico que pudieran tener). Ella, asustada, les respondía que no tenía nada porque le habían robado hacía dos semanas.
“¡Mentirosa! ¡Danos tu Tecnología!” gritaban los Buscadores (aquellos encargados de saquear el vehículo y recolectar la Tecnología).
“¡No tengo nada! De verdad, ¡pregúntenle a mi padre si no me creen!” respondía la muchacha, nerviosa al saber que, más allá de que le hubieran arrebatado su Comunicador unas semanas atrás, su Reproductor de Medios seguía bajo el asiento de la camioneta. Esperaba que le creyeran y pudieran huir, y así conservar su Reproductor.
“¡¿Dónde está el Comunicador de la chica?!” indagaron los Buscadores a Lucci.
“No tiene, se lo robaron hace catorce o quince días” respondió Lucci, bañado en lágrimas, aterrorizado de que pudieran hacerle algo a su hija.

A partir de ese momento, todo cambió: los Buscadores dejaron en paz a Luna y su familia, permitieron a Lucci bajar de la camioneta, y dejaron de palpar a Zeke y Natt en busca de Tecnología escondida entre sus ropas. La actitud se tornó afable, y les indicaron el camino a seguir a partir de allí: ahora que el lugar se encontraba iluminado, se pudo apreciar que no se encontraban en un dead end como creían, sino que un amplio pasillo se extendía a la izquierda de donde ellos se encontraban. Ya nadie sujetaba a nadie, aunque tampoco dejaban que Luna y su familia se fueran.
Doblaron por el pasillo, de techo altísimo y paredes pintadas de inmaculado blanco que contrastaban contra los escombros que cubrían el camino que habían recorrido con la camioneta, y así caminaron un trecho. Dejando el vehículo atrás, Luna se dio cuenta que no volvería a ver su Reproductor, y se entristeció por un momento en medio de los nervios de la situación. La familia fue conducida por el grupo de personas hacia un lugar abierto, que sólo podía ser descripto comparándolo con un patio antiguo, de esos que hablaban los libros de historia con baldosas formando un diseño, bancos de hierro frente a los canteros cubiertos de plantas semi-muertas y un gran pozo de agua en el medio. Al mirar hacia arriba, lo único que se veía era un cielo color plomizo y nubes oscuras siendo arrastradas por el viento.
La familia fue conducida al interior de la casa contigua al patio, bañada en una luz amarilla que parecía provenir de velas. Fueron entrando, uno a uno, a la habitación más lejana al pozo de agua; todos excepto Luna. “Esperá acá”, le había dicho una de las mujeres del grupo, frenando su marcha. Luna se quedó en el umbral de la habitación, esperando a que la fuesen a buscar. Pasados unos minutos, la misma mujer que la detuvo, la hizo pasar a la habitación donde estaban los demás: era un comedor parecido al de las Iglesias de la Ciudad Capital, solo que éste tenía un ambiente ritual que las Iglesias no tenían. No había ningún objeto específico que denotara ritualidad (como sucedía en las Iglesias) sino una atmósfera que daba esa sensación.

Luna fue dirigida al único espacio libre en una gran mesa cuadrada, situada en el centro de la habitación. A su alrededor, se encontraban muchas más personas de Los Cantiones, escudriñando todos y cada uno de sus movimientos. A su derecha, detrás de una baranda de lo que parecía mármol blanco, estaba su familia sentada, también observándola. Frente a ella, encima del mantel blanco que cubría a la mesa, Luna pudo ver dos platos con una cuchara a un costado: uno con arroz y otro con una sopa de alguna sustancia amarillenta, parecida al alimento que le dan a los bebés antes de que puedan comer sólidos. Miró a su alrededor, y lo único que se le ocurrió hacer fue agarrar la cuchara y comenzar a comer. La mujer que la condujo desde el patio hasta su asiento la miró enojada, le golpeó la mano, y le espetó en un susurro “¡no podés comer!”, antes de que el bocado cumpliese su trayectoria a la boca de Luna.
Miró al resto de los comensales, quienes habían inclinado la cabeza en señal de respeto y comenzaron a rezar una antigua oración de agradecimiento. Luna, quien solamente recordaba partes de esta oración aprendida en la escuela, hizo la mímica labial del rezo para contentar a sus captores, “Quizás si hago lo que ellos, me dejen ir pronto”. Terminada la oración, la mujer le indicó que ahora sí podía comenzar a comer, de modo que Luna volvió a tomar la cuchara y la hundió en el plato de arroz. Mientras engullía lo que tenía enfrente, comenzó a observar detenidamente a sus compañeros de mesa: la mujer sentada a su lado (la misma que le daba las órdenes) vestía una túnica blanca, que a la amarillenta luz de la habitación parecía beige y un tocado del mismo color, tapando su cabello; a su derecha había un hombre vestido de traje, con camisa blanca y pantalón y saco grises, quien comía de un solo plato; el resto de los comensales también tenían un solo plato cada uno, acompañado de una copa, y vestían todos básicamente igual que los dos que ella tenía a sus costados. Su familia se encontraba sentada detrás de esa baranda blanca junto a más personas, comiendo algo que no llegaba a ver, con la cabeza baja en señal de sumisión a sus captores.
Luna comenzó a recordar las historias que alguna vez Natt le había contado de pequeña para asustarla, acerca de la gente de Los Cantiones: una sociedad que existía fuera de los límites de la urbanización conocida, atrasada tecnológica y filosóficamente, excluidos de la vida en la ciudad, que vivían escondidos llevando a cabo extrañas y antiguas costumbres. En sus cuentos, había desapariciones, sacrificios, robos, torturas, y otras cosas que no llegaba a recordar. Simplemente deseó no ser parte de ninguna de esas leyendas. Mientras repasaba estas historias en su mente, seguía comiendo, hasta que un grito la devolvió a la realidad: “¡Suficiente!” le espetó la mujer a su lado. Le quitó los platos, en los que apenas quedaban unos granos de arroz y una mancha de la sopa amarillenta. Luna soltó la cuchara inmediatamente, y los comensales le sonrieron. “Listo, ya se quedaron con nuestras cosas, dejamos que nos trajeran hasta acá, y ahora ya comimos, ahora libérennos!” deseaba internamente la muchacha.
Luego de pasear la vista nuevamente por el salón donde se encontraba, se dio cuenta de que se llevaban a su familia. El único que dio un poco de pelea fue el pequeño Miki, quien todavía no había escuchado las historias de su madre acerca de la gente de Los Cantiones y sus extrañas prácticas; el resto caminaba sumisamente junto a sus captores, mientras Luna lo único que podía hacer era verlos marchar hasta desaparecer tras un recodo el patio del pozo.

De pronto, todo le encajó a Luna. Las historias eran ciertas: la gente de las historias de Los Cantiones existía y eran sus captores, las desapariciones eran reales y su familia iban a ser las nuevas víctimas, los robos obviamente también. Y ella era el sacrificio principal de esa cena ritual.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Los Cantiones (primera parte)


La mayoría de las personas tienen, cuando son chicos, un enamoramiento fugaz de algún primo o prima más grande. Este era el caso de Luna con Ezequiel, su primo lejano que solamente veía un par de veces al año pero que le bastaban para adorarlo. Claro que cuando fue creciendo, este crush se le fue pasando; aunque cada vez que lo veía iba a abrazarlo porque lo quería muchísimo. Así fue como se encontraron de casualidad en la Terminal General de Transportes de Ciudad Capital, y se saludaron con una mezcla de sorpresa y alegría.
“¡¿Zeke?!” exclamó sorprendida Luna al ver a su primo recostado sobre una de las barrancas que rodean la terminal. No podía creerlo, era prácticamente imposible encontrar a su primo allí, cuando él vivía a quinientos kilómetros de Ciudad Capital.
“¡Luna!” exclamó a su vez Ezequiel, esbozando una enorme sonrisa de ver a su (ya no tan) pequeña prima correr por la barranca.
Intercambiaron afectuosos saludos, y luego de esto comenzaron a ponerse al tanto de sus vidas mientras veían todo tipo de transportes llegar e irse de la Terminal: Luna había ido con su padre a despedir a su Madre que debía viajar por negocios, y Ezequiel estaba allí recién llegado esperando a que su hermana pasara a buscarlo para ir a la casa de ella, donde iba a quedarse las próximas dos semanas.

Así pasaron los siguientes minutos, sorprendiéndose ante el Tren Volador y recordando los tiempos en que los avenjentados Aviones a Turbina,  de los que ahora sólo se veían unos pocos en circulación, eran los únicos objetos que podían despegar del suelo para transportar pasajeros. De repente, Luciano, padre de Luna les gritó por encima de las barandas de la barranca, que Natalie estaba esperándolos con la camioneta sobre el camino para llevar a Zeke a casa. Lucci (apodo que había ganado Luciano cuando había comenzado a estudiar Italiano)  y Natt (primos a su vez), se habían encontrado también en la Terminal y decidieron compartir el regreso a casa.
Zeke y Luna subieron corriendo por la barranca hasta la carretera donde se encontraba el vehículo de Natt: una camioneta estilo antiguo, rojo encendido, lo que comúnmente denominaban “monovolumen” en la época de su fabricación. Adentro se encontraban Natt y su pequeño hijo Miki (Miguel, pero al niño no le gustaba que lo llamaran así). Luna se quedó unos momentos contemplando la carretera: hacía unos años nada más, hubiera estado llena de autos iguales al de su prima Natt, y ahora solamente había unos pocos deslizadores y algún que otro automóvil corriendo por ella.
“¿Qué hacés Lu? ¡Vení, dale, vamos a comer algo a lo de Natt antes de volver a casa!” la alentó su padre desde el asiento delantero de la camioneta, donde ya se había acomodado para el viaje. Luna subió rápidamente, dejando atrás sus pensamientos sobre tiempos anteriores aunque no tan remotos como parecían. Miki la recibió con una amplia sonrisa y una galletita para compartirle. Zeke, ya acomodado en el asiento trasero de la camioneta, se apretó un poco para que su prima pudiese sentarse con ellos.

El viaje fue tranquilo durante un tiempo, todos poniéndose al día y contando anécdotas, tal y como en cualquiera familia. De repente, Luna se dio cuenta de que no estaban recorriendo el camino habitual a casa de su prima; miró hacia los costados y el panorama la sorprendió: a ambos lados de la camioneta se veían paredes de ladrillo a la vista, lo que normalmente se veía en los barrios humildes que rodeaban los bordes de Ciudad Capital y jamás se había atrevido a visitar. Sin entender lo que estaba viendo, siguió inspeccionando el exterior que la rodeaba: el camino tenía un techo y paredes a ambos costados, Luna sentía que recorría un antiguo túnel de Monorriel abandonado y tomado por personas, aunque parecía como si sus moradores parecía hubieran abandonado el lugar hacía mucho tiempo, ya que había escombros por todas partes donde se mirara. Al ver la expresión de su prima, Miki también comenzó a mirar a través del vidrio y puso la misma cara de sorpresa que la muchacha.
“Natt, ¿dónde estamos?” preguntó Luna a la conductora. Y en ese momento, tanto Zeke como Lucci cortaron la charla que mantenían para mirar hacia afuera.
“Esto se llama Los Cantiones” respondió Natt, “y es un atajo para llegar a casa. De este camino, se sale directamente al río.”
“Ahora, te llegás a confundir de camino…”
“No me voy a confundir, yo sé lo que hago” contestó tajantemente su prima.
Viajaron unos minutos más, rebotando dentro de la cabina de la camioneta cuando el monovolumen pasaba por encima de piedras o vigas de los tantos escombros que cubrían el camino; hasta que de repente, Natt detuvo la marcha frente a una pared.
“¿Qué pasa prima?” inquirió Luna.
“No lo puedo creer. Me equivoqué. Esto es un dead end” (calle sin salida).

lunes, 10 de septiembre de 2012

Escondida (segunda parte)


La casa no había sido construida desde cero, como la familia creía, sino que estaba hecha sobre la base de una antigua casa de campo de una familia adinerada en los tiempos en que la esclavitud era algo corriente. Había sido parcialmente demolida por el tiempo y el descuido al ser abandonada por sus moradores, pero algunas partes fundamentales habían permanecido casi intactas, y esto fue lo que el arquitecto de los Iriarte había utilizado para levantar la casa donde ahora estaba todo sucediendo. Era común en la familia Iriarte que el padre, al enterarse de un próximo casamiento de alguno de sus hijos, contratara un arquitecto para que construyera una vivienda, que luego sería regalada a la feliz pareja para que allí se estableciera; como siempre era un regalo sorpresa, el padre no hacía más que darle directivas al arquitecto sobre lo que quería, aprobar los planos, y encargarse de todos los gastos necesarios para que la vivienda estuviera lista a tiempo. Ese fue el error de Lautaro Iriarte, padre de Esther: no vigilar al arquitecto. Con Don Lautaro y el arquitecto muertos, el secreto del terreno había muerto con ellos.
Lo que Martina no sabía, y luego pudo saber gracias a Internet, es que el terreno  había pertenecido a una familia de empresarios agroganaderos del siglo diecinueve de la provincia de Buenos Aires. Los Álvarez Unzaga se habían establecido a orillas del Río para obtener un doble beneficio: por una parte, poder vigilar los barcos que llevaban y traían “sus negocios” desde y hasta el puerto de Quilmes, y, a la vez, poder encargarse de manejar la actividad agroganadera en toda la extensión de sus terrenos. A inicios del siglo veinte, la familia se vio obligada a abandonar esta vivienda (ya en esa época comenzó a sentirse una presencia inexplicable en la casa, al igual que sentía Martina cuando allí estaba, y no soportaban vivir sintiéndose extraños en su propia casa) que quedó a merced del tiempo y el olvido; olvido que dejó de ser tal cuando, algunas décadas atrás, comenzó a re-urbanizarse la zona y se empezaron a usar los cimientos de casas antiguas para realizar nuevas construcciones. El arquitecto no dejó pasar bases en tan buen estado como las de la ex residencia Álvarez Unzaga, y allí construyó para Don Lautaro Iriarte.

Martina fue la más entusiasmada, junto con su prima Tatiana, en comenzar a sacar todo lo que podía llegar a ocultar rastros del pasado: pintura saltada en las paredes del jardín de invierno, una baldosa mal colocada en el cuarto de depósito, la enredadera que crecía en la pared que separaba la casa de la vecina; todo lo que encontraba, lo arrancaba. Después de los primeros momentos de sorpresa general, el resto de los presentes se sumó a la destrucción de las paredes y pisos de la casa (todos salvo Esther, quien todavía no podía comprender cómo algo así podía estar pasando en su casa, y Marcos, que trataba de calmar a su alterada esposa). No pasó mucho tiempo hasta que hubieran descubierto lo que provocaba los escalofríos en Martina: el cuarto de depósito se había convertido en una nube de polvo y montañas de escombros apilados contra sus paredes, las paredes llenas de enredadera (ahora caída) se levantaban fuertes desde hacía más de un siglo y no habían sido demolidas, y los pisos del jardín, el depósito, y el salón estaban hechos de los adoquines más prolijamente lijados que se consiguieran al momento de la construcción de la casa. Los antiguos materiales emanaban una luz azulada, que se confundía con el polvo de la destrucción y generaba una escena escalofriante a los ojos de cualquiera. Esther debió irse, no podía soportar ver su casa convertida en ruinas coloniales como sólo había visto en alguno de sus viajes al Interior, Marcos fue con ella porque no podía ver a su esposa en tal estado de desesperación interna. Luciana alejó a su hijo Tito de la casa (ya suficiente había hecho por un día como para que además le cayera un pedazo de escombro encima). Tatiana se maravillaba de lo que ocultaba su propia casa, y Martina estaba como enloquecida arrancando pedazos de piso y paredes para no dejar un adoquín o ladrillo antiguo oculto.
El escenario final era un desastre: imágenes de ambientes de los más modernos que puedan existir se confundían con imágenes de un ambiente antiguo y descuidado; los sillones de playa del depósito apoyados al lado de un agujero del piso donde faltaban los adoquines y caía una sombra impenetrable que parecía no tener fin; la enredadera que hasta hacía poco subía fuerte por la pared estaba caída a lo largo de todo el jardín hecha una maraña de ramas; el salón de la casa se encontraba cubierto de una niebla de polvo blanquecino oscurecido por la luz que emanaban los adoquines. Y, en el medio de todo, una familia unida por el desastre y la excitación de algo que nunca imaginaron les podría ocurrir. Martina jamás pensó que podía unirse a la rama Iriarte, no como lo sintió en ese momento.

Claro que nada termina cuando todos dicen que termina. A la hora de la merienda, todos se tomaron un descanso, esperando volver al ruedo y seguir descubriendo cosas, aunque bien todos sabían que estaban demasiado cansados como para seguir rompiendo pisos. La única que no se dejó caer ante el té y las galletitas preparadas para la merienda fue Martina: si bien estaba cansada, había estudiado demasiado de ocultismo y hechos como éste como para dejar pasar la oportunidad de hacerse notar frente a su familia. Se llevó su taza de café y algo para comer al destrozado salón y comenzó a indagar en Internet sobre lo que pudo haber pasado en esa casa para descubrir más sobre lo que había encontrado. Encontró la historia del puerto de Quilmes y las familias adineradas que se asentaban cerca del río por las tierras altas. Encontró la historia de los Álvarez Unzaga en el blog de uno de sus actuales miembros (un tal Mariano, que había decidido investigar sobre su genealogía y antepasados para saber de dónde venía, y había publicado los resultados en su página personal). Encontró el negocio de los arquitectos que construían sobre bases de casas coloniales para ahorrar en materiales y llevarse una porción mayor de dinero. Encontró tantas cosas que no le alcanzó el tiempo del té familiar para abarcarlas todas. Entre tantos datos interesantes sobre esa casa, también encontró cosas escalofriantes: Joaquín Ezequiel Álvarez Unzaga había asesinado a la mitad de su población esclava, sólo porque su padre, Don Horacio, le había negado una parte del terreno que por herencia le correspondía. Primero los había encerrado en lo que Martina conocía como el “cuartito de depósito”, y luego terminó matándolos a sangre fría con la misma escopeta que su padre utilizaba para cazar en el campo. Cuando Don Horacio descubrió lo que su hijo había hecho, lo primero que hizo fue deshacerse de los cuerpos de los esclavos ocultándolos en un agujero en el piso del cuarto donde habían sido asesinados (a Martina le pareció unas de las crueldades más extremas que hubiese leído sobre la vida real, pero luego recordó que en aquellos tiempos era normal utilizar a los esclavos como chantaje, o simplemente objetos, para conseguir algo, en este caso un terreno).
Así como le pareció cruel, también encontró este dato interesantísimo como para comenzar una “investigación de campo”, como había aprendido en Metodología. Sin decir nada a su familia, pues volverían a tildarla de “satánica” como ya había sucedido antes, Martina se encaminó hasta el hoyo en el piso del desván y se quedó mirando hacia esa oscuridad, más negra que una noche sin luna en un cerro alejado de la civilización; simplemente mirando y haciéndose millones de preguntas para sí misma. Finalmente, Tatiana, su compañera más fiel en ese día tan extraño, se le acercó y le preguntó qué estaba haciendo. Martina le contó todo lo que había descubierto en Internet, sobre todo la historia de los esclavos que Joaquín Álvarez Unzaga había asesinado, y Tatiana se quedó pensativa durante unos minutos. De mente libre como era, lo primero que se le ocurrió decir fue “¿Y sus almas? Encerrados así nunca habrán podido seguir su camino.” Inmediatamente, a Martina le cerró todo el asunto: ¡pero claro! Ese hoyo en el piso no estaba hecho al azar. Si Don Horacio lo había hecho para enterrar los cuerpos de los esclavos, podría haberlo tapado para que nada se supiese y, si aún así no lo hizo, podría ser porque sentía que aún estaban los esclavos ahí y tenía la esperanza de que alguno de ellos siguiera vivo y pudiera salir de ese hoyo oscuro.

Martina y Tatiana se precipitaron a la casa, pero estaban todos demasiado relajados como para atormentarlos con historias de fantasmas: Esther había vuelto a la residencia y todos trataban de calmarla, mientras hablaban de cosas que no tenían que ver con los sucesos ocurridos aquel domingo de Junio. Decidieron cerrar el asunto por ellas mismas; después de todo, eran sólo ellas las que conocían la historia de los esclavos y sentían que debían liberarlos de su tumba terrenal.
Echaron tierra sobre el hoyo, dijeron unas palabras espirituales (ninguna de las dos era practicante de ninguna religión, pero ambas creían en la “after-life”, o vida después de la muerte), y se alejaron del desván. Martina afirma que, cuando se disponía a dejar la habitación junto a su prima, vio salir una nube blanquecina desde el hoyo, la cual llegó a ser una bruma que cubrió por completo el cuartito de depósito, iluminada con la misma luz negro-azulada que cubría los primeros adoquines que descubrieron en el salón, y luego desapareció. Tatiana había salido del depósito sin mirar atrás y no pudo ver nada de lo que su prima relató. Ambas, a su propio modo y manera, sentían que habían hecho lo correcto y que las almas, o la forma de vida no terrenal, de los esclavos, habían finalmente encontrado su camino hacia la libertad.

A partir de ese día, la familia quedó más unida de lo que había estado en muchos años.
A partir de ese día, Martina no sintió más escalofríos al entrar a la casa de sus tíos.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Escondida (primera parte)


Nunca le había gustado esa parte de su familia, no sabía bien por qué; había algo en ellos que no le terminaba de cerrar. Así como la tradición lo marcaba, debía ir como mínimo una vez al año a visitarlos; no la pasaba del todo bien, pero pensaba “es sólo una tarde y después no necesito volver a verlos en un tiempo”.

Los González Iriarte eran una familia como cualquier otra que vivía en Zona Sur, más específicamente en las barrancas de Quilmes. Cuando el matrimonio se formó, el padre de la novia les regaló una casa en dicha zona y allí se establecieron. La vivienda tenía dos pisos, con muchas habitaciones (pensaban tener muchos hijos), un gran salón de estar, un comedor digno de recibir visitas distinguidas, un jardín de invierno debidamente acondicionado, y un jardín amplio con pileta al fondo, justo al lado de lo que denominaban “el cuartito de depósito” (un ambiente construido originalmente como habitación de huéspedes, y luego utilizada como baulera).
La familia estaba conformada por Marcos González, hombre de familia humilde y trabajadora, casado con Esther Iriarte, de linaje con renombre y grandes influencias en los negocios de la ciudad. De esta unión, habían nacido Marcos (hijo), el primogénito que se dedicó a los negocios del abuelo materno; Lucas, quien estaba terminando la carrera de Recursos Humanos; Marina, prometedora estudiante inicial de Administración; Tatiana, que había decidido rebelarse al mandato familiar y ser artista; y Delfina, la más pequeña de la familia, apenas terminando el secundario en el Dabate High School. A pesar de pertenecer a la comúnmente denominada “clase media acomodada”, Marcos (padre) jamás dejó que su familia olvidara de dónde venía, por lo que se esforzaba cada año más, para seguir en contacto con sus hermanos de la Capital.
Luciano y Gastón, hermanos menores de Marcos, vivían en la Capital Federal, donde tenían su trabajo, su familia, sus amigos; en fin, su vida. No se llevaban mal con su hermano mayor, pero siempre les había dado cierto recelo el ver todo lo que él tenía (y no le costaba conseguirlo) y ellos vivían con lo justo, esforzándose por no endeudarse todos los meses. Es por esto que una o dos veces por año, se juntaba en Quilmes toda la rama de la familia González a hacer un gran asado y pasar la tarde juntos. Y no la pasaban mal, excepto por Martina, que siempre sospechó que algo pasaba en esa casa.

Aquel domingo de junio, día frío si los hubo en ese año, decidieron juntarse los González a almorzar en la casa de Marcos. No habían podido asistir todos: Marcos (hijo) estaba de viaje por negocios, y Camila (la hija mayor de Gastón) debía trabajar; estas faltas eran normales, al ser tantas personas para combinar siempre había alguien que no podía asistir. Martina, la mayor de Luciano y Macarena, debió asistir, ya que no tenía ningún otro compromiso; anteriores veces había pedido a sus amigos que organizaran una salida para poder escapar de la visita a casa de sus tíos, pero en esta ocasión nadie podía y se vio obligada a visitar a su familia paterna.
A las dos de la tarde ya habían llegado todos a la casona de Quilmes, el asado estaba preparándose desde hacía algunas horas, y se sentaron a comer en la gran mesa armada especialmente en el jardín de invierno para que todos estuvieran cómodos. Así transcurrió buena parte de la tarde, poniéndose al día de todo lo que había sucedido desde el último encuentro: el segundo embarazo de la esposa de Marcos (hijo), el nuevo novio de Camila (claro que el hecho de que no estuviera presente, no la salvó de que se hablara de ella), la próxima muestra de Tatiana en un centro cultural de Acassusso, las malas notas de Julián (hermano menor de Martina) en el colegio; en fin, noticias que normalmente se escuchan en una charla familiar. Martina no quería, ni le interesaba, participar en esa conversación, por lo que se fue a una de las habitaciones a escuchar música en cuanto sintió que su deber como González estaba cumplido en la mesa.

Martina no era lo que se diría, una chica como las demás: interesada en el ocultismo y las leyendas tenebrosas, vivía encerrada en su habitación leyendo historias sobre su ciudad (especialmente lo relacionado a la Recoleta la fascinaba), escuchando música que en su familia llamaban “satánica”, pero que para ella tenía un significado más allá de las palabras “que cualquiera puede leer” como ella decía. Había terminado la escuela dos años atrás, y no tenía idea de lo que iba a hacer en el futuro: si bien le gustaba aprender, decía que estaba “en contra del sistema educativo actual: se aprende en la vida, no en un aula”, por lo que después de un intento en la Universidad, había dejado de lado el estudio formal para dedicarse a los temas que le interesaban realmente.
No se llevaba muy bien con su familia, nunca soportó que trataran de “diabólica” su música y sus libros preferidos, vivía con ellos por no tener otra opción. Pero con los González Iriarte la historia era diferente, cada vez que iba a su casa sentía un escalofrío y pensaba que esa casa ocultaba más de lo que se veía a simple vista. Sus tíos y primos eran lo que ella denominaba “chetos”, gente que más allá de ser de clase acomodada económicamente, se sentían de clase alta socialmente hablando. Y no lo soportaba. “Que Lucas juega rugby en el club ganador de la Copa más importante de la Provincia de este año”, “Que Delfina se federó en hockey en el secundario y tiene futuro de Leona”, “Que Tatiana vendió diez obras en su última muestra”; los veía ganadores y los pensaba perdedores.

Cuando a eso de las cinco de la tarde, Martina decide bajar al salón para estar cerca, pero a la vez lejos, de la mesa familiar, lo ve a Marcos (nieto de su tío (los González tenían la tradición de poner el nombre del padre al primogénito)) jugando en el piso, muy entretenido con las baldosas. Martina piensa que su pequeño primo, de cuatro años, puede abstraerse del mundo entreteniéndose con cualquier cosa y lo envidia. Se sienta en uno de los sillones negros del salón, con sus auriculares puestos, y lo ve jugar porque la tranquiliza y le da paz. De repente, ve a Tito (así le decía a Marcos nieto, para diferenciarlo de Marquitos y de Marcos, su primo y tío respectivamente) que saca una baldosa del piso: -Tito! Qué estás haciendo?!- le advierte a su primito. El nene la mira, le sonríe y sigue jugando. Martina no puede retarlo, le da tanto bienestar con solo verlo (no por nada la eligieron como su madrina) que no puede levantarle la voz para decirle que deje de hacerlo; por lo que va a buscar a Tatiana, que podía tener un espíritu libre pero sabía ponerse firme a la hora de poner orden. Ambas llegan al salón familiar y ven la mitad del piso salido: Tito de alguna manera había logrado sacar gran cantidad de baldosas, dejando al descubierto un empedrado que a primera vista parecía de la época colonial y resplandecía luz negra. Martina y su prima se quedan atónitas, ninguna de las dos puede creer lo que están viendo: ¡un empedrado callejero luminoso en el medio de su salón! ¿Cómo era posible? Inevitablemente, salieron corriendo hacia el jardín de invierno a buscar al resto de la familia. Martina volvió a sentir un escalofrío recorriendo su espalda, igual a lo que sentía cada vez que entraba a esa casona, y creyó que por primera vez iban a creerle que había algo extraño en esa casa; en cuanto vieran ese empedrado iban a comenzar a creerle.
“¡No saben lo que hizo Tito!,” “¡Hay piedras en el piso!,” “¡Hay otro piso antiguo!”… Sus palabras se entremezclaban unas con otras y ninguna de las dos lograba hilar dos frases coherentes para explicar lo que habían visto, y su familia no comprendía qué querían decir. “¿Esto es como los actos que armaban cuando eran chiquitas?” aventuró Esther. “¡Vengan y lo van a ver!” exclamaron Martina y Tatiana a la vez. Y así fueron todos.
Cuando la familia llegó al salón de la casa, nadie podía creer lo que estaban viendo: todas las baldosas bañadas en una luz azulada que salía del piso junto a sombras grises que emanaban los mismos adoquines; las hermosas baldosas color crema que antes alfombraban el salón, apiladas y rotas a un costado de los sillones negros (ahora cubiertos de polvo); los muebles corridos y sucios, cubiertos de una luz negruzca que nadie lograba descifrar de dónde salía; Tito sentado en el medio del salón sacando más y más pedazos de baldosas, dejando más adoquines antiguos a la vista de toda la familia que miraba atónita la escena que se les presentaba. “Pero…” era lo único que podían decir frente a lo que veían. ¿Cómo había Tito sacado todo eso y qué eran esos adoquines? Martina finalmente dijo algo, que en un principio cayó mal a toda la familia: “Esto no puede ser solamente un piso, ¡acá hay algo más! Sigamos sacando, hasta de las paredes.”
Ante la mirada atónita y a la vez sorprendida de su familia, Martina comenzó a arrancar los papeles que cubrían las paredes, y la luz comenzó a refulgir aún más; una vez arrancados los papeles, siguió con las placas que conformaban las paredes, y la luz azulada brillaba cada vez más en aquel salón. No paró hasta dejar al descubierto una pared de madera antiquísima que emanaba una luz verdosa a todo el salón: la casa se había convertido en un set de filmación apropiado para Sleepy Hollow, sólo que era real. Y estaba en una casa del conurbano bonaerense. Martina miró a su familia, y se encontró con muchas miradas: algunas sorprendidas, otras tristes, otras decepcionadas, y una entusiasmada: su prima Tatiana fue la primera que habló y dijo “¡Debe haber más!” lo que hizo que las dos jóvenes salieran corriendo hacia el jardín.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Presentación

Hola persona que llegó al blog!
Antes que nada me presento, aunque no con mi nombre real porque no me gusta: me dicen Pikacha, tengo 21 años a la fecha, intenté estudiar un par de carreras pero ninguna me convence del todo. Amo la música, tengo toda una creencia en su poder e influencia; soy muy lectora desde chica, y creo que eso influenció muchísimo el hecho de que me guste escribir.

Creé esta página para publicar pequeñas historias que cada tanto se me da por escribir; si son muy largas las publicaré por partes, y sino toda en una sola entrada. Generalmente las historias me vienen en sueños o cosas por el estilo, así que seguramente sean bastante extrañas.
Espero que prospere este blog, porque eso significaría que ejercito mi creatividad, mal o bien no importa demasiado, pero escribo que es lo que me gusta hacer.
Ahora subo el primer cuento corto.

Gracias por pasar!
Pikacha